Miguel Ángel Rodríguez es de Madrid y tiene 48 años. Licenciado en Sociología, pasó de ser VOLPA en Chile durante dos años a convertirse en formador para otros voluntarios y voluntarias internacionales antes de su marcha a destino. Ahora, se despide de esta etapa y antes de cerrarla le hemos entrevistado para conocer su historia y testimonio.  

¿Cómo conociste Entreculturas? 
Conocí primero Volpa, porque quería hacer un voluntariado de larga duración y a raíz de ello  conocí Entreculturas.

¿Qué te convenció de esta ONG para elegirla? 
Que ofrecía un voluntariado de larga duración, una formación previa, que sentí mucha apertura y respeto y que su forma de trabajar iba conmigo.

¿Tu voluntariado VOLPA fue tu primera experiencia de Voluntariado Internacional?
No, había tenido dos experiencias breves, un mes en cada caso, en Perú y en Bolivia.

¿Qué significaron para ti los meses de formación previa? 
Una toma de conciencia de lo que implicaba una experiencia así, conocer mejor la institución, autoconocimiento, y sobre todo, descubrir el valor del encuentro como clave del voluntariado y para la vida en general.

¿A qué país fuiste destinado?  
A Chile. Estuve en la capital, Santiago, en una comuna llamada Cerro Navia.

¿Cuándo llegaste allí? 
En febrero de 2002. Estuve dos años.

¿Con qué institución colaboraste? 
La Fundación Cerro Navia Joven.

¿Cuál fue tu misión? Describe tu día a día.
Estuve en un centro comunitario, que tenía diversos programas. Yo estaba en el de la discapacidad mental. Había dos proyectos distintos, un centro de día para jóvenes que acaban la etapa escolar y unas microempresas, talleres laborales, para aquellas personas que salían del centro de día. 

Tenía varias funciones: apoyar a las educadoras de ambos proyectos, y escribir el proyecto de los talleres laborales. Podía hacer muchas cosas, desde estar con los jóvenes en los ratos de descanso de las educadoras, apoyarlas en actividades, buscar información para el programa, sustituir a alguna si faltaba, participar en las reuniones del equipo, redactar el proyecto de las microempresas. En función del día de la semana, iba al centro comunitario o al lugar donde estaban los talleres, y ahí pues en función de lo que tocase ese día, comía en el centro comunitario. Cuando se iban los jóvenes, teníamos reunión del equipo, y ahí acababa mi jornada. Luego me iba a casa, unos días a la semana salía por el centro de Santiago, otras daba paseos por la comuna y otras veces me quedaba en casa.

¿Cómo fueron las primeras semanas en el país? 
Las recuerdo con mucha intensidad emocional. Tenía una sensación de extrañeza, de sentirme fuera de lugar, hasta haciendo las cosas más cotidianas, como comprar o tomar el autobús. También recuerdo mucho estrés, porque teníamos que resolver algunos temas burocráticos, y empezando mi voluntariado, hacía cosas que no había hecho nunca. Recuerdo también conocer a muchas personas en las primeras semanas y que eso me ayudó mucho, fue una gran alegría y el comienzo de grandes amistades. Tenía la sensación, de poquito a poquito, con las primeras semanas y meses, ver cómo me hacía más autónomo y aprendía a manejarme solo, sin depender tanto de otras personas. Y también, por supuesto, la sensación de descubrir otro país, otras culturas, con lo que supone eso de desafío pero también de fuente de aprendizajes y satisfacciones.

¿Qué es lo que más te llamó la atención en ese tiempo? 
Las desigualdades, que cogiendo un autobús en una hora te plantabas en otro mundo, estando en la misma ciudad. Que había otras formas de entender la vida, de hacer las cosas, de manera que tomaba consciencia de lo interiorizado que tenía algunas creencias sobre cómo tenía que ser la vida y vivirse. Que lo que estaba viviendo en Chile me lo cuestionaba a cada rato.

¿Cómo fue el regreso? 
Para mí fue terrible, y lo fue durante mucho tiempo. Porque yo no quería volver, porque me vine con cuestiones abiertas que tardaría mucho en cerrar, porque me encontré dificultades familiares que no me permitieron una reubicación en España desde la serenidad y la tranquilidad que necesitaba. Recuerdo varios años muy complicados. Me ayudó el voluntariado en Entreculturas como formador VOLPA, el ir cerrando las cuestiones que tenía pendientes, formar parte de un grupo de postvoluntariado.

¿Por qué decidiste hacerte formador VOLPA? ¿En qué consiste este otro rol dentro del programa? 
Me ofrecieron ser formador en el 2004 y dije que sí, porque me había gustado mucho la formación y la experiencia. Me había afectado. Me gustaba la forma de trabajar de Entreculturas, era también una forma de seguir conectado con Chile y con lo que había vivido. De alguna manera quería seguir vinculado con esa experiencia que me había marcado tanto.

Para mí, ser formador VOLPA es acompañar a otras personas que quieren hacer un voluntariado internacional, transmitir lo que implica una experiencia como esta, de manera que la persona no la idealice, y que sea plenamente consciente de las oportunidades y también de las dificultades que entraña.

¿Qué has aprendido siendo formador VOLPA? 
Que las personas somos muy complejas, que este es un camino lleno de incertidumbres que si se recorre con apertura y con honestidad, siempre merece la pena. También a trabajar en equipo, a vivir en clave de encuentro, que lo afectivo es lo efectivo. Que para hacer bien las cosas hay que currar mucho, que como persona formadora tienes una responsabilidad con la persona que hace el voluntariado, con el proyecto que la acoge y con Entreculturas. Todo esto lo he aprendido en el sentido de ser consciente de su importancia y de tratar de llevarlo a cabo; que lo consiguiese del todo, eso ya es otro cantar.

¿Recomendarías VOLPA a otras personas? ¿Por qué?
Claro que sí. La recomendaría porque creo que salir de nosotros mismos, vivir el encuentro con las otras personas, vivir otras realidades, convivir con el dolor y la pobreza, trabajar con otras personas para transformar la realidad, es algo que nos humaniza. Y en un mundo como en el que vivimos, necesitamos humanizar todos los ámbitos de la sociedad.