“Las armas no son capaces de matar la capacidad de soñar de un niño”, entrevistamos a Teo Corral

  • República Centroafricana

Para Teo Corral, la educación es sinónimo de reinserción social, superación, ternura y sueños cuando se habla de niñas y niños que han sido soldados. Carmelita de la Caridad Vedruna, lleva más de 20 años trabajando en diversas misiones en países del continente africano como Gabón, Togo, República Democrática del Congo y Guinea Ecuatorial. Durante un año dedicó sus energías a trabajar con menores desmovilizados como soldados en la República Centroafricana (RCA) como Directora del Proyecto Bambari del Servicio Jesuita al Refugiado (JRS, por sus siglas en inglés). El 2017 se caracteriza por el recrudecimiento de la violencia en el país, situación de conflicto que se remonta a 2013. En 2016 fue el país más empobrecido del mundo según el Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas. La guerra resulta especialmente dura para las niñas, niños y jóvenes: el sistema educativo del país se paralizó desde el estallido de la violencia casi en su totalidad hasta el 2015 y, según UNICEF, entre 6.000 y 10.000 menores forman parte de grupos armados en RCA.

Niñas en una escuela del JRS en Bria (RCA). Fotografía: Pablo Funes/Entreculturas

Entreculturas lleva desde 2008 apoyando el trabajo educativo de JRS en el país. Estos tres últimos años, ambas organizaciones hemos intensificado nuestra actividad conjunta con proyectos en 11 escuelas (a lo largo de la ruta que va desde Bangui, la capital, a Mbata) encaminados a atender las necesidades educativas, psicosociales y de paz de niños, niñas y jóvenes, dedicando especial atención a las niñas (que sufren doblemente un contexto de discriminación y violencia). Además realizamos un trabajo más intenso de apoyo psicosocial y generación de actividades productivas en 5 comunidades de Bambari, donde el JRS ha empezado a apoyar a niñas y niños desmovilizados del conflicto armado.

Reticente a usar términos como “guerras tribales” y defensora de la educación, Teo Corral nos brinda un relato que invita a abrir los ojos, implicarnos y, en sus propias palabras, a “quitarnos el impermeable”.

¿Cómo afecta la guerra a los niños y niñas?

La vida de los niños y niñas soldados se pone patas arriba. Ser soldados les afecta en todo. Me vienen a la cabeza cosas aparentemente insignificantes, pero muy significantes en realidad. Por ejemplo, la mano de un niño suele coger lápices de colores, bolígrafos… Sin embargo, la mano de ese niño coge un machete para matar, un kaláshnikov, un rifle. Otro ejemplo: el pie de un niño juega con el balón, que le encanta a todo el mundo. Pero los pies de un niño o una niña soldado corren para ir a quemar un poblado. O, en vez de escuchar lecciones de geografía y matemáticas en la escuela, el niño soldado oye estrategias de guerra, cómo matar mejor, cómo atacar, cómo cubrir sus sentimientos para no dejarse afectar. Eso solo son pinceladas pero evidencian un caos total en la vida de un niño.

¿A qué problemas se enfrentan las niñas en concreto?

Si hablamos de niñas, la cosa es aún peor. Siempre hablamos de niños, niños soldados, porque ellas se quedan como en la retaguardia. A lo mejor no van tanto a atacar, a quemar poblados, a matar, pero se quedan en las cocinas, en las camas. Y sabemos lo que eso significa. Las niñas soldados muchas veces son “usadas” para ofrecer favores sexuales. Cuando encima se quedan embarazadas, soportan todo el estigma, regresar al poblado con el embarazo… Además, parece que un niño, cuando vuelve de la guerra, lleva con orgullo las proezas de lo que ha hecho. Una niña no te va a contar cuando ha sido esclava sexual.

 

¿Qué tipo de acciones llevabais a cabo con estos niños y niñas y cómo les ayudaban a recuperar la infancia?

