Carmen Arnuncio, VOLPA en Perú

En una de las últimas dinámicas del proceso de formación de VOLPA, en el segundo encuentro, nos dieron un pequeño detalle para que nos acompañara en el camino: una canica. Pero no era la canica en sí, si no lo que cada uno quería que representara. Su motivación. Su palabra ‘elegida´.Yo, sin saber dónde iba a ir a parar hace más de un año, escogí la palabra ‘Encuentro’.


Casualidades de la vida –o no– que vine a parar aquí, a Encuentros SJS- El Agustino (Lima).  Hoy, tras ocho meses en esta ciudad inmensa llena de caos y contrastes, sigo redescubriendo a diario esa palabra. 

Me encuentro conmigo misma todos los días cuando me levanto cada mañana en ‘El Agucho’ y escucho como este distrito, que se ha hecho a sí mismo a lo largo de su historia, fuerte y con personalidad, nos dice a Jesús (mi compañero Volpa) y a mí ‘estáis en vuestra casa’. 

Me encuentro con paisajes, espacios, vistas, contrastes, naturalezas vivas –y muertas–, que hacen que vaya descubriendo Perú en toda su diversidad. País de riqueza y pobreza –en sus sentidos más amplios– de acogida y, tristemente, de exclusión.

Me encuentro con momentos de euforia y de tristeza, de paz y de inquietud, de preguntas y de respuestas, pero sobre todo me encuentro con personas. Con miradas de niños y mayores que me han marcado, me marcan y me marcarán para siempre. 

Niñas y niños que cuando me abrazan me llenan de energía. Que dejan entrever en sus ojos, y en sus palabras, la dura realidad a la que se enfrentan todos los días y que, a pesar de todo, sonríen hasta hartarse. Compañeras y compañeros de trabajo que, de la misma manera, comparten su día a día creando encuentros y conversaciones de las que sólo cabe aprender. Amigas y amigos de la sierra, de la selva, de la capital..., en definitiva, del Perú, y también de Venezuela, que sienten en sus pieles –estos últimos de forma cada vez más intensa–, la xenofobia que progresivamente se extiende por el país.

Encuentros con personas. Personas que llenas de humildad luchan por sus familias y por su comunidad. Mujeres y hombres que buscan la igualdad. Que se esfuerzan día a día. Que absorben lo positivo y, aunque cueste, tratan de ‘botar’ lo negativo. 

Que me enseñan, cada día, a estar agradecida. Que me enseñan que “con libertad, espíritu crítico, y cariño –como me explicaba un gran amigo hace poco– los caminos se encuentran”. 


Que me enseñan que esta experiencia, desde el primer momento, merece la pena.