Mi nombre es Adrián Ribera y soy voluntario del equipo de Migración de la Delegación de Entrecultras en Extremadura. Respondí a la oferta de mi Delegación para participar en el proceso de apoyo a la regularización con mucha ilusión, porque me acercaba más a una realidad que quería conocer y me permitía implicarme de forma más directa. Era una oportunidad para estar cerca de personas que muchas veces ni siquiera vemos por nuestras calles y que parecen invisibles para una sociedad con otras prioridades.
Acompañar a personas en sus trámites y dudas está siendo una experiencia muy enriquecedora, porque me saca de mi burbuja y me permite que me lleguen sus miedos, sus anhelos, sus dificultades, su vulnerabilidad y, en definitiva, su búsqueda de una vida mejor.
Solo estar delante de ellos, si eres sensible, te marca. Pero hay un encuentro que me impactó especialmente: una familia de cinco miembros, todos trabajando en lo que podían —los hombres en el campo, las mujeres en limpiezas y cuidados—, cumpliendo con el alquiler y los pagos, dejando a veces alguna comida de lado, y aun así con quince días para abandonar el piso y encontrar otra vivienda. Algo que no es nada fácil en los tiempos que corren. Y, sin embargo, había más esperanza en ellos que en muchas de nuestras vidas acomodadas.
A través de este voluntariado he aprendido la necesidad de cultivar empatía y sensibilidad con personas que construyen su vida lejos de sus raíces y de quienes quieren, y también he tomado conciencia del agradecimiento por lo que tengo, conseguido a veces con tanto esfuerzo.
Creo que la implicación de la sociedad en procesos como este empieza por comprender, aceptar y ponerse en el lugar del otro, alejándose de opiniones negativas sin fundamento que meten todas las conductas en un mismo saco. Después, intentar acompañar, hacer algo, o al menos no entorpecer la labor de quien quiere hacerlo. Es un buen ejercicio de humildad y sensibilidad que a nadie le viene mal.
A quien aún no entiende por qué esta regularización es importante le pediría que se imaginara a sí mismo desplazado, con dificultades económicas y lejos de sus seres queridos. Que respondiera a cómo podemos permitir que miles de personas puedan empadronarse pero no puedan trabajar legalmente. Que les ofrezcamos sanidad pero les impidamos contribuir con sus impuestos. Que les obliguemos, en el mejor de los casos, a trabajar en negro y, en el peor, a buscarse la vida de formas que nadie elegiría. En definitiva, que los mantengamos en los márgenes sin ninguna necesidad.
