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«El cumpleaños de Laureano»: Finalista Un Mundo de Cuento

Por Elizabeth Hernández Apráez

«Se acercaba el cumpleaños de Laureano. El veinte de julio iba a cumplir doscientos años. Días antes de celebrar su aniversario se miró en el espejo de agua. Tenía un tronco grueso y largo que parecía llegar al cielo, ramas frondosas, hojas de color verde brillante. Al ver reflejada su imagen en el río que pasaba todos los días por su lado, se sintió satisfecho.
—Doscientos años, me gusta ese número —dijo.

Laureano era un árbol bello. De él se enamoraba todo el mundo. Se había convertido en la casa de muchos animales. En sus ramas hacían sus nidos aves cantoras, ardillas de colas largas vivían en la parte más alta de su cuerpo, insectos de distintos colores y formas habitaban en las hojas. Lo primero que hacían sus inquilinos al principio del día era saludarlo.
—Buenos días, Laureano. ¿Cómo amaneciste? —le preguntó un pequeño pájaro
—Muy bien, canario Mario.
—Mira Laureano, tengo un regalo para ti.
—¡Un peine de ramas!, gracias mi amiga ardilla.
—Hola Laureano, ¡qué guapo luces hoy!
—No más que tú, mi linda oruga.

En el día también lo visitaban hormigas diminutas, grillos flacos, gatos traviesos, bellas mariposas, personas que se acercaban a abrazarlo o a descansar bajo su sombra. Al único que no le gustaba ver por ahí era a un hombre raro que llegaba todos los días a verlo minuciosamente. Siempre le pronunciaba la misma frase mientras tocaba su tronco.
—Eres un árbol bello y fuerte, tienes buena madera, contigo podré hacer muchas cosas: la mesa del comedor, la silla de descanso, la cama para dormir.
A Laureano le asustaban sus palabras. Sentía que se acercaba su fin. Por eso decidió celebrar su cumpleaños número doscientos, quizá era el último que festejaría. Se los comentó a sus inquilinos.
—Amigos, el próximo miércoles cumplo doscientos años, quiero invitarlos a mi fiesta.
—¿Doscientos años? Bravo, Laureano, no cualquiera llega a esa edad —le dijo asombrado Mario, el Canario.
—Las ardillas nos encargaremos del pastel —prometió la ardilla Isabel.
—Y nosotros los insectos, traeremos la comida —prometió Aleja, la abeja.

El día del cumpleaños llegó. Los pájaros lo despertaron con una serenata de sonidos. Laureano se bañó con la lluvia de la mañana y cuando apareció el sol recibió sus rayos dorados. Peinó sus frondosas ramas viéndose en las aguas del río. Lucía hermoso. La fiesta comenzó pronto. Después los animales le cantaron las mañanitas.
—Estas son las mañanitas que cantaba el rey David, a los árboles bonitos se las cantamos aquí…
También lo llenaron de regalos. Le dieron chocolates con sabor a tierra, collares demconchas para que colgara en sus ramas, un disco con música de bosque. Todo era bullicio y alegría, hasta que apareció el hombre raro que iba a verlo todos los días minuciosamente. Llevaba un hacha en las manos. Iba decidido a cortarlo.
—Llegó tu día árbol —le dijo.

Laureano se puso triste. Era su fin. El hombre se acercó. Revisó el árbol. Decidió subirse en él. Tocó su tronco húmedo. Percibió su olor fresco. Creyó que las ramas lo abrazaban. Se sintió protegido. Los pájaros le cantaban al oído, los insectos le mostraban el camino para trepar más alto. Y el hombre les hizo caso, escaló por el cuerpo del árbol. Cuando estuvo en el punto más alto se dio cuenta de que Laureano era tan bello y bueno que sería un error talarlo.
—¿Me perdonas, árbol? —le dijo el hombre.
Al hombre le pareció que el árbol le respondía.
—Sí, te perdono.

Ese fue el cumpleaños más feliz de Laureano.»

*Ilustrado por Teresa Martín.

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