“Un nuevo Sudán es posible”

Y es que la lucha por el control de este recurso -unida a los endémicos enfrentamientos étnicos - sigue aún definiendo el panorama político y social del país más grande del continente africano.

Sudán ha presenciado más de 50 años de inestabilidad política. Desde que las demandas de autonomía por parte del sur de Sudán respecto al Gobierno musulmán de Jartum hicieran estallar la Primera Guerra Civil en 1955, la región no ha conseguido levantar cabeza por más simulacros de paz que se hayan producido. Tampoco el armisticio de enero de 2005 consiguió poner fin a la Segunda Guerra Civil, que se cobró la vida de casi 2 millones de personas. Desde entonces, la recuperación del equilibrio en el país continúa a expensas de una política eficaz en lo que al petróleo se refiere, ya que "el negocio de este combustible constituye el salario en buena parte de los trabajadores sudaneses", declara Guiney.

El Servicio Jesuita a Refugiados lleva más de veinte años trabajando en África con objeto de arrojar luz a todos los conflictos olvidados de este enorme continente. Su labor en Sudán se ha centrado en asistir a los millones de desplazados y refugiados que han ido ocasionando los sucesivos conflictos en la región, especialmente al sur, en la frontera con Uganda, donde el continuo flujo de personas se ve amenazado también por las acciones de las guerrillas.

Además de acompañar y procurar la reinserción de los desplazados que retornan a sus lugares de origen, la actividad del SJR en los campos de refugiados está muy orientada a la educación, pues consideran que una formación básica es el método más eficaz para curar las heridas y procurar un entendimiento entre los ciudadanos - de cara a acabar con las luchas étnicas - . Y es precisamente en este punto donde la filosofía del SJR conecta con la de Entreculturas: "educar es dar oportunidades", y qué menos que ofrecer a estas personas que lo han perdido todo la oportunidad de recuperar su dignidad y su esperanza.

Cada vez más escuelas cerradas

"Es muy importante la constancia. A lo largo de estos 20 años, las hostilidades entre el Gobierno central y la guerrilla sudista del Ejército de Liberación del Pueblo sudanés han limitado mucho la actividad del SJR y las ONG que operan sobre el terreno", sostiene Guiney. "Además, las incursiones del grupo rebelde ugandés Ejército de Resistencia del Señor (LRA, en sus siglas en inglés) nos han obligado a cerrar varias escuelas". El LRA fue fundado por Joseph Kony a finales de los 80 con objeto de imponer sobre la sociedad los diez mandamientos bíblicos a base de actos extremadamente violentos. Dada su proximidad, los jóvenes y niños que integran esta guerrilla traspasan la frontera hacia Sudán para robar y extorsionar a la población.

Ante el riesgo de que el LRA rapte, viole o mate a sus hijos, los padres prohíben a los niños acudir a las escuelas por lo que, frente a la inactividad y el riesgo, los jesuitas se ven forzados a cerrar los centros y redistribuir al resto de los alumnos entre las aulas de los colegios que se encuentran más a salvo. 

Como es habitual en las regiones desfavorecidas que, además, padecen una fuerte inestabilidad generalizada, las mujeres son las que han de soportar las peores consecuencias. En el caso de Sudán, el contexto de conflicto supone para ellas soportar vejaciones sexuales, además de que el fundamentalismo islámico niega la educación y la promoción de la mujer en la vida social, obligándolas a un régimen de ocultismo y sumisión degradante. Ante estas circunstancias, el SJR ha integrado desde el principio un programa de equidad de género en sus escuelas. Sin desvirtuar sus tradiciones pero con el propósito de defender los derechos básicos de las  mujeres sudanesas, el SJR ha hecho un gran esfuerzo por equiparar la tasa de escolarización entre niños y niñas y por regenerar, fundamentalmente, la autoestima de estas últimas. "Las mujeres sudanesas deben caer en la cuenta de que también está en sus manos la posibilidad de construir un nuevo Sudán", concluye John Guiney.

A la luz de estas circunstancias, lo que cabe esperar es que el actual presidente Omar Hassan el Bashir y los líderes del sur de Sudán hagan efectivos los acuerdos de paz de 2005 y adopten el diálogo como vía prioritaria para la definición de sus intereses. Del mismo modo que es necesario que el Gobierno de Jartum dé luz verde a la ONU y a la Unión Africana para desplegar una fuerza conjunta de pacificación sobre Darfur, donde la situación ahora mismo es extremadamente quebradiza.