Pablo Almansa, VOLPA en la Asociación Mi Rancho (Bolivia)

Muy buenas a todas y todos, en primer lugar presentarme soy Pablo Almansa, madrileño de 25 años, educador social y VOLPA, este año lo estoy compartiendo en la Asociación Mi Rancho, en Santa cruz, Bolivia, trabajando como voluntario con niños, adolescentes y jóvenes en situación de calle.


Desde mi habitación en este maravilloso lugar es desde donde os escribo. Me gustaría acercaros un poco mi experiencia y reflexiones que van surgiendo de todo lo que aquí vivo.


Hace unos pocos años me comencé a interesar por la experiencia VOLPA, conocía a grandes personas que la habían tenido y coincidían en que ésta había marcado un antes y un después en su forma de mirar, de pensar y de querer. 


Todo comienza con una muy revisada carta de presentación, un correo, y una nerviosa espera hasta el gran día, en el que me informan de que me han aceptado para realizar la formación necesaria para poder dar el paso de viajar como VOLPA.


La formación fue un proceso en el que profundizamos sobre nosotros como individuos sujetos a motivaciones, expectativas, miedos, prejuicios…indagamos en nuestras relaciones, nuestras dificultades, posicionamientos, comunicación…y asentamos la base de una mirada crítica hacia la realidad que nos rodea. Todo este proceso de la mano de un acompañamiento individualizado, de jornadas compartidas con el resto de VOLPAS nacionales, el encuentro con personas excepcionales y desayunos de media mañana que a mí personalmente me daban la vida.


Cuando quisimos darnos cuenta el curso de un año había terminado y comenzaban los últimos retoques para enlazarnos con los diferentes enclaves, recuerdo que en mi ideario estaba el trabajar en un centro de Guatemala con niños y niñas pequeñas, y ahora cuando lo pienso y veo mi presente me siento en el lugar realmente ideal.


Y de pronto comienza, "la Espera", ya eres consciente de que te estas acercando al precipicio y va allegar el momento de echar a volar, un día de estos recibes un correo, ya hay una propuesta clara. Las alas se abren.


Recuerdo los últimos meses, desde que conocí mi enclave, hasta que marché con pavor, jeje. Todo eran titulares de rigor: el visado, el billete, los miedos, la despedida.


Y llegó el día un 2 de noviembre. En el aeropuerto estaban todos y todas, familia y amigos más cercanos llorando como un velorio lo que sin duda está siendo la experiencia más enriquecedora que he tenido hasta el momento en mi vida.


El recibimiento fue excepcional, tanto los chicos, como el equipo, el resto de voluntarias, la dirección…


Poco a poco los miedos se convierten en verdadera pasión por aprender y conocer. Aparecen nuevos retos, la convivencia, el transporte, la moneda, el trabajo, el método de la institución, las temperaturas, los papeles. 


El día a día está lleno de sorpresas. Mi Rancho, por ejemplo, se encuentra en una zona con un clima muy caluroso y húmedo y eso da lugar a una vegetación extraordinaria en la que monos, osos perezosos, frutales e insectos de todo tipo encuentran su paraíso. El poder disfrutar de una manga gigantesca, una limonada fresquita o una palta en cualquier momento del día con solo estirar un brazo no tiene precio. 

Pero sin duda lo mejor y más revolucionario es la relación con las personas, y eso que algo tan sencillo como entenderse en la misma lengua a menudo se convierte en todo un reto.