30 años de voluntariado internacional VOLPA | Guatemala

En este 2021 se cumplen 30 años del nacimiento del Programa de Voluntariado Pedro Arrupe (VOLPA). Un aniversario muy especial para Entreculturas y para Alboan, ya que el voluntariado es una pieza clave de nuestras organizaciones; una herramienta fundamental y poderosa para cambiar el mundo y luchar contra las injusticias y desigualdades.

Desde su creación, en 1991, más de 1.000 voluntarios y voluntarias han formado parte de este programa. Son los llamados VOLPA, personas comprometidas e inquietas que se lanzan al encuentro de otras personas, culturas y pueblos a través de una experiencia que les transforma profundamente no solo durante el tiempo que permanecen en terreno (uno o dos años), sino de por vida. 

En este 30º aniversario, queremos poner palabras y miradas a estas personas. Queremos que nos muestren su camino lleno de  enseñanzas y lecciones de vida, del que seguro que nosotras y nosotros también tenemos mucho que aprender. 

VOLPAs en Guatemala
En esta segunda entrega ponemos el foco en Guatemala, país rico en culturas con 25 pueblos indígenas que habitan su territorio. El territorio guatemalteco tiene bosques, ríos, lagos… Sin embargo, más del 60% de las personas vive en condiciones de pobreza, una realidad que afecta especialmente a la población indígena. 

La desigualdad azota el país: en la capital se concentra la mayor parte de los recursos,  mientras que en las zonas rurales son muy escasos. Estas brechas sociales empujan a la población a migrar. Pero, en medio de esa realidad hostil, el calor humano hace que cada día lo imposible sea realidad.

Verónica Jiménez ya en 2011 trabajó en el internado Fe y Alegría, en Nim Ja. “Fue nuestro hogar y refugio”, nos cuenta. Nim Ja significa en Quiché Casa Grande. Hizo voluntariado en un hogar que acogía a chicos y chicas de aldeas alejadas que acabó sintiendo de su propia familia.

Verónica fue compañera de viaje de Ángela Sanz que, ese mismo año, realizó su voluntariado en la Clínica Parroquial “de ellos aprendí mucho de lo que soy ahora”. El sentido de lo comunitario y del trabajo en equipo. “Vi tantos ejemplos de trabajo por el bien común, con tanto amor… que a día de hoy todavía bebo de ese amor”.

En la misma zona dos años después, estuvo Natane Lago colaborando en el programa materno infantil y apoyando al equipo de salud en la Clínica Parroquial. Dando atención sanitaria para la reducción de mortalidad materna y desnutrición infantil, también se desplazaban por varias aldeas donde el nivel de pobreza era el más alto de todo el país. “Mis funciones consistían en dar diferentes tipos de formaciones como higiene personal, alimentación adecuada…” Mari Paz González pasaba consulta médica también en la Clínica Parroquial, para ella fue “un lugar privilegiado para conocer a la gente, para acercarme a la comunidad indígena, conocer sus costumbres y su manera de vivir la enfermedad”. Mari Paz lleva para siempre Guatemala en su corazón.

El padre José María Velaz (jesuita chileno fundador de Fe y Alegría) decía “hay comunidades donde no llega el asfalto y las aldeas pierden su nombre”, José Ángel y Ester Lapuerta recuerdan esta cita cuando piensan en Santa Lucía La Reforma, donde pasaron la mayor parte de su voluntariado en 2018, cuentan que en la zona las casas se encuentran esparcidas por la montaña, alejadas unas de otras. “La necesidad de aprender y compartir nos empujó a hacer voluntariado. La experiencia nos ha regalado vivencias únicas que nos han hecho crecer y comprometernos con la realidad social”.

Cuando le dijeron a Raquel García en 2005 que su destino era IGER (Instituto Guatemalteco de Educación Radiofónica), no podía imaginar que esas siglas cambiarían su vida. “Hasta ese momento valoraba lo importante que era la educación para cualquier persona pero no había experimentado lo que significaba no tener acceso a este derecho”.  IGER lleva la educación hasta los rincones más excluidos. Ser parte de radio Uy,uy,uy en Sayaxche durante dos años le enseñó tanto, que lo considera su gran escuela de vida. 


Sentimiento compartido también con Arturo Pineda, que valora mucho su grupo de formación previa: “un puñado de locos/as con ganas de cambiar el mundo”. Realizó su voluntariado en Santa María Chiquimula en 2018, “me ha permitido tener una mirada más comprensiva, con menos prejuicios, más sensible y crítica”, afirma. Considera que esta experiencia le hizo aprender a tomar decisiones más consecuentes y responsables.

En la misma zona, en 2016, estuvo Milagros Ávila a la que la formación le supuso un periodo intenso de cuestionamiento vital: “gracias a ello gané en libertad”. De su año en Guatemala se queda con la oportunidad de establecer relaciones profundas con personas de contextos diferentes, “me hizo sentir cómo todos somos un mismo pueblo”, recuerda. Una parte importante de VOLPA es el retorno, que en su experiencia fue volver con una mirada amplia y enriquecida, “poder mirar mi propia sociedad de origen y descubrir lo que es necesario transformar en ella para que podamos todas y todos vivir más dignamente y ser más felices en cualquier parte del planeta”.

Recibir voluntariado también enriquece a los proyectos. Marisol, de IGER en Huehuetenango, valora estas experiencias ya que le aportan también aprendizajes que traen los voluntarios. “Estar con ellas me ha ayudado a crecer tanto personal como profesionalmente”, asegura Ricardo, enfermero en Santa María Chiquimula. Sentimiento compartido con Pedro, del equipo de salud, que considera que el voluntariado es una motivación de ver que hay gente que se preocupa por la salud de los niños y niñas.