Susana, VOLPA en México

Soy originaria de Barcelona e Integradora Social. Los últimos años de mi vida profesional se habían desarrollado en el mundo de las organizaciones humanitarias, pero en oficina y en la parte de gestión de donantes. Pese al rumbo de mi carrera profesional, mi verdadera vocación siempre ha sido el trabajo directo con personas en situación de vulnerabilidad y su desarrollo según el contexto cultural. 

Gracias a un gran amigo tuve la suerte de conocer Entreculturas y su programa de voluntariado internacional y decidí embarcarme en un cambio vital. Con mucha ilusión -y también con muchos miedos- dejé mi vida en España para viajar a Latinoamérica. No elegí el país de destino, pero sí tuve la suerte de poder llegar a un proyecto que me entusiasmaba, el trabajo con migración en albergues.

Y así fue como en enero llegué al albergue de Bojay, una pequeña colonia en el estado de Hidalgo, México. Nuestra casa para migrantes actualmente es un pequeño comedor donde prestamos servicio de 9 a 14h a personas en tránsito de Centroamérica y México que huyen de su país e intentan llegar a EE.UU. como única opción para mejorar o directamente salvar su vida. Nuestra labor a priori es bien sencilla, atendemos a los migrantes con servicios de comida, ropería, enfermería, llamadas y espacios de descanso. Pero, tras estos meses en Bojay, puedo ver en lo sencillo de estos servicios lo importantes y necesarios que son para otras personas. Esto me ayuda a dar más valor y fuerza a mi trabajo, ya que a veces cuesta creer que estás aportando algo en una realidad tan compleja. 

En este tiempo puedo decir que he visto a más de 2.000 personas migrantes pasar y que, para mí, suponen la expresión de un mundo que se maneja de una forma ilógica. Las historias y los aprendizajes que me llevo son inesperados y diferentes todos los días. Porque, aunque los puntos de huida son comunes, cada persona y realidad son diferentes, y su forma de vivir el camino también. Pese a la dureza de sus historias, guardo como aprendizaje principal de las y los migrantes la capacidad de lucha y de resiliencia del ser humano. Recuerdo cada mirada y sonrisa llena de lucha y fe. Eso me enseña y me recuerda todos los días que debo hacer lo mismo desde mi lejana realidad. Me recuerdan que debo luchar por lo que quiero, como visibilizar aquello con lo que no estoy conforme, aquello que quiero cambiar en mí y en el mundo en el que vivo. Porque, como decimos en el albergue, todos y todas somos hermanos en el camino. Gracias a Entreculturas y a su programa de voluntariado por brindarme esta posibilidad que hará que en algunas cosas ya no sea la misma.