Él es Willy Maluenda, es de Barcelona y actualmente es voluntario del programa VOLPA de Entreculturas. Es amante de la naturaleza, especialmente de la montaña. Compone canciones, enseña guitarra y ha tocado en algún concierto. Siempre ha querido relacionar su vida con lo humanitario y lo social, por ello se ha implicado en diferentes proyectos en los últimos años. Le interesa especialmente el fenómeno migratorio.

 

¿Conocías el trabajo de Entreculturas?

 

No conocía Entreculturas ni el trabajo que hacen. Había oído hablar de VOLPA y, a partir de ahí, establecí el contacto con Entreculturas y empecé a conocer más a fondo lo que hacían.

 

¿Cómo conociste VOLPA?

 

Unos cuantos amigos míos con los que comparto algún proyecto social me explicaron que estaban haciendo como un cursillo sobre ciudadanía global. Me comentaban los temas que se trataban en las sesiones, los grandes retos globales y como están interrelacionados, la parte de las motivaciones personales para ir al sur, etc. Siendo sinceros lo que más me atraía era la posibilidad que ofrece VOLPA de tener una experiencia de voluntariado internacional de, mínimo, un año.

 

¿Es tu primera experiencia de Voluntariado Internacional?

 

No, antes había participado en algunos voluntariados en Líbano y en Nepal. Sin embargo esas fueron experiencias muy cortas y menos organizadas. Siento que VOLPA ofrece una experiencia sólida que permite al voluntario conocer la auténtica realidad del lugar y sus gentes así como aprender sobre el trabajo que uno hace. Por supuesto la intensidad con la que se vive la parte sobre el terreno depende de uno mismo, pero VOLPA aporta las condiciones necesarias para que se de una experiencia de inmersión muy enriquecedora. 

 

¿Qué significaron para ti los meses de formación previa?

 

En mi caso fue un poco especial porque en Cataluña el programa VOLPA había quedado huérfano de institución por un curso. Sin embargo los dos catalanes que estábamos interesados en VOLPA nos pusimos en contacto con Entreculturas y ellos nos facilitaron las cosas para, a pesar de las circunstancias, poder hacer VOLPA ese año. Para ello tuvimos formadores que vinieron a Barcelona exclusivamente para nosotros dos, hicimos parte de la formación con una institución local muy afín al espíritu de VOLPA. Las temáticas a tratar fueron muy interesantes y enriquecedoras, así como lo fue el encuentro en Galapagar con todos los VOLPAS de España. Sí es cierto que nuestra promoción VOLPA sufrió de lleno el estallido de la pandemia, lo que retrasó mucho nuestro envío al Sur y causó mucha frustración en el proceso. Por suerte siempre contamos con acompañantes y, además, Entreculturas siempre trata a los voluntarios con la máxima transparencia.

 

¿A qué país fuiste destinado? ¿Cuándo llegaste allí?

 

Tras superar los obstáculos de la pandemia y tantear algunas opciones me ofrecieron Kenia como destino. Llegué el 1 de octubre del 2021

 

¿Con qué institución estás colaborando?

 

Estoy colaborando con el Jesuit Refugee Service Kenya.

 

¿Qué es lo particular de este voluntariado y del proyecto que estás realizando? ¿Cuál es tu misión?

 

Oficialmente estoy en el departamento de protección que, como su nombre indica, se hace cargo de aquellos casos en los que una especial protección es requerida debido a que la persona corre algún tipo de peligro. Entre las tareas asociadas a protección destacaría escuchar a los beneficiarios cuando vienen a explicar su historia y a solicitar protección, elaboración de informes y documentos relacionados y mantenimiento de bases de datos. En el campo de refugiados de Kakuma tenemos dos refugios para mujeres y niños que han sido víctimas de abusos y violencia y que siguen estando expuestos a esos peligros.

 

Sin embargo, en la práctica hago muchas tareas distintas, no necesariamente relacionadas con Protección, como redactar propuestas de financiación, ayudar en el departamento de educación, organizar eventos u organizar proyectos de reconciliación entre otros.

 

¿Cómo fueron las primeras semanas de trabajo?

 

El equipo es realmente agradable y fui recibido de la mejor manera. El Country Director me asignó tareas de diferente tipo para que me pudiera ir familiarizando con las diferentes áreas y, con el tiempo, ir viendo en qué cosas podría centrarme más. Fue un proceso de aprendizaje en el que pude contar con todos mis compañeros cuando lo necesitaba. 

 

¿Qué es lo que más te ha llamado la atención en este tiempo?

 

La manera de trabajar de JRS Kenya me gusta especialmente. JRS Kenya tiene un tamaño muy interesante. En cuanto a personal, no es demasiado grande ni demasiado pequeña. Eso permite que los diferentes temas se vayan sacando adelante entre todos, lo cual me da una oportunidad muy valiosa para aprender sobre diferentes asuntos. Si esta fuera una organización enorme, seguramente estaría haciendo algunas tareas mucho más concretas y exclusivas, perdiendo así la oportunidad de intervenir en los diferentes departamentos y quedándome con una imagen más limitada de lo que hacemos.

 

¿Hay algo a lo que te esté costando especialmente adaptarte?

 

Al principio me costaba entender y hacerme enteder con los compañeros africanos,  sobretodo en las maneras de hacer. Con el tiempo uno acaba entendiendo mejor cómo funcionan las cosas aquí y encuentra un equilibrio para trabajar con ellos de la forma más eficiente y beneficiosa para nuestros refugiados.

 

 

Podrías hablarnos desde tu perspectiva y como cooperante voluntario, cómo ves la situación de las mujeres refugiadas en el proyecto en el que participas? ¿Y en la región?

 

Las mujeres juegan un papel muy importante en el enfoque que JRS tiene en todos sus programas. No hay que dejar de recordar que en situaciones de vulnerabilidad son las mujeres quienes, a menudo, se llevan la peor parte. Los abusos sexuales y la violencia doméstica son algunas de las maneras en las que esto se evidencia. En el departamento de Protección tenemos que escuchar a menudo historias desgarradoras de mujeres y son precisamente ellas quienes protagonizan buena parte de nuestra intervención en ese área. Una persona refugiada no goza de los mismos derechos que un keniano, está desprotegida y por lo tanto sufren más abusos de todo tipo, lo cual suele ser peor si esa persona es una mujer. La vida para una mujer refugiada no es nada sencilla. Las cargas familiares y económicas son solo una de las dificultades a las que se enfrentan cada día.


La mujer en esta región se enfrenta a retos increíbles. Muchas son abandonadas por sus maridos tras quedarse embarazadas. La cantidad de madres solteras sorprende mucho, especialmente en los Slums. Las madres son auténticas heroínas y es muy triste ver las situaciones por las que a menudo tienen que pasar. Los abusos sexuales muchas veces traen no solo embarazos sino VIH que, junto con el gran estigma existente, provoca una marginalización brutal de las mujeres. Estas, sin embargo, no tienen más opción que seguir y no rendirse ya que sus hijos e hijas dependen directa y solamente de ellas.

 

¿Recomendarías VOLPA a otras personas?

 

Definitivamente sí. Creo que VOLPA es la mejor oportunidad disponible para alguien que quiere conocer estas realidades y sienta la inquietud de ver que hay más allá. A mi personalmente me ha abierto mucho la mente, tanto en la formación como sobre el terreno. Creo que el programa VOLPA es un privilegio para quienes quieren aprender y conocer más sobre el Sur, sus retos y sus gentes.