Sudán del Sur: Nos unimos al Papa Francisco en su movilización por los menores soldados

‘No permitamos que pasen su infancia en un campo de batalla’, es la causa del vídeo del Papa al que nos sumamos. Actualmente, más de 250.000 niños y niñas en todo el mundo son obligados a participar en conflictos armados. Nos unimos al clamor del Papa para que los gobiernos hagan “todo lo posible para que se respete la dignidad de los niños; y terminar con esta forma de esclavitud”. Únete y firma ahora el manifiesto por los menores soldados.

Baranaka nació en Jamam, en el condado de Maban, hace 15 años.  Su familia huyó del Alto Nilo al poco tiempo de nacer ella. Hacía ya tiempo que su tierra se había convertido en un campo de batalla. En aquella segunda guerra civil sudanesa, casi dos millones de civiles fueron asesinados en el sur del país y más de cuatro millones fueron desplazados de sus casas.
Baranaka pasó la primera parte de su corta infancia en Singa (Sudán), al oeste del Nilo Azul, y no regresó a Maban hasta el 2008, tres años después de la firma del tratado de paz, con apenas siete años. Baranaka explica que no tiene hermanos y hermanas porque su madre murió cuando era muy joven.

Dice que recuerda bien cuando, poco después de la independencia de Sudán del Sur en 2011, más de 130.000 refugiados llegaron a Maban huyendo del Nilo Azul en Sudán, la misma tierra que un día la acogió a ella.
Poco se imaginaban que en diciembre de 2013 el país más joven del mundo se desintegraría en una guerra civil fratricida. En aquel momento, los refugiados que habían llegado a Maban apenas hacía dos años se encontraron atrapados entre dos guerras. Mientras el gobierno de Jartum bombardeaba sus tierras en el Nilo Azul, el país que los acogía vivía episodios de un odio étnico sin precedentes.

El conflicto no tardó en alcanzar a Baranaka. Un día los soldados rebeldes saquearon sus propiedades y se llevaron sus animales y cultivos. Recuerda aquel momento con estas palabras: Cuando empezó la lucha, los soldados lo destruyeron todo. Nuestros ancianos no pudieron escapar y los mataron. Yo conseguí escapar con mi tío. Corrimos durante varios días hasta llegar a este lugar. No quiero volver a casa. No hay paz. En este lugar no hay comida pero no quiero ir a casa ya".

Baranaka es pues, actualmente, una persona desplazada más entre el millón y medio de habitantes de Sudán del Sur que se han visto obligados a abandonar sus hogares debido a la violencia. El caso de Baranaka ilustra el empeño de Entreculturas y JRS de prestar especial atención a los menores, los más vulnerables en este contexto, promoviendo su escolarización. Ella asiste cada día a un Espacio Temporal de Aprendizaje que Entreculturas y JRS abrimos en febrero de 2015 en Hofra, una región a 30 km de Bunj, la capital de Maban, para facilitar el acceso a la educación a la población interna desplazada.

Desde la reanudación del conflicto en diciembre de 2013, el gobierno de Sudán del Sur ha dejado de financiar prácticamente toda la educación, dejando a los profesores sin sus sueldos básicos necesarios para sobrevivir, especialmente en áreas remotas como Alto Nilo. Después de años de conflicto y desplazamiento, la mayoría de los maestros no ha tenido la oportunidad de terminar la escuela secundaria, y a veces ni siquiera la primaria. Por eso, a principios de 2016, Entreculturas y JRS abrimos en Maban el Arrupe Learning Center, una escuela residencial de Formación de Maestros, que ofrece certificados reconocidos por el Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología a los maestros que completan nuestros cursos de formación.

Cuando le preguntamos a Baranaka por qué está aquí, siguiendo las clases que te ofrece este espacio temporal de aprendizaje, nos dice: “Porque quiero aprender qué está bien y qué está mal. Lo que aprendes no te lo puede quitar nadie. Es tuyo para siempre".

Dar un sentido de normalidad a las vidas, tratar de estructurar el mundo interno de la persona ofreciendo apoyo psicosocial, contribuir a ordenar y estructurar el caos, proteger a los menores de reclutamientos por grupos armados, forma parte de nuestra misión. Baranaka nos ayuda a comprender que la educación genera una seguridad muy particular en la persona. Es esta seguridad la que nos dispone a la confianza, esa confianza que nos permite a afrontar los retos con la convicción interna de que el logro es posible. Es esa confianza la que nos dispone a considerar al otro como una oportunidad y no como una amenaza. Esa confianza genera esperanza, y la esperanza genera paz.