XXX aniversario de la muerte de Monseñor Romero, “Padre de la Iglesia y del Pueblo Salvadoreño”

Líderes, héroes, fundadores, son necesarios. Pero lo más fundamental es generar vida. En nuestro caso, pueblos e iglesias. Eso es lo que hizo Monseñor Romero junto con Helder Camara en Brasil, Leonidas Proaño en Ecuador, don Sergio Méndez Arceo en México, y los obispos mártires Enrique Angelelli en Argentina, Juan Gerardi en Guatemala, Joaquín Ramos en El Salvador, y Gerardo Valencia Cano en Colombia. Junto a muchos otros, mujeres también, los hemos llamado “Padres de la Iglesia y de los Pueblos”. Por eso es bueno recordar hoy a Monseñor Romero. Nada hay más excelso que la paternidad y maternidad lúcida y solidaria.

La idea de recordar a los “Padres” no es nueva. En los orígenes de las iglesias cristianas se llamó Padres de la Iglesia a cristianos que se distinguieron por 1) su santidad de vida, es decir, su humanidad profunda; 2) por explicar con ciencia y provecho la palabra de Dios y la palabra de los hombres; 3) por encaminar a las Iglesias según los signos de los tiempos; 4) por ser aceptados, en su enseñanza y liderazgo, por la comunidad.

En Monseñor Romero se cumplen a cabalidad las cuatro cosas mencionadas. 1) Santidad evidente hasta la entrega de su vida; 2) ciencia de la palabra de Dios en las homilías y en sus cartas pastorales de 1978-79: La Iglesia y las organizaciones políticas populares; 3) lucidez y liderazgo  para insertar a los cristianos y a todos los seres humanos de buena voluntad en la verdadera realidad de nuestro tiempo; 4) aceptación y cariño por parte de los pobres -y, como Jesús, repudio de parte de los poderosos.  Monseñor Romero fue amado entrañablemente por su amor a los pobres de su pueblo. Nunca se había visto nada igual.

Recordemos en tres puntos y en sus propias palabras al Monseñor  “Padre de la Iglesia y del Pueblo salvadoreño”:

1. Hombre de su Pueblo

Solía decir Ignacio Ellacuría: “difícil hablar de Monseñor Romero sin mencionar al pueblo”. Su opción por los pobres fue total. A los pobres anunció la buena noticia de la liberación y de un Dios liberador. En los pobres vio a Cristo crucificado y entre ellos se encarnó. En ese pueblo Monseñor Romero encontró la gracia de Dios: “con este pueblo no cuesta ser buen pastor” (18 de noviembre, 1979). Y sin jactancia, sino con gran humildad, dijo al final de su vida: “Si me matan resucitaré en el pueblo salvadoreño” (marzo, 1980).

Ese pueblo crucificado, presente en Rutilio Grande y el niño Nelson, le convirtió, dato sumamente importante que no suele ser tenido en cuenta. Y entonces surgió el nuevo Monseñor Romero convertido. Así lo formuló Ellacuría: “lo que  había sido una palabra opaca, amorfa e ineficaz se convirtió en un torrente de vida, al cual el pueblo se acercaba para apagar su sed”.

 

 Imagen del acto de homenaje a Monseñor Romero, donde se leyeron las palabras de Jon Sobrino SJ

2. Hombre honrado y solidario

Monseñor Romero fue honrado con la realidad salvadoreña, y en buena parte latinoamericana de la época. Por un lado, se volcó en el apoyo a las organizaciones populares  y de la Iglesia popular, nombre que empezaba a ser anatematizado. Por otro lado, se insertó sin condiciones en esa realidad salvadoreña. Es la que dio la vuelta al mundo: “haga patria mate un cura”, asesinatos de sacerdotes y religiosas, golpe de estado y juntas de gobierno, prenuncios de guerra formal, todo ello transido de injusticia, opresión y represión.

Monseñor Romero denunció de forma inigualable el pecado de esa realidad: “Éste es el gran mal de El Salvador: la riqueza, la propiedad privada, como un absoluto intocable. ¡Y ay del que toque ese alambre de alta tensión! Se quema” (2 de agosto, 1979). “Estamos en un mundo de mentiras donde nadie cree ya en nada” (18 de marzo, 1979). “Se sigue masacrando al sector organizado del pueblo sólo por el hecho de salir ordenadamente a la calle” (27 de enero, 1980). “La violencia, el asesinato, la tortura, donde se quedan tantos muertos, el machetear y tirar al mar, el botar gente: esto es el imperio del infierno” (1 de julio, 1979).

