“Es la educación lo que voy a dejar a mis hijos”

Caminos flanqueados de baobabs, aguas cristalinas, arrozales y una rica fauna y flora; todos tenemos en nuestro imaginario la figura de un frondoso, paradisíaco y exuberante Madagascar. Sin embargo, Madagascar no es solo eso. El Madagascar del día a día, el que le toca vivir a sus habitantes, los malgaches, permanece en un anonimato encubierto por su fama de paraíso. Sin aparente interés geoestratégico, el hambre, la corrupción, los brotes epidémicos, la crisis ambiental y los efectos que ejerce el cambio climático sobre una población eminentemente rural no son prioridad de políticas ni discursos internacionales. Ante carreteras que se inundan, especies en peligro y desigualdades sociales, la educación brinda desarrollo y un futuro sostenible, pero hay que luchar por ella.

En la que es la mayor isla de África, y la quinta más grande del planeta (por detrás de la isla-continente Australia, Groenlandia, Nueva Guinea y Borneo), los recursos naturales y la riqueza de sus tierras no van en consonancia con el bienestar de su población ni el desarrollo del país. Pocos imaginan que el 91% de sus habitantes vive con menos de dos dólares al día. Solo el 13% tiene acceso a la electricidad y el 50% padece malnutrición. El hambre, por su parte, debilita y hace más vulnerables a los malgaches ante enfermedades y epidemias como la peste (que, aunque parezca del pasado, ocasiona alrededor de 400 contagios al año en Madagascar; en 2017, 2.300 personas fueron infectadas y 200 murieron en el que ha sido el peor brote de los últimos cincuenta años, según la Organización Mundial de la Salud). 

Los malgaches también han de lidiar con sequías y recurrentes fenómenos adversos. El país sufre aproximadamente tres crisis naturales al año debido a su vulnerabilidad en cuanto a falta de recursos y educación para la prevención y mitigación de efectos en caso de desastres. Esto comporta la destrucción de viviendas y cultivos, lo que ralentiza el ritmo de recuperación y genera mayor inseguridad alimentaria. De hecho, entre el 5 y el 6 de enero de este año, el Ciclón Ava azotó la parte Este de Madagascar, generando inundaciones y avalanchas de lodo que dañaron especialmente los campos de arroz y desplazando a más de 54.000 personas. En 2017, alrededor de 78 personas murieron tras el paso del Tifón Enawo en marzo. El fenómeno meteorológico de El Niño, además, ha generado estos tres últimos años las temperaturas medias más altas desde que se tiene registro. 

La educación y la toma de conciencia sobre el territorio es crucial en este contexto. Ante el avance del desierto y la sequía, que amenaza con hacer inhabitable el hogar de muchas poblaciones, personas como Rassoa buscan lograr una “alfabetización ambiental”. Única profesora de la ciudad de Vohibola (en la región de Ikalamavony, en el centro de la isla), promueve el respeto al hábitat a la par que mantiene viva la escuela de Fe y Alegría, que apoyamos desde Entreculturas, a través de varias actividades generadoras de ingresos. Con sus alumnos se encarga de un gallinero, una piscifactoría y un huerto, cuyos productos venden. También plantan juntos árboles, que cuidan durante el curso. Es su manera de responder ante la deforestación, que se ha convertido en un grave problema del país isleño a causa de la agricultura de corte, la quema, la ganadería y la producción de leña y carbón.

Y es que la educación es fundamental para mantener un planeta sano y, a su vez, un planeta sano es imprescindible para que se garantice el derecho a la educación. En un contexto de lucha por la supervivencia como este, los niños, niñas y jóvenes son unos de los principales damnificados. La necesidad innata de jugar y aprender queda en segundo plano cuando la principal preocupación es comer. El 47% de los niños padece retraso en el crecimiento y el 10% malnutrición severa. UNICEF calculó que, en 2015, 1,5 millones de niños en edad de asistir a la escuela primaria no estaban escolarizados y que solo 3 de cada 10 niños matriculados completaron su educación. La agencia internacional también afirma que uno de cada cuatro niños participa en algún tipo de actividad económica: muchos trabajan en las minas, cuidando ganado o son víctimas de explotación sexual.

