Seis años de guerra en Siria: historias para la esperanza

La guerra contra la población civil en Siria entra en su séptimo año. Esta situación ha generado una crisis humanitaria de enormes consecuencias. Más de 11 millones de personas se han visto obligadas a desplazarse forzosamente: de ellas, 4,8 han huido del país en busca de refugio en países cercanos como Turquía (2,7 millones), Líbano (1,07 millones), Jordania (639.704), Irak (246.051) y Egipto (118.518). Además, 6,3 millones de personas se han visto obligadas a desplazarse internamente dentro de Siria.

Los que se han quedado en Siria están en situaciones terribles. Todos tenemos en mente lo ocurrido en Alepo, ciudad martirizada por la guerra, durante este último año. “Acabo de regresar de Alepo, y creo que deberían saber lo que está pasando allí. La ciudad está sin agua, sin electricidad, sin combustible ni gas. Oír sobre esta realidad no es lo mismo que vivirla", dice un miembro del personal del Servicio Jesuita a Refugiados (JRS) en Siria.

Las personas que han decidido salir de Siria y que llegan a los países vecinos se enfrentan a nuevas dificultades. Tienen prohibido el empleo legal y deben competir por empleos limitados en el sector informal. Además, después de años de exilio, muchas familias han agotado sus recursos y cada vez están más desesperadas. Llegar a final de mes es una lucha diaria tanto para los desplazados dentro de Siria como para quienes han huido del país en busca de refugio en otros lugares. Gran parte de ellos vive en condiciones de extrema pobreza, sin poder garantizarse alimentos, agua o medicinas. Se calcula que hay cerca de 2,3 millones de refugiados sirios que son niños y niñas

© Kristóf Hölvényi (JRS) / Líbano

Sigue siendo preocupante que algunos países vecinos no puedan proporcionar asistencia adecuada a las personas refugiadas y que la Unión Europea siga estando amurallada a la acogida de personas refugiadas y compre a terceros países la gestión del flujo de migrantes forzosos externalizando fronteras. Esta falta de asistencia amenaza la protección de las personas vulnerables y la estabilidad y seguridad de la región. "Que algunos de los países vecinos hayan cerrado sus fronteras a los refugiados hace que las personas vulnerables dentro de Siria hayan quedado atrapadas y sin poder salir. Los que viven fuera de Siria a menudo se encuentran con serias dificultades para registrarse como refugiados. Esta falta de protección deja a los sirios más necesitados aún más en riesgo", dice el P. Thomas H. Smolich SJ, director internacional del JRS.


Nuestro trabajo en terreno

La educación es un derecho universal, reconocido en la Declaración de Derechos Humanos, en la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados y en la Carta Europea de Derechos Humanos. En el caso de los niños, niñas y jóvenes refugiados, la escuela facilita un entorno seguro, implica conexión con actividades estructuradas, supone un elemento restaurador, pone la mirada en el futuro, atenúa los traumas derivados del conflicto y fortalece las capacidades necesarias para reconstruir sus vidas y tener un futuro digno

Maya Yakooub trabaja desde hace cinco años para el Servicio Jesuita a Refugiados en Líbano: “La educación es un derecho, vengan de donde vengan, sea más fácil o más difícil. Los niños están felices de poder asistir al colegio, es un lugar en el que les quieren, les tratan bien, hacen amigos, hay gente que les conoce... Después de un curso puedes ver en ellos grandes progresos en lo académico y en lo afectivo. La educación es esencial para todos, especialmente para las personas refugiadas. ¡Cómo no van a necesitar educarse! ¡Tienen que construirse de nuevo! ¡Como todas las personas! ¡Por eso la educación es un derecho!”

Sin embargo, la educación de las niñas, niños y jóvenes refugiados y migrantes afronta numerosos retos: Al haber estado sin escolarizar durante un largo tiempo o incluso no haber sido escolarizados nunca, desconocen el idioma o acarrean duras vivencias en un pasado reciente y sus familias se encuentran en una situación de desventaja económica. "Muchos de estos niños y niñas han estado fuera de la escuela tanto tiempo que no saben estar allí", señala Majed Masini, profesor del Centro en Jbeil (Líbano). 