Nosotros no intervenimos en todo el proceso. El primer trabajo es retirarlos de los grupos armados. Esto lo hacen organismos oficiales, normalmente la Cruz Roja Internacional o Unicef, que tienen capacidad de entrar a dialogar con los jefes de las bandas armadas. En Centroáfrica hay 14 grupos armados, así que te puedes imaginar la cantidad de niños y niñas soldado que trabajan allí. En el caso de los niños que han sido separados de sus familias (porque hay grupos armados en los que los niños viven con sus familiares) el trabajo se realiza en un centro para recogerlos y preparar la búsqueda de las familias.

JRS interviene en una segunda fase del proceso, cuando los niños vuelven a sus casas. Nosotros les acompañamos en la escuela o en el instituto para que no abandonen enseguida. Como en las aulas hay muchísimos alumnos, acompañamos a los maestros para que puedan hacer un proceso personalizado. Intervenimos también en la reinserción profesional con cursos de capacitación para que los jóvenes o adolescentes que no pueden estar en la escuela encuentren una salida profesional, que sean independientes y se reinserten de nuevo en la sociedad.

El acompañamiento de los padres también es muy importante. Un chaval que ha estado bajo el mando de un jefe, ahora tiene que volver con la familia. Por eso requieren mucho acompañamiento psicosocial. Para un niño que ha estado con las armas, meterle en la escuela cinco horas quieto es un suplicio. Además, las escuelas de allí no son como nos las imaginamos aquí. Imagínate 100-150 niños en una clase. La reintegración es un proceso muy difícil. Nuestro trabajo es muy modesto, a pequeña escala pero titánico porque la empresa es titánica.

 

Teo Corral en Entreculturas

¿Cómo fue el inicio del trabajo con menores soldados en RCA y la aportación de Entreculturas?

Aunque teníamos experiencia en otros países, JRS nunca había actuado en Bambari con niños y niñas [soldados]. Empezamos a trabajar con un proyecto en el que nos apoyó Entreculturas muy pequeño. El objetivo era apoyar a niñas y mujeres desmovilizadas y tenía dos partes. Un proyecto consistía en acompañar a las niñas en la escuela para que pudiesen continuar en ella y apoyar a sus madres para realizar actividades que les aportaran un poco de dinero porque, si no, las niñas iban a tener que abandonar la escuela. El otro proyecto era con jóvenes que no podían ir a la escuela. Se creó un pequeño centro profesional con una actividad muy clásica: costura. Puede parecer muy clásica, “las mujeres y la costura”. Pero era simplemente una excusa para crear un espacio de encuentro donde imaginarse una vida fuera de las armas o de la esclavitud.

Ese pequeño proyecto en el que nos apoyasteis, que era pequeñito, nos abrió la puerta a pensar que JSR podía también aportar algo más. A partir de ahí elaboramos más proyectos. Un proyecto puede ser grande, a pesar de ser pequeño, porque te abre horizontes.

 

¿Cómo les afecta volver a la escuela a estos niños?

No lo tengo claro. La acogida es buena de entrada, pero no siempre es bueno el proceso que se va llevando. Por una parte, los niños se toman genial el hecho de ir a la escuela y se entusiasman. Lo que pasa es que es muy difícil, porque están acostumbrados a una vida de mucho movimiento. El hecho de tener que permanecer quietos les lleva a la violencia y a conflictos con los compañeros.

Sin embargo, aunque sea difícil, les das un marco de estabilización, de recuperación.  Y aunque la guerra ha puesto patas arriba su mundo de niños, también les ha dado una capacidad de resistencia maravillosa. Todo parece estar abocado al fracaso pero no, vuelven y rehacen su vida. La escuela les ayuda a poner un poco en orden ese mundo revuelto y a afianzar lo que han aprendido en la guerra.

 

¿Hay alguna otra cosa, menos tangible pero también importante, que ves que necesitan?

En todo el proceso de educación, de reinserción profesional y económica, de vuelta a la escuela es fundamental la delicadeza. Las ONG no hacemos nada si solo aportamos medios materiales, dinero. A veces podemos ser arrolladores. Incluso podemos humillar con nuestro poder, nuestra capacidad de implementar proyectos. Tenemos que tener una finura en el trato que les ayude a sacar mejor eso que la guerra no ha destruido. Es verdad que los niños que han estado en la guerra tienen una gran fuerza de vida, pero también son mucha fragilidad. No maltratemos esa vulnerabilidad.

