Judith, VOLPA en Chile

Soy Judith y pasé un año como voluntaria en la oficina del Servicio Jesuita a Migrantes (SJM) en Santiago de Chile. Mi experiencia como VOLPA la califiqué en su momento, y lo sigo haciendo, como “una sucesión de nirvanas”, y es que el Sur, más que atrapar –que lo hace– te abre los ojos, te cura contra la indiferencia, te da herramientas para la luchar por la justicia social, te hace no querer parar en esa idea de contar qué has visto y, a su vez, al regresar, de destapar aquellas realidades de exclusión social que se encuentran enquistadas y ocultas en nuestra sociedad: nuestros sures.

En Chile y desde el SJM, me vi como una esponja: viendo, observando y aprendiendo de todo lo que sucedía a mi alrededor. También me vi despojada de prejuicios, lo que me ayudó a enfocarme más en entender por qué suceden las cosas en lugar de juzgar de manera arbitraria tanto a personas como a situaciones. Es muy fácil y cómodo tener un esquema mental con nuestra escala de valores de lo que es bueno o malo, y categorizar el mundo, las realidades y las personas de acuerdo con esa escala. Y es muy fácil que, con ese listado en la mano, uno se atreva a no ser capaz de mirar a las personas desde su esencia, como a seres humanos.

Antes de viajar a Chile algunas personas me dijeron: "¿Un voluntariado en Chile? Allí no necesitan voluntariado." Una respuesta que no juzgo y que, entiendo, parte de una idea falsa que yo misma he tenido al vincular la acción del voluntario/a internacional con entornos "de miseria de recursos" y "de desastres". Chile, las chilenas, los chilenos, los y las personas migrantes… tienen mucho que decir y están hablando, y merecen que yo cuente lo que ellos me contaron… Esas realidades, rostros y corazones que no aparecen reflejados en esas cifras que nos llegan del país; depende de nuestros testimonios desde el voluntariado ("urgidos por la justicia y animados por el amor") que sus voces no sean, de nuevo, acalladas.