© Kristóf Hölvényi (JRS) / Líbano

En Líbano, desarrollamos los siguientes programas educativos: En el valle de Bekaa, estamos presentes en 6 escuelas proporcionando educación según el plan de estudios libanés, además de apoyo psicosocial, asistencia básica y alfabetización para personas adultas. En el Centro Frans van der Lugt de Beirut, desarrollamos apoyo psicosocial, actividades recreativas, visitas domiciliarias, ayuda de emergencia, formación profesional y alfabetización para personas adultas. Con estas acciones apoyamos el derecho a la educación de los niños refugiados sirios para que tengan un buen desempeño en el sistema de educación libanés, mejorando sus habilidades a través de un programa de educación temprana, apoyo escolar y actividades recreativas. También perseguimos mejorar la resiliencia de las familias refugiadas y posibilitar su adaptación para prosperar en su nuevo entorno. 


Kassem, una historia de esperanza

A pesar de los tiempos de oscuridad en que este conflicto ha sumido al pueblo sirio y que parece que no terminará pronto, las personas con las que trabajamos siguen teniendo esperanza en sus corazones. 

En agosto de 2013 Kassem entonces tenía solo ocho años y era como cualquier otro niño en Siria, que disfrutaba divirtiéndose y jugando, completamente ajeno al conflicto hasta que un fatídico día, una bomba impactó en la casa de su vecino en su pueblo de Al-Ghouta (Deir Al Asafir). Toda su familia salió corriendo de casa para ver qué había pasado y su madre, que entonces estaba embarazada de seis meses, volvió a entrar en el hogar para apagar el gas. Kassem no recuerda lo que pasó después pero luego supo que otra bomba cayó encima de ellos - matando en a su padre y a sus tres hermanos: dos chicas y un chico. Él y su madre encinta fueron los únicos supervivientes. A Kassem, la bomba le destrozó su pierna derecha.

Junto con otros parientes y amigos, tuvieron que dejarlo todo atrás y huir a Jaramana, en la zona rural de Damasco. Algo tiempo después, con gran dificultad, su madre decidió ir al Líbano con Kassem y allí dio a luz a un niño a quien llamaron Hammud. Hoy su hogar es Baalbek, en el valle del Bekaa, y su madre ha tenido la suerte de encontrar trabajo en una tienda de muebles que le permite cubrir las necesidades de ambos.

Para Kassem, en cierto modo, se ha cerrado su círculo. Se siente realizado en el Centro Educativo Noor 2 de Baalbek, gestionado por Entreculturas y el Servicio Jesuita a Refugiados. En el centro ha encontrado aceptación y pertenencia y sobre todo, la posibilidad de hacer algo positivo en la vida. "¡Oh sí", bromea, "algunos de mis amigos se burlan de mí y me llaman 'sin piernas!'". Lo dice con dolor porque, en realidad, no le gusta que se metan con él. Sin embargo, con esa buena dosis de autoconfianza que le caracteriza, Kassem sigue: "Puedo hacer todo lo que pueden hacer los demás y, a veces, mucho más". Para demostrarlo, baja corriendo las escaleras del centro, lo que sería un auténtico reto para un niño completamente sano de su edad.
Kassem tiene sueños. Le encanta el arte y el inglés. Su maestro favorito es el de arte y él también quiere ser profesor de arte. Le gusta el billar y pasa buena parte de su tiempo libre practicando este juego con sus amigos.

Es cierto que el conflicto le ha quitado gran parte de su infancia, pero eso no preocupa a Kassem. Él está preparado para afrontar valientemente los desafíos de un mundo nuevo.

Colabora con Entreculturas para hacer posible que los niños y niñas sirios refugiados en Líbano no pierdan su derecho a ir a la escuela.