El principal objetivo de la educación: el desarrollo integral de la persona

‘La educación es lo más cercano a la magia en el mundo. Nada puede transformar la vida de una persona como la educación. Insufla confianza y regala a las personas una voz. Además de sus evidentes beneficios para una vida más plena y mejor, la educación puede contribuir a la mejora de la sociedad en su conjunto; una sociedad en la que la gente sea consciente de sus derechos y deberes’. (Nivasini, estudiante de secundaria de India y participante en la plataforma online El Mundo que Queremos/The World we Want).

Con motivo de las próximas elecciones generales del 26 de junio, queremos insistir en el papel de la educación como elemento de transformación social y reivindicar las 6 claves para una agenda política responsable con la educación en España y en el mundo. Iniciamos hoy una serie de entradas en las que invitamos a la reflexión. Y la primera que nos surge es: ¿cuál debe ser el objetivo, el propósito de la educación? ¿Qué educación queremos? ¿Para qué sociedad? Debemos recordar que, detrás de un modelo educativo, hay un modelo de sociedad.

En Entreculturas pensamos que la educación debe incidir en el desarrollo integral de la persona. Y para ello, tal y como señalamos en el informe "La educación en el centro", hay que superar concepciones más instrumentales o economicistas de la educación. El Informe Delors, de 1996, realizó una propuesta basada en los cuatro pilares del aprendizaje –aprender a aprender, aprender a hacer, aprender a ser y aprender a convivir–, y ofreció una base para el debate sobre cuáles son las elecciones que se deberían realizar en la formulación de las políticas. Hay que entender estos pilares como un todo y no como componentes individuales dirigidos a alimentar distintas estrategias educativas. No resultaría apropiado, por ejemplo, desarrollar las competencias cognitivas desconectadas de los valores éticos y sociales que guían la construcción de sociedades más justas.

Un grupo de niños y niñas en una escuela de Uganda. / FOTO: Luca Fabris - Entreculturas
 

Esta visión está estrechamente alineada con los principios morales e intelectuales que sostienen la idea de educación como libertad propuesta por Martha Nussbaum, que, en su modelo de educación para una ciudadanía democrática, señala tres capacidades esenciales que deberían adquirirse a través de la educación: pensamiento crítico -capacidad de examinarse críticamente a uno mismo y a las propias tradiciones-; ciudadanía global -la aptitud no sólo de percibirse como ciudadanos de algún ámbito local, sino también como seres humanos unidos a los demás por vínculos de reconocimiento y correspondencia-; y comprensión creativa -pensar cómo podría ser el estar en los zapatos de una persona diferente-.

En el mundo de hoy, estos planteamientos siguen plenamente vigentes. Las sociedades se enfrentan a cuestiones insolubles sobre el futuro y la sostenibilidad del planeta. Las respuestas innovadoras que las personas individuales o grupos puedan dar a estos cambios y desafíos dependerán en parte de sus conocimientos y capacidades para comprender los problemas a los que se enfrentan y para plantear y poner en práctica soluciones duraderas desde el reconocimiento de un destino común y el compromiso por la justicia social. La educación tiene un papel central en este proceso. 

Fortalecer en los niños, niñas, jóvenes y adultos de hoy y mañana este sentido de pertenencia a una comunidad global, de ciudadanía compartida, dispuesta a asumir responsabilidades colectivas para abordar las complejidades y controversias de un destino común, debería constituir el propósito más relevante de la educación.