La educación nos une y nos hace más libres 

Foto: Monteserin Fotografía

En cada rincón del mundo, la educación es la pieza clave para combatir la desigualdad de oportunidades; una herramienta fundamental para construir futuro que, sin embargo, no está al alcance de todas las personas. A día de hoy, más de 262 millones de niñas, niños y jóvenes no acuden al colegio, 64 millones de ellos en edad de estudiar primaria. Entre la población más vulnerable se encuentra las personas con algún tipo de discapacidad, ya que, según datos de la ONU, 1 de cada 3 niños y niñas con discapacidad en edad de cursar primaria no está escolarizado.

Frente a esta realidad, todos los esfuerzos que hagamos para garantizar el derecho a la educación de calidad son pocos. Las nuevas generaciones merecen tener acceso a unos conocimientos que les permitan labrarse un futuro, desenvolverse con normalidad en la sociedad y superar las barreras con las que se encuentran.

Desde Entreculturas trabajamos en 37 países poniendo en marcha, junto con nuestras organizaciones socias, proyectos que garantizan una educación de calidad. En el Día Internacional de la Educación, queremos poner el foco en dos proyectos educativos ilusionantes y esperanzadores: por una parte, la labor en favor de una educación inclusiva de la Unidad Educativa de Emaús de Fe y Alegría Ecuador y, por otra, la formación en cerámica y bellas artes que impartimos junto a Fe y Alegría en el Centro de Formación Profesional José María Vélaz en Kinshasa (R. D. del Congo). 

Foto: Monteserin Fotografía

Me gustaría que la gente respetara la individualidad de cada persona, ya que todas somos diferentes”. Esto es en lo que sueña la maestra María José Ortiz y por lo que trabaja cada día en el centro Emaús de Ecuador. Su reto es crear una convivencia armónica donde las diferencias no sean obstáculos: “no pasa nada si un niño le cuesta realizar una actividad, simplemente es él y debemos valorarlo por lo que es”, agrega. 

Uno de los alumnos de este centro es Wilmer López, quien pone el énfasis en que “este colegio incluye a todas las personas con discapacidad, pero no solo eso, sino que las hace partícipes de la comunidad estudiantil”. Esta escuela es el claro ejemplo de que es posible transformar los centros educativos para garantizar una formación digna para todos los niños, niñas y jóvenes sin distinción.

En el caso de Kinshasa los retos son diferentes. La población es joven, pero hay pocas salidas laborales para ellos y ellas; a esta situación se suma que las tasas escolares es el motivo por el que el 44% de los niños y niñas de primaria abandona la escuela. En este contexto, el Centro de Formación Profesional José María Vélaz es el epicentro de las oportunidades: “aquí los jóvenes y las jóvenes vienen con la esperanza de poder aprender un oficio. Incluso en el futuro, llegar a ser artistas, vivir de su arte”, cuenta el profesor Joseph Makeba.

La formación profesional permite al alumnado tener mejores salidas profesionales y dar rienda suelta a las habilidades artísticas. Moïse Pandi, uno de los alumnos, quiere ser artista y sabe que hay un largo camino para conseguirlo: “antes de convertirse en un gran artista hay que trabajar. Si al amor por el trabajo le añades inteligencia, funcionará”.

Viendo a estos/as jóvenes crear esas hermosas vasijas es inevitable pensar que el futuro es como un bloque de arcilla: se convierte en algo bonito cuando se sabe cómo moldearlo y se cuenta con las herramientas adecuadas. La educación es lo que marca la diferencia, lo que hace posible que podamos multiplicar oportunidades hasta alcanzar nuestros sueños. Porque todas las personas, independientemente de sus circunstancias y condiciones, tienen sueños y son merecedoras de que se hagan realidad.