“Los padres no saben lo importante que es que las niñas y los niños vayan a la escuela”, afirma Rosa, que enseña en segundo de preescolar en Fe y Alegría Inmaculada de Ikalamavony, otra de las escuelas que apoyamos desde Entreculturas. A la mayoría (sobre todo a los niños) los ponen a cuidar el ganado desde pequeños. “Sin embargo, está comprobado que las alumnas que están en el colegio tardan más en casarse. Es el desconocimiento lo que les hace quedarse embarazadas tan pronto. Cuando tienen una educación pueden planificar mejor tener hijos y conocer las consecuencias de quedarse embarazadas demasiado pronto”, afirma. Ella misma tuvo que interrumpir sus estudios cuando sus padres la casaron. De hecho, la mitad de las niñas entre 20 y 24 años contraen matrimonio antes de llegar a la mayoría de edad y el 37% de las niñas de entre 15 y 19 años del país han tenido hijos. “Mi sueño”, continúa Rosa, “es que consigan sus objetivos y que nadie abandone su formación”.

Además de en el distrito de Ikalamavony, Entreculturas trabaja desde 2013 con Fe y Alegría Madagascar acompañando a otras comunidades de la región de Haute Matsiatra, en el centro-sur del país. La zona es fértil desde el punto de vista agrícola y ganadero. Un territorio de abundante agua, arrozales y verdes colinas, pero mal comunicado por el mal estado de las pistas y en una situación socioeconómica de pobreza. Actuamos en 42 escuelas, dotando a los centros de material escolar, abarrotados y faltos de recursos, ya que la inversión estatal apenas llega al 2,1% del PIB en educación, según el Banco Mundial. También formamos a los docentes en nuevas técnicas educativas, acercamiento a objetivos y competencias, clases de francés o de liderazgo, ya que la mayoría de los profesores en áreas rurales son personas que gozan de reconocimiento en la localidad, pero sin formación psicosocial y pedagógica oficial. Este es el caso de dos tercios de los profesores de primaria del país que, ante la falta general de docentes, son contratados por las AMPAS (asociaciones de padres y madres de las escuelas), que afrontan los gastos de salario y de matrícula.

Dadas las dificultades de las familias a la hora de sufragar los gastos educativos en épocas de poca cosecha o tras los embates de la naturaleza, otra de nuestras líneas de acción en Madagascar es la financiación de las escuelas y el pago de los salarios de los docentes. Promovemos para ello actividades generadoras de ingresos en 10 escuelas, a través de la compra de arrozales que se incorporan al patrimonio del centro, la introducción por parte de los comités de padres de nuevos cultivos como el maíz y la creación de bancos de arroz para las épocas de escasez de alimentos. 

También en Haute Matsiatra, en la comunidad de Andohasaha, Pierre sueña con tener una escuela porque su clase es muy pequeña y tiene muchos alumnos. Él, y más tarde Lydia, su mujer, comenzaron a enseñar cuando solo cuatro personas de la comunidad podían leer y escribir. Al principio la escuela estaba en la iglesia y solo contaban con 42 alumnos, ahora se han movido a un modesto edificio de adobe y el número de niños no para de crecer. “Me gusta ser profesora porque ayuda al desarrollo de mi pueblo. Las personas con formación en el pueblo han aumentado y este se ha desarrollado”, explica Lydia. “Como [los jóvenes] han estudiado y están formados intelectual y moralmente, ya casi no hay ladrones de ganado”, explica recordando lo que antes era un grave problema en el pueblo. “No tengo mucho dinero para legar a mis hijos pero es la educación lo que les voy a dejar”, añade su marido. 

 

Hijos y alumnos que, como Marie Claudia, estudiante en la Escuela María Inmaculada de Fe y Alegría, en Ikalamavony, conocen el papel que juega la educación en su futuro y el de su comunidad: “estudio porque así puedo contribuir al progreso de mi país. Por eso me gusta estudiar”. Camina casi una hora hasta su centro todas las mañanas, pero comenta que cuenta con el apoyo de su familia: “mi madre nos ha dicho que no hay que jugar con los estudios porque es el mejor tesoro”. Un tesoro fundamental para la tierra y vida malgaches.