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“Un lugar llamado “Estrecho”: Finalista Un Mundo de Cuento

Por Susana Muñoz Cuenca.

La gran  bola naranja cae por el horizonte como cada noche. Me gusta la hora de las sombras. En la oscuridad los sueños son posibles. Jelani prepara su pequeño hatillo. Pocas cosas para  un viaje tan largo. Lleva soñando con él mucho tiempo…Mañana, antes de que el astro de fuego vuelva a aparecer por el lado opuesto, ha de encontrarse con Dakarai, su compañero. No irán a ordeñar las cabras como cada día. Hay mucho camino  que recorrer  antes de llegar a ese sitio que llaman “estrecho”.

Las noticias vuelan como las estrellas fugaces y esa llegó hasta el poblado de Jelani  anidando en su corazón. Al otro lado de ese “estrecho” los sueños se hacen realidad. Dakarai ríe siempre, su nombre significa alegría. Sus pequeños dientes  parecen onzas de chocolate blanco y huelen a manteca de cacao.  Jelani le enseñó todo lo que sabe de las cabras.
– No sale leche –  decía Dakarai la primera vez que se enfrentó a su tarea diaria después de un buen rato sin parar de intentarlo.  
– Trae déjame a mí y pon atención, si no llegamos pronto al mercado no conseguiremos un buen precio. 

Jelani es como si fuera su hermano mayor, su protector y su modelo a seguir, pero también es la persona con la que comparte una ilusión. 
Jelani aprendió a ordeñar viendo a su hermano mayor Kiros, hasta que consiguió su propio rebaño y abandonó el poblado. También fue él quien le enseñó a conseguir un buen precio por la leche. 
Dakarai corre, si terminamos pronto podremos todavía ir a la explanada a jugar.
Ya voy, ya voy….Jo, es que el cántaro pesa mucho.
Jelani no iba a ninguna parte sin su balón.  Su particular bola de fuego hecha con trapos encontrados aquí y allá enrollados en un ovillo y atados con cuerdas. Ese era el tesoro que encerraba su sueño. 
Correr tras ella, regatear, lanzarla al aire, recogerla con sus pies descalzos, seguir corriendo y por fin chutar a puerta. ¡¡Goooollll!! 

Pero no siempre era así, Dakarai había aprendido a defenderse bien y no todos los chutes de Jelani conseguían traspasar esas dos piedras que marcaban el límite de la portería.
Disfrutaban tanto jugando juntos que nada los detenía. Las plantas de sus pies parecían de lija, su piel chocolate los protegía  del calor que venía directamente del cielo. Las ganas siempre intactas.
– ¡Mira Dakarai cuántas monedas nos han dado hoy por la leche!
– ¡Las que nos faltaban Jelani! Ya te dije que lo conseguiríamos…¿Hurra!

Llevaban meses sisando las monedas que les conducirían a su meta. Ya casi la podían tocar con la yema de los dedos. Pocas horas les separaban de su travesía.
– Vamos Dakarai, todavía nos da tiempo a ir a la explanada antes de volver a casa.
Sí vamos, tenemos que despedirnos, quién sabe cuándo volveremos a jugar aquí…¿Crees que la echaremos de menos?
A lo mejor – dijo Jelani con cierta nostalgia, como si su voz ya estuviera lejos de allí…
Los ojos negros y profundos de los muchachos no eran capaces de divisar el final de esa planicie, tan grande como era. Le dieron un adiós silencioso antes de volver a casa.
Nadie sospechaba lo que los dos amigos habían planeado. De vuelta a  sus respectivas chozas como siempre, a la hora de siempre no hubo más preguntas de las habituales. Tan solo tuvieron que rendir cuentas por la leche vendida, como cada día.
La inmensa naranja se despedía como todos los atardeceres dejando paso libre por los ventanucos a la hora de las sombras. Se hacía el silencio. 
Revisaron una y mil veces sus pequeños hatillos . Apenas pudieron conciliar el sueño. La emoción era grande. 
Antes del alba se encontraron en el sitio pactado. Con la noche todavía a cuestas emprendieron camino. Debían alejarse del poblado lo más posible antes de que su ausencia levantara sospechas.
Durante un buen rato no cruzaron palabra. Solo el silencio era cómplice de su aventura. Hasta que Dakarai empezó con su ristra de preguntas:

– ¿Cuánto tiempo llevamos andando?
– No el suficiente para poder hacer una parada – respondió Jelani.
– ¿Y cuándo la podremos hacer? Tengo un poco de hambre y estoy cansado.
– Tenemos que alejarnos más, no podemos arriesgarnos o todo nuestro plan se podría arruinar y no querrás que eso ocurra ¿no Dakarai?
– Vale Jelani, pero dentro de un rato paramos.

La voluntad de Jelani era de hierro. Demasiadas horas de las sombras había pasado pergeñando su sueño, como para que un atisbo de debilidad diera al traste con todo.
Si todo iba bien en unos cuantos días estarían frente a ese lugar que les llevaría directamente a su nueva vida. Aunque sus cuerpos estaban acostumbrados a lidiar con el calor, harían paradas cuando el astro rey estuviera justo encima de sus cabezas.  Comerían y beberían algo para reponer fuerzas, antes de buscar un lugar donde echarse a dormir. 
La disciplina de Jelani era tan fuerte que fueron escasas las ocasiones en las que cedía ante las quejas de Dakarai.  

– Ánimo amigo, solo un pequeño esfuerzo más y podremos descansar. Así alentaba Jelani a su compañero cuando el desánimo se colaba por alguna grieta de su corazón.  

Y así fue, tras un pequeño empujón, los dos amigos se encontraron frente a su objetivo… En ese instante sus miradas se fundieron en lágrimas con la inmensidad de ese lugar llamado “Estrecho”.

 

*Ilustrado por Elena Guillén.

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