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Primera Asamblea de Fe y Alegría Nepal

Caminar juntos para transformar: Nepal celebra su primera Asamblea de Fe y Alegría

Educadores, líderes jesuitas y representantes de la red global se reunieron el 6 de junio en Katmandú para mirar atrás con gratitud y adelante con esperanza. En el corazón de la jornada, la voz de las maestras: la convicción de que transformar no es cuestión de lo que se tiene, sino de quién camina al lado

La sede de Fe y Alegría Nepal acogió el pasado 6 de junio la Primera Asamblea de NJSI–Fe y Alegría, una jornada convocada bajo el lema —«Fortaleciendo la colaboración con las instituciones jesuitas»— que terminó siendo, sobre todo, un ejercicio de mirarse a los ojos. Casi cincuenta personas, entre educadores, facilitadores, personal de Fe y Alegría Nepal, religiosos, el coordinador internacional de Fe y Alegría así como el Provincial de DAN, se dieron cita para revisar el primer año de una apuesta todavía joven y para reconocerse parte de algo más grande.

Que a una asamblea de un programa todavía emergente acudieran el Provincial de la región jesuita de Asia del Sur (DAN), Dani Villanueva como coordinador general de la Federación internacional y nada menos que diecisiete jesuitas dice mucho del peso que la Compañía de Jesús concede a este momento. No es habitual concentrar tanta responsabilidad institucional en torno a siete escuelas rurales; que ocurriera es, en sí mismo, una declaración de prioridades.

Nepal es hoy uno de los países emergentes de Fe y Alegría, en plena transición hacia una identidad propia dentro del movimiento. La asamblea fue, en ese sentido, una toma de pulso. Y el pulso latía fuerte.

Un primer año con nombres y cifras

El balance lo abrió el director Nacional de Fe y Alegría Nepañ, Agustus SJ, que presentó la estrategia trienal 2025–2027 y recordó dónde se juega esta historia: siete escuelas de primaria y secundaria repartidas por cinco distritos —Kavrepalanchok, Sindhupalchok, Dolakha, Dhading y Gorkha—, comunidades remotas y desatendidas donde rara vez llega nadie. Un modelo que entrelaza tres hilos: la educación formal, la no formal y la inclusiva, con la mirada puesta en los niños más vulnerables y en los que tienen necesidades especiales.

Las cifras llegaron de la mano de Prastha Shrestha, que repasó el primer año: 3.577 personas alcanzadas en las siete escuelas, programas de formación de docentes activistas, capacitación en tecnología, fortalecimiento del liderazgo escolar y juvenil. Sin maquillar las dificultades: infraestructura tecnológica limitada, barreras geográficas, inclemencias del tiempo, inestabilidad política. El primer año, dijo, no fue un punto de llegada, sino unos cimientos.

«Fuimos a enseñar y aprendimos»

Pero si algo dio emoción a la asamblea fueron los testimonios de dos profesoras del colegio San Xavier que el año pasado se sumaron a la iniciativa como formadoras en escuelas públicas rurales. Lo que iban a impartir como capacitación docente terminó transformándolas a ellas.

Aleena Mukhia, del St. Xavier’s de Jwalakhel, lo resumió sin rodeos: lo que se esperaba que fuera un programa de formación se convirtió en «una profunda lección de humanidad, resiliencia y esperanza». Durante las visitas trabajaron con los maestros el Paradigma Pedagógico Ignaciano, las prácticas inclusivas y las metodologías centradas en el estudiante. Pero, reconoció, «fuimos a compartir conocimiento y enseguida nos dimos cuenta de que estábamos aprendiendo tanto como aquellos a quienes íbamos a enseñar».

Lo que más la marcó fue el compromiso de esos docentes. Pese a los recursos escasos, el terreno difícil y los retos de cada día, conservaban una pasión intacta por educar. «La verdadera fuerza de la educación no reside en los edificios ni en la tecnología, sino en el corazón de los educadores», afirmó. Y dejó una idea que atraviesa toda la filosofía de Fe y Alegría: la transformación no se compra con recursos. Ordenadores, libros y equipos son valiosos —vino a decir—, pero el cambio duradero solo llega cuando van acompañados de formación, reflexión y compromiso continuo. El impacto sostenible se construye a través de las relaciones y el acompañamiento.

