Licia Moreno Garcia - VOLPA en Chile

Estar en el Servicio Jesuita a Migrantes de Arica ha sido toda una experiencia de vida. Me ha hecho mirar el mundo desde otra perspectiva, salir de la burbuja occidental y despojarme de alguna de las vendas que tapaban mis ojos.

Al estar en una ciudad fronteriza te das cuenta de lo altas y peligrosas que son las fronteras que separan los países. Estas son líneas imaginarias y están construidas por el ser humano, en busca de separar lo propio de lo ajeno, basándose en el odio y la dominación hacia un otro que se considera inferior.

Haciéndote partícipe de las dinámicas migratorias, te das cuenta de que el hecho fortuito de haber nacido en uno u otro lugar del mundo determina tu porvenir y el estigma social que te acompañará toda la vida.

He sido testigo de los rechazos fronterizos más deshumanizados e injustos y de los más terribles abusos de poder de los que son víctimas las personas que vienen a Chile desde distintas partes del mundo, en busca de un futuro mejor o huyendo en busca de una protección que en sus países de origen no consiguieron obtener.

He visto como llegan personas que traen en sus maletas sueños e ilusiones, de las cuales, después tienen que despojarse, para centrarse, únicamente, en sobrevivir y en los engorrosos trámites para optar a una regularización migratoria (aquellos que tienen la opción de acceder a ella).

Actualmente, la crisis humanitaria que atraviesa Venezuela se ha hecho notar aún más en Arica. A día de hoy, cientos de venezolanos (entre ellos mujeres embarazadas, niños y personas de la tercera edad) se encuentran pernoctando en las afueras del Consulado de Chile en Tacna (ciudad fronteriza en el lado de Perú) buscando, sin respuesta, la obtención de una visa que les permita el acceso a Chile, en condiciones de extrema vulnerabilidad y sin tener acceso a cubrir sus necesidades básicas. Este contexto se dio a raíz de que el día 22 de junio el Gobierno de Chile cambiase los requisitos para ingresar al presente país, exigiéndose hoy que todo nacional venezolano que quiera entrar a Chile como turista deba hacerlo con una Visa Consular, además del respectivo pasaporte, documento que resulta inaccesible para la mayoría de la población en Venezuela. Esta medida se suma a las tomadas con respecto a los nacionales de República Dominicana, Haití y Cuba.

Es descorazonador ver cómo, enmascarado de patriotismo, triunfa el odio, el egoísmo y la ignorancia, hasta tal punto que se justifica el sufrimiento ajeno, culpabilizándoles además de su destino, como si, en estas ocasiones, migrar fuese una elección y no una obligación.

Por otra parte, es alentador estar en un equipo tan comprometido en el que juntos y juntas luchamos por la recuperación de la esencia que haga de este mundo un lugar más humano.