Sanganyi Tamy: “La escuela es lo más precioso que les queda a los niños y niñas para garantizar su futuro”

  • Burundi

Sanganyi Tamy es Vicepresidente del Comité de Dirección del campo de personas refugiadas de Kinama (Burundi), mediadora en la lucha contra los conflictos étnicos en el campo y miembro del comité de protección infantil. También ayuda a niños y niñas no acompañados y huérfanos, a quienes da cobijo en su propia casa, y está a cargo de un salón de belleza donde jóvenes del campo aprenden peluquería. 

Esta congoleña refugiada en Burundi, una de las protagonistas de nuestra campaña #EscuelaRefugio, tiene en la actualidad una vida volcada en mejorar la situación del campo de personas refugiadas al que llegó en 2013, especialmente de los niños y niñas, a quienes sensibiliza acerca de la importancia de la educación en escuelas gestionadas por el Servicio Jesuita a Refugiados (JRS) y que apoyamos desde Entreculturas. 

“En tiempos de guerra todo es posible”, asegura con firmeza, sabiendo muy bien de lo que está hablando. Nacida en R. D. del Congo, Sanganyi perdió a su marido y dos de sus ocho hijos, quienes fueron asesinados. Ella fue secuestrada por los rebeldes y llevada al bosque, donde pasó un mes como sirvienta, siendo víctima de una violencia física y sexual que ella misma califica de “indescriptible”. Logró escapar de sus captores y ser enviada en helicóptero a Goma -al este del país- para recibir atención médica. Allí pudo reunirse con el resto de sus hijos y decidir qué camino emprender: “así es como terminé pidiendo asilo en Burundi”, recuerda, “afortunadamente me lo concedieron fácilmente”.


Proteger las escuelas es proteger la educación y proteger la educación es proteger a los niños y niñas

“Los jóvenes son el futuro de mañana, por eso me dije que tenía que hacer todo para que nuestros jóvenes estén mejor y prepararlos para el futuro”. Sanganyi es todo un ejemplo de resiliencia. A pesar de los episodios trágicos de su vida, ha sido capaz de sacar fuerza y convertirse en motor de cambio para transformar su realidad más cercana: el campo de personas refugiadas de Kinama. Ahí colabora con JRS en la educación de los niños y niñas que viven en el campo. 

La vida de las personas refugiadas está marcada por un futuro incierto: ninguna sabe si se quedará en el campo muchos años, si será reinstalada o si, en el mejor de los casos, podrá volver a su casa. Ante esta incertidumbre, lo que sí está claro es que una buena educación les acompañará el resto de sus vidas y será pieza clave para que puedan superarse y tener un futuro esperanzador.

“La escuela es lo más precioso que les queda a los niños y niñas para garantizar su futuro y el del mundo entero”, dice, convencida de que hay que luchar para proteger las escuelas y dejarlas a salvo de los ataques que sufren en contextos de guerra o conflictos armados: “necesitamos proteger las escuelas porque ahí es donde aprendemos”.

En este empeño por poner en valor la educación en un contexto donde es muy frecuente el abandono escolar, se muestra especialmente preocupada por el caso de las niñas. “Aquí las niñas se casan muy jóvenes, entre los 18 y 19 años. Se casan y no acaban sus estudios”. Para Sanganyi la escuela es donde aprendemos a ser buenas personas, a convivir y respetar a los demás y aleja a los niños y niñas refugiados de vivir situaciones que, por su situación de vulnerabilidad, tienen más posibilidades de vivir, como es el abuso, la explotación o el matrimonio precoz y forzado. “Por eso lo doy todo por la educación de los niños y, sobre todo, de las niñas”, sentencia.

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