Anjali Gurung, del St. Xavier’s de Godavari, aportó la mirada desde el aula. Reflexionó sobre el taller por áreas que reunió en Kavre, a docentes de Ciencias y Matemáticas de siete escuelas públicas. Más que una capacitación, lo describió como un espacio donde los educadores repensaron sus aulas, intercambiaron experiencias y se atrevieron con el aprendizaje experiencial y los materiales locales de bajo coste. El resultado más alentador, dijo, fue ver crecer la confianza de unos maestros acostumbrados casi en exclusiva a la clase magistral. Su conclusión condensaba el espíritu de la jornada: «el cambio educativo significativo comienza con docentes empoderados», y la transformación no es fruto de esfuerzos aislados, sino de un compromiso colectivo.

Ninguna de las dos esquivó lo que aún falta: laboratorios escasos, aulas masificadas, una enseñanza demasiado pendiente del examen, acceso desigual a la tecnología. Por eso reclamaron justo lo que Fe y Alegría defiende como método: acompañamiento sostenido, no intervenciones de un día.

Un movimiento, no una institución

Correspondió a Dani Villanueva, coordinador general de la Federación, situar a Nepal en el mapa. Su presencia fue en sí misma un gesto de cercanía de la red global hacia uno de sus miembros más jóvenes. Lo hizo recordando el origen del movimiento —fundado en 1955 por el jesuita José María Vélaz en Caracas— y compartiendo las cifras de una red viva: 23 países federados y diez emergentes, entre ellos Nepal y Camboya en Asia; más de 820.000 personas atendidas en 2.001 centros educativos. Pero el mensaje de fondo era otro: Fe y Alegría es un movimiento, no una institución ni una multinacional. Cada Fe y Alegría nacional es obra local de su provincia y se federa por decisión propia. Y la puerta está cada vez más abierta a otras congregaciones: ya son 120 las que forman parte de esta familia.

«La transformación empieza en uno mismo»

El cierre lo puso el Provincial, que confesó no haber preparado discurso alguno: prefirió escuchar todo el día y dejar que las palabras brotaran al final. Las que más se repitieron, dijo, fueron colaboración, comunidad, pertenencia, responsabilidad compartida. Y desde ahí lanzó una reflexión que excede a Nepal: la Compañía de Jesús, que en 1965 alcanzó su cima con unos 36.000 jesuitas en el mundo, cuenta hoy con menos de 14.000. La colaboración y el trabajo en red, sostuvo, ya no son una opción, sino una necesidad.

Que lo dijera rodeado de diecisiete jesuitas no pasó inadvertido: era la prueba viva de esa apuesta por caminar acompañados. Definió a Fe y Alegría como «un instrumento extraordinario de transformación» y recordó que toda transformación empieza en el propio corazón antes de alcanzar las estructuras. «Antes de transformar la sociedad, debemos permitir que nuestro propio corazón sea transformado», dijo. Agradeció especialmente a Dani por traer «la riqueza de una red global» y extendió la mano a las religiosas presentes y a todas las congregaciones y personas de buena voluntad que comparten estos ideales. Su despedida fue también una invitación: sigamos caminando juntos.

Los sueños que quedaron sobre la mesa

Antes de las palabras finales, los grupos de reflexión habían dibujado el horizonte. Lo que más los unía: una visión compartida, el deseo de llegar a los más vulnerables —«reaching the unreached», repetían—, el compromiso con una educación que forme a la persona entera. Lo que más los inquietaba: la sostenibilidad y el bienestar emocional de docentes y estudiantes. Y lo que más soñaban: ir más allá de las siete escuelas, redoblar la formación docente, tejer redes nacionales de maestros y jóvenes, y abrir la colaboración a otras congregaciones.

Un año después de sembrar, la primera Asamblea de Fe y Alegría Nepal confirmó que las semillas habían prendido. Y que, como dijo una de las maestras, la educación sigue siendo, ante todo, un acto de esperanza.

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