profesor campo de refugiados

Justine Maloba: ser testigo del cambio a través de la educación

“Su forma de pensar ha cambiado. Tienen esperanza y saben que la educación es la clave para salir adelante.”

Para Justine Maloba, profesor en la escuela secundaria Greenlight, en el campo de refugiados de Kakuma (Kenia), la educación es mucho más que un trabajo: es un compromiso diario con jóvenes cuyas vidas están marcadas por el desplazamiento y la incertidumbre.

Desde hace siete años, recorre a diario los caminos de tierra del campo para llegar a su aula. Allí acompaña a estudiantes que conviven con la pobreza, la inestabilidad y la falta de oportunidades. Pero también ha sido testigo de algo poderoso: cómo la educación puede transformar la forma en que estos jóvenes se ven a sí mismos y el futuro que imaginan.

Los retos del entorno educativo

Dar clase en un campo de refugiados implica enfrentarse a limitaciones que condicionan el día a día de la escuela. En Kakuma, tanto el alumnado como el profesorado viven en un contexto marcado por la escasez de recursos y la incertidumbre.

Muchos estudiantes tienen dificultades para continuar sus estudios porque no cuentan con lo básico: uniformes, tasas escolares o productos de higiene menstrual. Estas barreras provocan ausencias, retrasos en el aprendizaje y, en muchos casos, el abandono escolar.

Para Maloba, una de las situaciones más difíciles es ver cómo alumnos y alumnas con talento se quedan atrás, no por falta de capacidad, sino porque las condiciones no les permiten seguir.

Fortalecer la escuela para sostener la educación

Ante esta realidad, desde el Servicio Jesuita a Refugiados (JRS) y Entreculturas, con el apoyo de ECHO, acompañamos a la comunidad educativa para reducir estas barreras y reforzar las condiciones que permiten que el alumnado continúe en la escuela.

Este acompañamiento ha tenido un impacto directo en el día a día del aula. La formación del profesorado ha permitido adaptar mejor la enseñanza y reforzar las prácticas educativas, facilitando un mayor seguimiento del alumnado.

Al mismo tiempo, la mejora de las infraestructuras ha contribuido a crear espacios más adecuados para el aprendizaje. Aulas mejor acondicionadas y recursos más accesibles han hecho de la escuela un entorno más favorable para enseñar y aprender.

Además, se ha reforzado el vínculo con las familias y la comunidad. A través de un contacto más cercano y visitas a los hogares cuando es necesario, el profesorado puede comprender mejor la realidad del alumnado y acompañar a quienes están en riesgo de abandonar, favoreciendo que más estudiantes permanezcan en el sistema educativo.

La educación como espacio de protección

A medida que el entorno escolar se ha fortalecido, también ha cambiado la forma en que el alumnado vive la escuela.

Hoy es un espacio donde se sienten acompañados, donde participan y donde empiezan a confiar en sus propias capacidades. Iniciativas como los clubes de género han contribuido a fomentar relaciones más igualitarias, promoviendo el respeto y la colaboración, y apoyando especialmente la continuidad educativa de las niñas.

Estos cambios se perciben cada día en el aula. Más estudiantes asisten con regularidad, y las niñas, que antes enfrentaban mayores obstáculos, están ahora más presentes. Quienes antes dudaban en participar levantan la mano, opinan y hablan con mayor seguridad sobre sus aspiraciones.

Para muchos, la educación ya no es solo asistir a clase: es una oportunidad real para imaginar y construir un futuro distinto.

Educación en contextos de refugio: una oportunidad clave

En contextos como el de Kakuma, la educación secundaria ofrece mucho más que contenidos académicos. Aporta estructura, identidad y nuevas posibilidades.

Para el alumnado refugiado, completar esta etapa puede abrir puertas a becas, a continuar estudiando o a acceder a oportunidades fuera del campo. Sin ella, las opciones se reducen considerablemente.

Para Maloba, ver estos cambios es lo que da sentido a su trabajo. Cada mañana, al entrar en la escuela, reconoce en su alumnado una enorme capacidad de resistencia y ganas de salir adelante.

Desde el JRS y Entreculturas, con el apoyo de ECHO, seguimos acompañando a las comunidades educativas en Kakuma y Dadaab para que más jóvenes puedan continuar sus estudios, imaginar su futuro y construir nuevas oportunidades.

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