Esta denuncia no fue sólo exabrupto en contra de opresores sino defensa de los oprimidos. Y siempre fue un intento de humanizarles también a los opresores.

“Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre debe de prevalecer la ley de Dios que dice: “No matar”. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado [...] En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión!” (23 de marzo, 1980).

Junto a la denuncia, Monseñor exigió la conversión y advirtió del castigo que se avecinaba al país de no convertirse. Pero lo más suyo fue ser profeta de consolación, como el Isaías del “consuelen, consuelen a mi pueblo”. “Estoy seguro de que tanta sangre derramada y tanto dolor causado a los familiares de tantas víctimas no serán en vano” (27 de enero, 1980). “Sobre estas ruinas brillará la gloria del Señor” (7 de enero, 1979).

Monseñor Romero no sólo vivió sumergido en la realidad, sino que la asumió. En ella encontró la gloria de ser humano y de ser cristiano. En palabras que  nunca he escuchado, oí decir a  Monseñor Romero, “Me alegro, hermanos, de que nuestra Iglesia sea perseguida” (15 de julio, 1979). “Sería triste que en una patria donde se está asesinando tan horrorosamente no contáramos entre las víctimas también a los sacerdotes. Son el testimonio de una Iglesia encarnada en los problemas del pueblo” (4 de julio, 1979).

Monseñor no fue loco ni masoquista. Ciertamente estaba dispuesto a pagar altos costos por causas nobles. Pero lo que acabamos de escuchar es otra cosa: a Monseñor Romero le salía del fondo de su corazón el estar con su pueblo hasta el final.

 

 

3. Hombre de Dios

Oyéndole hablar así, no se puede tomar a la ligera ni como meramente piadoso lo que Monseñor decía sobre Dios. Todos nosotros nos preguntamos alguna vez qué es lo que tenemos por último en nuestra realidad y en nuestras vidas. Las respuestas pueden ser variadas: lo humano, la fraternidad, la utopía, la justicia, quizás también la democracia. En mi opinión Monseñor Romero formuló lo que para él era último con estas palabras:

“Ningún hombre se conoce mientras no se haya encontrado con Dios…¡¡quién me diera, queridos hermanos, que el fruto de esta predicación de hoy, fuera que cada uno de nosotros fuéramos a encontrarnos con Dios y que viviéramos la alegría de su majestad y nuestra pequeñez!!” 10 de Febrero 1980.

Estas palabras las pronunció seis semanas antes de ser asesinado en una situación de increíble densidad histórica. No fueron, pues, palabras melifluas ni rutinarias. Las saco a relucir ahora porque nuestro continente latinoamericano, nuestro mundo y nuestras iglesias tienen gran necesidad, pienso yo, de enfrentarse con lo último.

Una semana después de su asesinato me pidieron que dijese unas palabras sobre Monseñor Romero, y lo primero que me salió con total naturalidad fue: “Monseñor Romero creyó en Dios”. Cada quien puede formular esa ultimidad de la manera que mejor le parezca, pero sería empobrecedor ignorar a Monseñor y lo que para él fue la ultimidad.

Termino con tres palabras, la primera es muy conocida, de Ignacio Ellacuría: “con Monseñor Romero Dios pasó por El Salvador”. Lo mejor que tenemos los seres humanos, que nos viene de abajo y nos viene de arriba, eso se hizo presente en Monseñor Romero.

La segunda es lo que nos ha dicho Don Pedro Casaldáliga, brasileño, catalán, español, sobre cómo recordar a Monseñor Romero: “nuestra coherencia será la mejor canonización de San Romero de América, pastor y mártir”.

La tercera es poner juntos para siempre a Dios y al pobre. Casaldáliga lo dice con estas palabras: “todo es relativo menos Dios y el hambre”. Monseñor Romero lo dijo con estas otras palabras en Lovaina en 1980: “la gloria de Dios es el pobre que vive”.

 

Jon Sobrino, SJ