José María Díez-Alegría, in memoriam. “Una invitación a ser termitas”

Su amigo Pedro Miguel Lamet sj escribía esta definición de él tras su muerte: "Escribir su biografía [Díez-Alegría. Un jesuita sin papeles (Ed. Temas de Hoy] ha sido una gran experiencia, pues nadie puede negar que José María Díez-Alegría ha sido al mismo tiempo valiente y sencillo, creyente y crítico, rebelde y fiel, cordial y contundente, afable y molesto, demoledor y constructivo, anti-institucional y eclesial, poeta e intelectual, humorista y comprometido, no marxista y anti-anti-marxista, obediente y desobediente, intelectual y asequible, erudito y popular, maduro y enfant terrible, jesuita y jesuita (aunque sin papeles), y sobre todo y en una palabra, un hombre bueno".

Reproducimos esta entrevista con él realizada hace casi 10 años en el boletín InterVolpa de Entreculturas (Enero 2001, núm. 14).

 

Usted denuncia la idolatría del dinero y del consumo de la sociedad capitalista. ¿Qué tarea nos toca ante esta realidad?

Bajo un punto de vita cristiano, desde el cristianismo ecuménico y abierto al diálogo desde el que me sitúo, no se puede servir a dos señores, a Dios y al dinero. La codicia en el dinero y el poder es causas de injusticia y de insolidaridad. El Pensamiento Único, la Globalización económica y de mercado quieren una humanidad montada sobre el afán de propiedad y de competencia. ¿Y cuál es nuestra tarea ante esto? Pues mira, te lo cuento con una anécdota que utilicé hace años en una conferencia: en los años 60 descubrieron que los tejados y bóvedas del Monasterio de El Escorial estaban en peligro de hundirse porque las termitas habían corroído por completo las vigas. Entonces yo dije que nosotros en este mundo no podemos ser más que termitas, pero hay que serlo, cada uno debe ser una termita.


A través de su reflexión y su vida ha transmitido siempre la opción por la justicia. Colocando
a los pobres en primer lugar. ¿Qué acontecimientos, qué personas, qué comunidades le han conducido a esa reflexión y ese compromiso?

En primer lugar, el descubrimiento del Jesús real, el Jesús de las Bienaventuranzas que proclamaba "Bienaventurados los pobres porque vuestro es el Reino de Dios", el Jesús al que mataron por denunciar el afán de dinero, el afán de poder, la injusticia contra los pobres. Por otra parte, antes de irme a Roma, yo colaboraba con José María Llanos en el Pozo del Tío Raimundo, en Madrid. Después de tener que dejar la Universidad Gregoriana me fui a vivir al Pozo. Allí viví desde 1973 hasta 1985. Y encontré algo que era difícil de hallar en la España de Franco: que un cura pudiera hablar de tú a tú con los proletarios, con los subproletarios, con los vencidos de la Guerra Civil, con antiguos sindicalistas que habían llegado a estar condenados a muerte...Todo eso me ayudó a conocer al Jesús de los pobres.

¿Y qué le enseñaron los pobres durante ese tiempo?

Bueno, como dice también Gustavo Gutiérrez, a los pobres no hay que mitificarlos, son personas, no hay por qué idealizarlos. Pero sí es cierto que los pobres me han transmitido un sentido de paciencia, de realismo, de solidaridad. Yo viví la transformación del Pozo de un barrio de casitas bajas a un barrio de pisos. Éramos las mismas personas pero algo se perdió. El lujo, la riqueza, la abundancia tiene algo que envenena. Por eso creo que hay que vivir con sobriedad, pero no una sobriedad ascética, sino la sobriedad del que vive entre la gente y si tiene dos túnicas, pues le da una al que no tiene. Hoy hay muchos jóvenes que descubren esto. En muchas ocasiones, se apartan de la práctica religiosa, pero se acercan más a la postura del samaritano, a la del que se detiene junto al que sufre.

Usted insiste y cree en el diálogo entre creyentes y no creyentes, en el diálogo interreligioso e interhumano. ¿Por qué lo considera tan enriquecedor y qué bases son necesarias para hacerlo posible?

La Iglesia, frente a los no cristianos, necesita una cura de humildad tremenda, porque existe la idea de que la Iglesia es la continuidad de Jesús y que por tanto, la Iglesia tiene la dignidad que tiene Jesús. Pero eso no es verdad. La Salvación de Jesús nos llega a través del Espíritu Santo, no a través de la Iglesia. Y el Espíritu Santo, que es el que actúa, puede llega r al corazón sin necesidad de pasar por el cerebro. El Espíritu, nos dice San Juan, es como el viento, que oyes su voz, sopla donde quiere y no sabes de dónde viene ni a dónde va. Por eso donde quiera que haya gente que se acerca al prójimo hay un diálogo posible. Mateo nos recuerda que en el Juicio Final se nos d irá: "Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber", no se nos cuestionará por la fe ni la religiosidad, sino por el amor.

Usted ha reflexionado y vivido experiencias de conflicto. ¿Es posible vivir en medio del conflicto con paz y siendo fiel es al compromiso?

En 1973 escribí Yo creo en la esperanza. Veinticinco años después, la editorial me pidió una nueva colaboración y escribí Yo todavía creo en la esperanza. Ese toda vía tiene mucha carga. Lo escribí a los 87 años y allí plasmo aquello a lo que he llegado en mi trayectoria vital y teológica. Pues bien, yo no soy nada agresivo, y sin embargo en ese libro escribo verdades como puños. Yo creo que no hay que buscar el conflicto pero no hay que callar la verdad para evitar el conflicto. Eso es lo que hizo Jesús. Pero Jesús fue también radical en defender el amor a los enemigos y el hacer el bien a los que nos calumnian.

¿Y cuáles son los signos de esta Esperanza en la que todavía cree?

Pedro Casaldáliga, en un mensaje que nos envió para uno de los Congresos de Teología de la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII, comentaba que los cristianos del futuro o serán pobres o identificados vitalmente con los pobres, o no serán. Bien, pues todo aquello que va suponiendo un paso en la identificación con los pobres, es un signo de esperanza. Estos jóvenes que van al Tercer Mundo, por ejemplo, aunque después no aguanten un sermón. Además, mi fe en la Resurrección no excluye a nadie. Creo en que Jesús resucitó yen que resucitarán los pobres, los oprimidos, los aplastados... Creo en que Monseñor Óscar Romero resucita. Yo, pues supongo que también, pero si no, prefiero que resuciten ésos, a mí ya me han dado bastante, porque he sido muy feliz en medio de todas estas aventuras.

Nuestro voluntariado lIeva el nombre de Pedro Arrupe y nos gustaría que, para terminar, nos dijera una palabra sobre él.

Cuando yo era estudiante me encariñé mucho con la misión del Japón y trabé amistad con Arrupe desde la época en la que él era Provincial de Japón. Luego, cuando se armó todo el lío del libro, nunca perdimos la amistad. El conflicto no venía por él. Y desde luego, yo viví ese asunto con un ánimo sumamente amistoso. Arrupe sufrió mucho porque el Vaticano veía mal que él no condenase la Teología de la Liberación. Él, que era un jesuita con un fuerte sentido de la obediencia, se convenció de que los teólogos de la liberación tenían razón, sobre todo después de su visita a Centroamérica. En medio de su enfermedad, dijo a los jesuitas: "Ahora más que nunca me siento en manos de Dios". Y eso es una cosa muy profunda. Yo, modestamente, en esto vivo una coincidencia con Arrupe. He vivido todos los líos sintiéndome en manos de Dios.