La Responsabilidad Social de la Empresa en tiempos de crisis

Para ayudar a la empresa a desarrollar su responsabilidad social de una manera eficaz para la sociedad y para la empresa misma, es preciso comprenderla bien. La crisis nos viene mostrando que la responsabilidad social no puede entenderse sólo como aquellas prácticas que atienden a preocupaciones sociales y medioambientales más allá de las obligaciones legales (la definición estándar recogida en el Libro Verde de la Unión Europea). Esta idea de ‘contribución voluntaria' a la sociedad por parte de la empresa, constituye parte pero no todo, ni siquiera la parte más importante, de la responsabilidad social sobre la que debemos dialogar con la empresa.

En el origen de la crisis se encuentran numerosas prácticas que no son ilegales o, al menos, no han sido declaradas como tales por los tribunales, únicos con la capacidad para hacerlo. Sin embargo, no siendo ilegales, esas prácticas sí han violado obligaciones y responsabilidades éticas de las empresas, particularmente en dos terrenos: el de la justicia y el de la prudencia.

En materia de justicia, junto al ‘fraude duro' que la ley tipifica y castiga, ha habido también mucho aprovechamiento de asimetrías de información en sectores como el financiero o el inmobiliario. Más difíciles de probar y perseguir, a menudo no tipificadas legalmente, estas prácticas constituyen formas de ‘fraude blando' que violan la obligación ética de procurar que el cliente pueda tomar una decisión bien informada, dentro de una relación en que las dos partes ganan.

En materia de prudencia, se han generalizado la especulación de alto riesgo con dinero ajeno y el estímulo al endeudamiento para el consumo. Siendo legales, ambas prácticas empresariales han conducido a una extrema fragilidad tanto del sistema financiero como de las economías familiares. Ahora deberemos pasar años de severos costes sociales para reparar los excesos de las últimas décadas.

La responsabilidad social de la empresa no sólo incluye, pues, aquella contribución voluntaria que va más allá de la obligación legal, sino también una responsabilidad ética que, aunque no esté mandada por ley, tampoco es propiamente voluntaria, sino obligatoria en sentido moral. La satisfacción de esa responsabilidad moral debe situarse en el núcleo mismo del negocio, esto es, en el concepto, el diseño organizacional, las estrategias y políticas, y las decisiones concretas con que la empresa produce sus beneficios. Sólo incorporando la ética en el negocio podrá recuperarse la confianza en el liderazgo empresarial, imprescindible para su función social de utilizar el capital para generar relaciones económicas de cooperación entre las personas y los grupos sociales.

La crisis ofrece una gran oportunidad para el diálogo entre la empresa, y el resto de la sociedad y sus organizaciones. En ese diálogo, las organizaciones sociales deben promover y apoyar el saneamiento del tejido empresarial, para que recupere la justicia y la prudencia, y con ellas la eficiencia y la sostenibilidad. Se trata pues de afianzar los lazos de soporte mutuo entre la empresa y sus stakeholders, de manera que se reconstruya la confianza social en la empresa, surjan nuevas visiones en el liderazgo económico, el Estado vuelva a sus roles fundamentales, y los agentes sociales realicen su libertad en relaciones provechosas para todos los afectados.

A mi modo de ver, Entreculturas está en una excelente posición no sólo para invitar la contribución voluntaria de la empresa a la cooperación internacional, sino también para promover la reflexión sobre las responsabilidades éticas de la empresa, que la crisis nos muestra como cruciales para el futuro de nuestra sociedad y de sus posibilidades de cooperación con el desarrollo de los pueblos del Tercer Mundo.

Raúl González Fabre, SJ - Universidad Pontificia Comillas.