Llegué a Chile un 23 de octubre, cuatro días después del “Estallido social”, con toque de queda, un país paralizado y el pueblo en la calle. Hoy, seis meses después de aquello y tras un mes y medio de cuarentena, con un toque de queda, un mundo paralizado y con la humanidad en sus casas, voy a intentar contar mi experiencia de voluntariado VOLPA. Perdón, no me presenté, la verdad que esta experiencia no ha sido muy lineal, por lo que supongo que el relato tampoco podía serlo. Me llamo Marta Soto Hortet, me encuentro en Arica, norte de Chile, realizando un voluntariado en el SJM (Servicio Jesuita a Migrantes), trabajo como apoyo en el área social y en el área de educación y sensibilización.

Lo primero que podría decir de estos meses es que no me imaginaba que mi año VOLPA empezaría con una crisis social y mucho menos que me encontraría a mitad de año escribiendo sobre mi experiencia desde la confinación, pero, desde luego, todas las situaciones por las que hemos pasado han sido parte del proceso de aprendizaje, aunque eso es algo que he ido comprendiendo con el paso del tiempo.

Pareciera por el comienzo de este relato que han sido meses difíciles, pero de este tiempo he sacado las mayores lecciones, probablemente los aprendizajes más destacables. Estas últimas semanas he tenido que cuestionarme, preguntarme, ¿qué papel tenemos los voluntarios/as en esta crisis? ¿Cómo mantener las motivaciones que te trajeron hasta aquí? ¿Siguen siendo las mismas? ¿Cómo decidir si quedarte o irte? ¿Cómo explicar a la familia que decides quedarte a miles de kilómetros de casa? Me encantaría tener las respuestas a todas estas preguntas y me encantaría decir que las que tengo son las correctas, pero la verdad es que no creo que haya verdades absolutas en estos tiempos, quizás en seis meses más pueda responderlas mejor, pero por ahora creo que la única forma de vislumbrar las respuestas es hablar de mi labor aquí, de la labor del SJM en Arica.

Desde el SJM se trabaja con y para la población migrante y refugiada. Arica, al ser ciudad fronteriza hace un trabajo muy potente de información, orientación y apoyo a las personas que llegan al país vía terrestre desde los diferentes rincones del continente: Perú, Bolivia, Colombia y, este último año, con un aumento considerable de población venezolana. Cuando estalló el conflicto en octubre fue el primer grupo en sufrir las consecuencias de cierres de locales y despidos; en estos momentos, apenas recuperados, con la crisis sanitaria vuelven a estar en el punto de mira sus trabajos, sus trámites de residencia en el país, su integración social y su salud, ya que hay que tener en cuenta el riesgo de exposición por la necesidad de salir a buscar trabajo, la falta de protección en los mismos, la pobreza y el hacinamiento que algunos sectores de esta población migrante sufre, dándose esta última semana situaciones de racismo y marginación hacia sectores migrantes. A esta problemática se une el conflicto de frontera. Tanto Perú como Bolivia cerraron sus fronteras, quedando un número importante de personas “atrapadas” en Chile sin poder regresar a sus países de residencia, con todos los problemas de recursos que eso les puede suponer a estas familias, por lo que en las últimas semanas se han visto momentos tensos en los controles fronterizos. Todo esto se conjuga en una situación donde la comunidad migrante y refugiada suma dificultades a su día a día, pasando a ser uno de los grupos más vulnerables y más desamparados por sus límites al acceso de ayudas.

Chile, a diferencia de otros países, no ha implementado cuarentena a nivel nacional, sino por comunas según sus datos de contagio, por lo que las situaciones son muy diferentes según la zona del país. Muchas decisiones del gobierno han provocado descontento generalizado, hay que destacar que este gobierno sigue al mando tras meses de protestas y con una aprobación popular mínima, por lo que la credibilidad y la confianza son muy bajas. Arica solo lleva una semana en cuarentena; sin embargo, en el SJM estamos en cuarentena voluntaria con teletrabajo desde el 16 de marzo, lo que ha supuesto un cambio fundamental en la forma de trabajar de cara a la persona migrante o refugiada, ya que nuestras atenciones han pasado a ser virtuales. Actualmente, trabajamos principalmente con una aplicación móvil llamada Migrapp, desde la cual cualquier usuario puede contactarnos y consultarnos, desde esta misma aplicación podemos llegar a las familias más vulnerables que necesitan ayudas de víveres, arriendo, útiles de aseo o pañales para bebés. Todo el sistema de trabajo, todos los proyectos y programaciones anuales se han tenido que centrar en el plan de contingencia creado para hacer más fáciles a estas familias las dificultades impuestas por la crisis.

La situación nos ha obligado a pararnos, a focalizar las fuerzas y volver a repensar nuestra misión, sin olvidar quién está detrás de los números, las pantallas, los datos y las estadísticas. Esas mismas personas que hasta hace poco atendíamos en nuestras oficinas, personas con nombres y apellidos, rostros que tienen su historia, sus metas, sus proyectos. Proyectos que se han visto truncados, al igual que los nuestros, con la pequeña diferencia de que ellos no disponen del estado de comodidad, seguridad y privilegio en el que nos encontramos muchos de nosotros. Tener siempre en mente el lado más humano, el nuestro, el suyo, saber que somos iguales, que esta es una lucha de la humanidad, que no entiende de fronteras, hará que podamos ver más allá de las paredes de nuestra casa, que logremos llegar a esa empatía que nos conecta como humanidad, donde los límites de países se diluyen y solo queda personas encontrándose con otras personas y compartiendo un espacio común, que es este planeta donde vivimos.

Estos seis meses han sido duros y extremadamente bonitos. He aprendido de la lucha de los pueblos por la justicia social, que la pertenencia habla de familia y tradiciones, que todos somos migrantes y es parte de nuestra esencia humana, que la empatía nos hace llegar al lugar donde se rompen los prejuicios, que la humildad nos acerca, que la alegría y la celebración de lo sencillo juega un papel imprescindible en el trabajo que hacemos, que las peores crisis nos hacen volver a las raíces, hacer autocrítica y mirar más allá de nosotros mismos.

Pude haber decidido irme, decidí quedarme porque tuve el apoyo de mi familia, porque me siento segura, protegida y acompañada por Entreculturas y el SJM, porque sé que estoy donde debo estar y que mi misión sigue aquí, porque cuando las raíces son firmes, las motivaciones se mantienen fuertes. Me siento privilegiada por haber tenido la oportunidad de decidir, ya que no todos la tienen, me siento afortunada por estar rodeada de personas que me han permitido continuar esta experiencia.

Tengo claro que no seremos los mismos cuando pase esta crisis, ni los voluntarios, ni Entreculturas, ni el SJM, ni el mundo tal y como lo entendemos. Ojalá sepamos ser mejores. Gracias por pararos a leer, espero haber sabido trasladar un poco de esta realidad a la vuestra. Ánimo, fuerza y un abrazo grande desde el Norte Grande.