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Perú: cuando la educación protege y empodera

  • Perú

La provincia de Quispicanchi, en Perú, es una de las zonas con mayor índice de violencia y pobreza extrema del país. En las comunidades campesinas, alejadas de las zonas urbanas y ubicadas en zonas altas andinas, se dan graves situaciones de violencia de género que afectan a niñas, adolescentes y madres y que se perpetúan en la cultura como “costumbres”, ya que se han ido transmitiendo de generación en generación en la sociedad.

Desde el año 2014, Entreculturas ha llevado a cabo un proyecto de prevención y atención integral a niñas y adolescentes víctimas de violencia de género en Quispicanchi. Las distintas actividades se han llevado a cabo en las instituciones educativas de la red de Fe y Alegría de la provincia (perteneciente al departamento de Cusco), contribuyendo a ofrecer protección, acompañamiento y seguimiento a niñas que se encuentran en situación de vulnerabilidad ante el abandono moral y físico.

La iniciativa se enmarca dentro del Fondo La LUZ de las NIÑAS, un programa con el que Entreculturas busca fomentar la mejora de las condiciones de vida y el desarrollo de niñas y jóvenes que viven en contextos marginales y de riesgo en distintos países de América Latina y África. A través de este fondo, puesto en marcha en 2012, se pretende además visibilizar y denunciar las prácticas dañinas que soportan las niñas, las jóvenes y las mujeres en todo el mundo: mutilación genital, violencia sexual, matrimonios precoces, ablación, prostitución infantil y cualquier tipo de vulneración de derechos. Estas prácticas atentan contra su integridad física y psíquica pudiendo causarles incluso la muerte.

Gracias al trabajo conjunto de Entreculturas y Fe y Alegría en Perú, 578 niñas de Quispicanchi han recibido atención y orientación psicológica, intervención terapéutica, acompañamiento en su reinserción en la familia y visitas domiciliarias. De ellas, 72 han sido derivadas a instituciones de protección al menor y casas de acogida temporal, ya que se encontraban en riesgo de violencia inminente. El objetivo ha sido, en todo momento, movilizar a las autoridades competentes, concienciar a los docentes, padres y madres y, sobre todo, a los propios niños y niñas para que conozcan y defiendan sus derechos.

La situación de estas niñas se enmarca en una cultura machista en la que el varón manda en la casa y la mujer debe obedecer, mientras que los hijos no tienen ninguna clase de derechos.  A través de este proyecto se ha logrado que las niñas y madres de familia tengan conocimiento de que existen instituciones a las que pueden acudir, aunque las dificultades con las que se encuentran para hacerlo también son muchas. Al vivir en zonas rurales, les resulta muy complicado acceder a las instituciones que se encuentran en la ciudad, ya que están muy alejadas y las conexiones no son buenas. Además, existen numerosas barreras culturales y lingüísticas, como el hecho de que los operadores públicos ni siquiera dominan o conocen el quechua, que es la lengua materna de los habitantes de estas zonas. Por otro lado, el alcoholismo es uno de los problemas más fuertes en las comunidades campesinas, convirtiéndose en uno de los principales causantes del abuso físico, sexual y psicológico. “En mi casa dormimos con las ovejas. No me han mandado a la escuela porque no hay plata. Mis padres piensan en comprar alcohol y no nos dan de comer”, explica Reyna, de 6 años.

Una de las piezas clave del proceso es la labor de acompañamiento: desde la ayuda a la hora de interponer una denuncia hasta el apoyo en los casos de reinserción en las familias con tratamiento post-trauma. 

Lamentablemente, en una cultura donde el abuso y la vulneración de los derechos son prácticas diarias y normalizadas es muy difícil que los responsables cumplan las penas correspondientes ya que, en muchos de los casos, las familias protegen a los agresores o son las mismas familias las agresoras, hecho que genera una gran impunidad. En estas comunidades existe un alto grado de ocultación de hechos relacionados con violencia sexual o física ya que, al ser los propios familiares los agresores, las mujeres no denuncian por miedo a ser criticadas por su entorno. “No tengo apellidos y se burlan mis compañeros porque mi mamá fue violada”, explica Nancy, de 10 años. Gracias al proyecto, se ha logrado que las madres entiendan que la historia no puede volver repetirse con sus hijas.

    ¿EN QUÉ SE MATERIALIZA ESTE PROYECTO?

  • Talleres con niños y niñas: En este contexto de violencia generalizada, los talleres para los niños y niñas (a los que han asistido más de 3.700 menores desde 2014) juegan un papel fundamental. “Si me quieres, no me pegues” o “Tengo derecho a ser feliz” son los títulos de dos de esos talleres, a través de los que los más pequeños conocieron sus derechos y aprendieron mecanismos para defenderlos.
  • Talleres con padres y madres: El trabajo con los padres y madres es también fundamental. En los más de 40 talleres para padres y madres de familia que hemos llevado a cabo, y que tuvieron un alto poder de convocatoria, se trataron dos temáticas: “Por una familia sana y feliz” y “Conociendo los derechos de mis hijos e hijas”. La finalidad fue despertar el cariño por sus hijas y promover la conciencia de que son ellos los únicos que pueden defenderlas de la violencia. 
  • Talleres con docentes: Los docentes son otra pieza clave para romper el círculo de la violencia de género. Por ello, formamos a más de 140 profesores y profesoras en talleres sobre violencia y Derechos Humanos con el objetivo de que se conviertan en aliados frente a los problemas de violencia y, sobre todo, para que sean capaces de colaborar en la detección  y prevención de casos de violencia en el alumnado, para poder denunciarlos. La mayoría de las veces los docentes no son capaces por sí solos de detectarlos, ya que normalmente lo achacan a que la niña tenga problemas de aprendizaje o no haga los deberes, pero en realidad detrás de estas conductas se esconden, en muchas ocasiones, casos de violencia intrafamiliar, de género o sexual. 

El trabajo desarrollado por este proyecto conjunto de Entreculturas y Fe y Alegría Perú ha permitido construir espacios de confianza en los que las mujeres y niñas víctimas de violencia puedan desarrollarse como personas, con el objetivo de promover cambios en estos patrones de vida que, enraizados en los patrones culturales, son aceptados por la misma población y, también, por  las autoridades.  

En la actualidad existen docentes, padres y madres de familia, autoridades comunales y, sobre todo,  niños y niñas que conocen sus derechos y la ruta de atención existente para denunciar los actos de violencia y desprotección. Las comunidades son más conscientes de que nadie tiene derecho a vulnerar a nadie y de que es importante educar con amor, informando de estos casos para que sean denunciados.

La prevención, protección y atención de la violencia y el maltrato contra las niñas, adolescentes y madres de familia en las zonas rurales de Quispicanchi es una labor multidisciplinar en la que deben participar todos los actores de la sociedad y en la que aún queda mucho por hacer. Es esencial transmitir a las nuevas generaciones los valores necesarios para acabar con esta situación. 

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