Garantizar el derecho a una educación de calidad no depende únicamente de que niños, niñas y jóvenes puedan entrar en un aula. También requiere escuelas seguras, recursos suficientes y docentes con la formación y las condiciones necesarias para enseñar y acompañar a cada estudiante en su aprendizaje.
En un contexto en el que la falta de inversión y los recortes en educación tienen consecuencias directas sobre las comunidades educativas, el papel de los y las docentes cobra todavía más importancia. Son quienes están cada día frente a aulas diversas, quienes detectan las barreras que dificultan el aprendizaje y quienes acompañan trayectorias educativas que pueden abrir nuevas oportunidades.
Este Día Mundial de los y las Docentes nos acercamos a tres de esas realidades a través de las voces de Musa Orembe Akali, en Kenia; Marisela Vilches, en Perú; y Sonia Adames, en República Dominicana. Tres contextos muy diferentes que muestran una misma realidad: detrás de una educación de calidad hay profesionales que enseñan, pero también escuchan, orientan y trabajan para que nadie quede atrás.
Kenia: enseñar en un aula donde las desigualdades también entran a clase
Musa Orembe Akali es jefe del Departamento de Matemáticas y Ciencias en la Starlight Secondary School, en el campo de personas refugiadas de Kakuma, Kenia, donde el Servicio Jesuita a Refugiados (JRS) trabaja por el derecho a la educación de la población refugiada. Allí, la escasez de recursos, el desplazamiento y la diversidad lingüística forman parte de la realidad educativa. Musa recuerda que, cuando llegó en 2022, se encontró con clases de entre 150 y 170 estudiantes, algunos incluso sin un lugar donde sentarse.
Las dificultades, además, comienzan muchas veces antes de llegar a la escuela. La falta de recursos para comprar libros, material o uniformes, las largas distancias y las barreras lingüísticas condicionan el acceso y la permanencia en la educación. Para las niñas se suman desigualdades específicas: algunas llegan a clase después de recoger agua, cocinar o lavar y la falta de productos de higiene menstrual puede convertirse también en una barrera para asistir.
En este contexto, el trabajo docente va más allá de impartir contenidos. Supone conocer las distintas necesidades del alumnado, orientar, generar confianza y buscar respuestas para que cada estudiante pueda continuar aprendiendo.
“Si piensas en rendirte, te preguntas: ¿quién lo hará si no eres tú? Porque eres la persona con la que cuentan y tienes la oportunidad de influir en su futuro”.
Perú: acompañar una trayectoria y verla continuar
Para Marisela Vilches, docente de SGA Fe y Alegría 7 en Perú y con 22 años de experiencia, una de las mayores satisfacciones de enseñar llega cuando puede ver hasta dónde han llegado sus estudiantes.
Marisela recuerda especialmente a una joven que regresó para invitarla a su graduación. Había comenzado su etapa educativa con miedos y temores y ahora terminaba la secundaria dispuesta a seguir avanzando. “Siempre tenemos que soñar en grande”, recuerda Marisela, convencida de que la educación puede abrir nuevas posibilidades de futuro.
A lo largo de su trayectoria también ha acompañado a jóvenes en un centro penitenciario. Tiempo después, volvió a encontrarse con algunos de ellos ya en libertad, trabajando como sastres y desarrollando sus propios talleres de costura.
Para Marisela, ahí está buena parte del sentido de ser docente: acompañar procesos educativos y, con el tiempo, descubrir cómo continúan esas trayectorias.
República Dominicana: una educación de calidad necesita inversión
En República Dominicana, Sonia Adames, coordinadora pedagógica en Fe y Alegría, pone sobre la mesa otra dimensión imprescindible: para enseñar y aprender hacen falta condiciones que lo hagan posible.
La inversión educativa se concreta en la vida cotidiana de las escuelas: jornadas escolares ampliadas, alimentación, transporte, libros de texto, mejores infraestructuras y más recursos. Son medidas que tienen un impacto directo especialmente en comunidades con mayores dificultades socioeconómicas.
Pero una educación de calidad tampoco termina en los contenidos curriculares. En las escuelas, el alumnado aprende matemáticas o lengua, pero también a convivir; puede acceder a acompañamiento psicológico, programas de protección y propuestas orientadas a construir una cultura de paz.
Por eso, hablar de inversión educativa significa hablar también de las condiciones en las que docentes y estudiantes desarrollan cada día el proceso educativo.
Cuidar a quienes hacen posible la educación
Las experiencias de Kenia, Perú y República Dominicana son diferentes, pero apuntan hacia una misma idea: no podemos hablar del derecho a la educación sin hablar de quienes lo hacen posible cada día en las aulas.
Garantizar una educación inclusiva y de calidad exige contar con suficientes docentes, fortalecer su formación y asegurar los recursos, las infraestructuras y las condiciones necesarias para enseñar y acompañar a todo el alumnado.
En un momento en el que los recortes y la falta de inversión amenazan los avances educativos, reconocer la labor docente también significa defender las condiciones que hacen posible su trabajo. Porque invertir en educación es invertir en quienes enseñan y acompañan, pero también en las oportunidades presentes y futuras de millones de niños, niñas y jóvenes.



