Manar: superviviente de la explosión de Beirut y refugiada siria que vivió para contarlo

  • Líbano

Los recuerdos de la explosión de Beirut son difíciles de olvidar para quienes la vivieron: aún hoy, cuando se cumplen seis meses del terrible acontecimiento que causó más de 200 muertes, dejó heridas a 7.500 personas y sin hogar a 300.000, siguen horrorizados por el miedo y el dolor que sintieron aquella tarde. Sin embargo, cuando relatan sus historias y explican sobre cómo fue su experiencia, las personas supervivientes ya no se sienten tan solas: unen sus emociones a las de otras personas que se identifican con su dolor y lo visualizan. 

Entreculturas, a través de la Red Xavier, está apoyando al Servicio Jesuita a Refugiados (JRS), nuestra organización socia en el país, para proporcionar ​recursos de salud mental a las personas y familias afectadas desde el momento de la explosión y para ayudar a que procesen estas emociones, además de prestarles apoyo para cubrir sus necesidades más básicas y acuciantes con cestas de comida y ayudas para la reparación de sus viviendas. Una de las personas a las que están prestando acompañamiento es Manar, una refugiada siria de 36 años que vive en Bourj Hammoud, a pocos kilómetros del puerto de Beirut. Manar recibe sesiones de terapia con la trabajadora social y la psicóloga clínica de JRS.

La casa de Manar está a pocos kilómetros del puerto de Beirut. La explosión ocurrida hace cuatro meses le trajo tristes recuerdos de su pasado en Siria. Fotografía: JRS Líbano.

Sus dos hijos se encontraban con ella cuando la explosión hizo tambalear su edificio. “Sentí un aire caliente, pero no sabía de dónde venía”, explica. “Miré por la ventana para comprobar el origen. De repente, escuché una poderosa explosión. Fue como un terremoto, todo estaba temblando. Grité a mis hijos que corrieran y se pusieran a cubierto.” El humo y el polvo nublaron su apartamento y Manar temió lo peor. “No tenía ni idea de qué estaba pasando; era como una película en la que estábamos en medio de esta ciudad en plena catástrofe, era increíble”, cuenta aún conmocionada.

Desde el balcón de la casa de Manar se pueden ver las grúas rojas del puerto, una parte clave de las infraestructuras del Líbano, que ahora han quedado reducidas a escombros. A Manar todavía le acosan los recuerdos de ese día. Recuerda la escena de los coches chocando en el puente frente a su balcón y vidrios rotos por todas partes. Recuerda el griterío de la gente y las imágenes de madres sosteniendo las manos de sus hijos tratando de huir de la escena entre sollozos.

Conmovida por el llanto de los niños, Manar fue a ver cómo se encontraban sus vecinos para ayudar a aliviar su dolor. “Cogí en brazos a uno de los niños y le curé la herida. Eché una mano a todos los niños de mi edificio. Dios me dio fuerzas ese día para ayudar a los necesitados”, explica.

Sahar, trabajadora social de JRS, colaboró con todas sus fuerzas en la evaluación rápida que se realizó para identificar la mejor forma de apoyar a las personas afectadas por la explosión. Fotografía: JRS Líbano.
 
El impacto emocional de la explosión está durando mucho más que el físico. En las noches siguientes, no podía dormir y su esposo a menudo se despertaba gritando en mitad de la noche. Incluso hoy, sigue teniendo pesadillas y sus dos hijos tienen miedo de dormir solos. La explosión le trajo, además, recuerdos tristes de su pasado en Siria. 

Por eso el apoyo psicosocial que recibe gracias a JRS está resultando fundamental para su recuperación, y Manar afirma que mantiene su perspectiva positiva de la vida: dice que a su familia se le concedió una segunda vida y cree que, al igual que la experiencia de la pandemia, la explosión es una invitación a ver las cosas de otra manera. “No perdí la esperanza en absoluto. Ahora presto atención a todas mis acciones.