 

¿Puedes contarnos la historia de un niño que conozcas?

Sí que quería contar la historia de un vecino mío. Uzman es un niño de Sudán del Sur que ha pasado el colmo de lo que le puede pasar a un niño. Lo secuestran de su casa, lo llevan como cazador furtivo a la frontera con Centroáfrica. En esa zona hay muchos soldados de la LRA, el Ejército de Resistencia del Señor, un grupo revolucionario rebelde de Uganda. Esos lo secuestran y se lo llevan a su grupo armado, se consigue escapar y le cogen los Sélekas. En las campañas de UNICEF le consiguen desmovilizar y le ponen en una familia de acogida. Me encantaba de este niño la capacidad de resistencia. Con ese pasado tan caótico, consigue encontrar a su familia a través de la Cruz Roja, aunque es súper difícil encontrarla. Ese niño pone su empeño en dos cosas. Una es aprender a leer. Nuestros guardias de seguridad, que vigilan porque hay muchos ataques a las ONGs, cogen una cartilla y le enseñan las letras. Un guardián, que tiene un mísero salario, enseña a leer a un antiguo niño soldado que ha pasado por todo ese recorrido. ¿Sabes por qué quiere aprender a leer? Porque quiere ser futbolista y quiere venir a España, por los futbolistas de aquí. Su otro empeño es volver a Sudán con su familia. Habrá que acompañar ese sueño, pero con lo que me quedo es que las armas no son capaces de matar la capacidad de soñar de un niño. Me parece tiernísimo y me da mucha esperanza.

 

¿Qué le pedirías a la comunidad internacional?

Desde Europa se tiene una visión reduccionista de África. Se dice eso de que hay “guerras tribales”. Cada vez soporto menos esa expresión porque conforme vas aprendiendo te das cuenta de que no solo son guerras tribales. Son guerras azuzadas por muchos intereses económicos. La comunidad internacional tiene muchísimo que ver, empezando por la comunidad internacional más cercana, la de África. En Centroáfrica tenemos los países vecinos: el Chad, que está manteniendo un conflicto; Sudán; Camerún, que acoge a los refugiados centroafricanos, y que está permitiendo que pasen por su territorio los minerales vedados a la venta internacional. Y si te vas a Europa, a las Américas, ves que tienen tanta influencia. Hay una gran hipocresía. Dicen: “vamos a dar ayuda al desarrollo condicionada a una gobernanza democrática y justa”, y apoyan al mismo tiempo a los dictadores que mantienen esas guerras. Están diciendo que van a hacer un veto a las armas, pero estas siguen llegando. Si solo tuviese que hacer una petición, solo una, sería que hiciesen algo para que se acabe ese comercio de armas. Es un sueño, ¿verdad? Como el de Uzmán de ser futbolista en España. Todos los tratados internacionales generan sangre a borbotones. Pediría a la comunidad internacional menos hipocresía en sus discursos y más manos a la obra para que esta carrera de armamentos que está manteniendo a 14 guerrillas en Centroáfrica.

A la gente de la calle, de aquí, de nuestra realidad, yo les pediría que se quiten el impermeable. Cada vez que vengo de África, llevo ya muchos años allí, tengo la sensación de que hay una gran impermeabilidad. Como si la gente se hubiese vestido con un impermeable que cubriese los ojos y dijera: “no me afecta lo que pasa allá”. Pero allá es aquí, somos familia. Lo que no vemos más que lo inmediato, la realidad de aquí, el confort. Sé que aquí también hay muchas desgracias y muchísima desdicha. Pero la diferencia entre desdicha de aquí comparada con la de allí es insondable. Yo pediría a la gente que se quite el impermeable y se haga permeable a lo que viven nuestros hermanos de aquí y de allí. No me gusta hablar ni del Norte ni del Sur, ni de las orillas. Vivimos en un lago, donde solo hay una orilla.

Puedes ver el vídeo resumen de la entrevista aquí: