Nairobi, 19 Junio 2009
Pese a la mejora en la percepción de las personas refugiadas en algunos países del Este de África, en otros países de la región estas personas todavía tienen que enfrentar hostilidad y abandono. Se les deniegan sus derechos humanos fundamentales y experimentan rechazo y discriminación.
En el día Mundial de las Personas Refugiadas, el Servicio Jesuita a Refugiados de África del Este insta a los gobiernos a crear un clima propicio para la recepción e integración de las personas refugiadas. Se deben dar pasos para garantizar su seguridad y protección, para asegurar que se detectan sus necesidades y se les encuentran soluciones duraderas. El JRS también hace un llamamiento a la población para que dé la bienvenida a las personas refugiadas con un espíritu de solidaridad y respeto en lugar de temerlos y rechazarlos.
"Las sociedades y los gobiernos tienden a percibir a las personas refugiadas como un problema. Pero, es necesario que veamos que detrás de los grandes números hay seres humanos como tú y como yo. Ellos han sido desarraigados de sus países por conflictos, persecución o hambrunas y el JRS ha visto su coraje y resistencia mientras luchan por un futuro mejor", dice Frido Pflueger, director del JRS África del Este.
En muchas ocasiones, las personas refugiadas están sujetas a la explotación y al abuso, y su situación se agrava por la ausencia de redes de asistencia social, por los problemas con la lengua y la falta de familiaridad con las costumbres locales. Mujeres y niños, quienes conforman el 80% de la población refugiada, son los más afectados, y son particularmente vulnerables.
Ejemplos positivos a lo largo de África del Este son signo de esperanza de que la percepción y la recepción de las personas refugiadas han mejorado. En 2006, Uganda aprobó un decreto del Refugiado que concede a las personas refugiadas todos los derechos estipulados por Naciones Unidas y las Convenciones de la Unión Africana, incluyendo la libertad de movimiento y el derecho al trabajo. Durante años, Uganda ha asignado tierra a las personas refugiadas sudaneses en el norte del país, en lugar de seguir una estricta política de campamentos.
"Las personas refugiadas no son criminales. Son víctimas desafortunadas de circunstancias fuera de su control que se han visto obligadas a huir, dejando todo tras de sí. Muchos están aislados y sin ayuda cuando llegan. En lugar de estigmatizarles, deberíamos darles la bienvenida", dice Stephen Kuteesa, trabajador del JRS en Kampala.
Sin embargo, en muchos países sigue habiendo dificultades. El campo de refugiados de Kakuma en el noroeste de Kenya que actualmente hospeda a una población de 42.000 personas es un ejemplo de una situación prolongada en el tiempo. El 10% de la población refugiada en Kakuma ha vivido en el campo durante más de 10 años, algunos más de 15 sin perspectiva y sin esperanza de una solución duradera. Este hecho causa dependencia y problemas con la comunidad local.
Un número en aumento de refugiados se traslada a centros urbanos buscando empleo y un futuro mejor. De las 35.000 personas refugiadas y solicitantes de asilo que actualmente viven en Nairobi, sólo aquellas que son económicamente independientes tienen permiso oficial del Gobierno. Muchas tienen que sobrevivir sin asistencia material ni protección legal. Son vulnerables a arrestos policiales y, a menudo, enfrentan la hostilidad de la población local.
Pflueger nos dice que "la humanidad de una sociedad se mide por cómo trata a sus miembros más débiles. Todos somos parte de una misma familia humana y tenemos que respetar la dignidad de cada una de las personas que la constituye" y se pregunta "¿Cómo tratamos a aquellas personas que han perdido todo? Si nosotros no les tratamos con respeto, ¿quién lo hará? ".
