JRS: 40 años al servicio de las personas refugiadas

En el momento en el que Arrupe escribió esa carta fundacional de JRS a la Compañía de Jesús, se refería a 16 millones de refugiados en el mundo. Hoy hablamos de otra cifra, más de 80 millones de personas refugiadas en el mundo, y va creciendo.

Para nuestro compañero Pablo Funes, Coordinador de Cooperación Internacional de Entreculturas, las cifras de la realidad actual del refugio hablan de la necesidad que tienen tantas personas de construir un futuro digno y, a la vez, de la vigencia de la misión del Servicio Jesuita a Refugiados (JRS), que sigue siendo un referente de acompañamiento, servicio y justicia en el mundo, después de 40 años.

Pedro Arrupe SJ sin duda fue un visionario y, para muchos, un profeta, pues nadie podía imaginar que aquel escenario que presenció a las vísperas de la Navidad de 1979 en el Sureste Asiático, “golpeado y conmocionado por el drama de miles de personas en botes y refugiados”, pudiera llegar a las dimensiones que alcanza hoy en día. 

Esa chispa que prendió en Arrupe abrió la posibilidad de dar una respuesta humanitaria, cargada de amor y esperanza, a éstas y otras tantas personas desplazadas de sus tierras. Durante cuatro décadas de trabajo, que hemos conmemorado el pasado mes de noviembre, JRS no ha cejado en su empeño de defender los derechos de las personas refugiadas en todo el mundo. Personas que, por falta de servicios básicos, alimentación, guerras, violencia, represión o marginalidad, se han visto obligadas a dejar sus países, emprendiendo camino hacia destinos desconocidos donde tienen que tratar de reconstruir sus vidas.

Acompañar, servir y defender

Me hice profesor para ayudar a mis hermanos que huyeron de la guerra. Hay niños y niñas que han vivido la guerra, las masacres y asesinatos y por eso estoy aquí. Para poder ayudarlos a olvidar todo lo que vivieron”. Son palabras de Ntwali Shaburhwa, profesor en uno de los campos de personas refugiadas de Burundi en los que trabaja JRS.
 
Su testimonio refleja el espíritu de servicio que caracteriza a todas las personas que trabajamos junto a JRS. Para que las personas refugiadas y desplazadas puedan sanar sus heridas, reconstruir sus vidas y construir su propio futuro, es necesario que puedan acceder a sus derechos, contar con programas que fomenten medios de vida y de subsistencia, formarse y recibir una educación de calidad.
 
He dejado mi país por la inseguridad. Después de la guerra, con las fuerzas armadas, la población sufría robos y violencia. Para llegar aquí tuve que enfrentarme a varios problemas”, nos cuenta Furaha Aimee, refugiada y profesora de los campos de personas refugiadas en Burundi. “No tenía dónde dormir, ni dónde comer. Las aulas estaban vacías. JRS nos ha ayudado a construir pupitres, nos ha dado material para el alumnado, han construido zonas de recreo para los niños y niñas”, explica.
 
La escuela, en situaciones de refugio y desplazamiento, es mucho más que un colegio: representa un espacio de protección donde a niños, niñas y jóvenes se les asegura también el acceso a otros servicios básicos, como la alimentación. “La escuela da la oportunidad de tener un futuro", nos cuenta Naomie Akonka, joven congoleña de 17 años refugiada en Burundi. "Si no la protegemos, comprometemos el futuro de niños y niñas. Cuando me preguntan por qué sigo viniendo a la escuela, la respuesta es clara: porque quiero que, en un futuro, mi vida sea buena."
 
Desde Colombia, Grace Navas, refugiada venezolana y madre de tres hijos, nos dice: Quiero defender mi derecho como persona, tanto acá en Colombia como migrante, como allá en mi país. Agradezco todo el apoyo y conocimientos que nos han brindado desde JRS siendo refugiada. Hoy tengo salvoconducto y  mis hijos y yo también tenemos derecho a la salud."
  
Como Grace, Naomie y Furaha, más de 811.000 personas en 56 países han logrado, junto a JRS, a lo largo del último año, ver una luz en el incansable camino que les ha tocado recorrer para construir una vida digna. Acompañarlas en él nos permite conocer de primera mano sus historias de vida, sus miedos y esperanzas. Por ellas seguimos comprometiéndonos día a día y llevando a cabo programas de educación, profesionalización, atención y apoyo psicosocial y ayuda humanitaria en situaciones de desplazamiento de emergencia.

También durante la pandemia

El paso de la pandemia de la COVID-19 ha causado un impacto más acusado en las poblaciones más vulnerables, entre las que se encuentran las personas refugiadas y desplazadas. Este nuevo contexto nos ha llevado a reestructurar nuestros proyectos junto a JRS en países como R. D. del Congo, Malaui o Líbano para seguir dándoles apoyo y continuar garantizando la continuidad de los estudios y el aprendizaje de miles de niños, niñas y jóvenes refugiados a pesar del cierre de las escuelas.
 
Después de varios meses de cierre de las escuelas por la pandemia, nos enfrentamos a una serie de dificultades a la vuelta, puesto que, cuanto mayor es la interrupción de la enseñanza, mayor es la pérdida en el aprendizaje, nos cuenta Rayhana Itani, coordinadora pedagógica de JRS en Baalbek (Líbano). Ante esta situación de emergencia, nos cuenta, el personal de JRS ha seguido trabajando con el mismo tesón que hace 40 años para dar respuesta a la crisis. “Hacemos entrega de materiales que los padres y madres y comenzamos a trabajar de forma online, a través de clases por Whatsapp, enviando las clases grabadas por notas de voz a los estudiantes”, explica.
 
El mejor servicio que podemos brindar a la sociedad actual es convertirnos  en hombres y mujeres verdaderamente humanos”, afirmaba Arrupe. Sus palabras, su legado y su misión siguen vivas y más vigentes que nunca. Para dibujar en la mirada de cada persona desplazada la esperanza de un futuro digno y de oportunidades.