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Diario de Viaje: Etiopía (I)

  • Etiopía

Dinknesh significa “eres maravillosa”. Así llaman los etíopes a Lucy, la primera homínida conocida y de la que procede toda la humanidad. Tras haber visitado los proyectos del Servicio Jesuita a Refugiados (JRS) en Addis Abeba, podemos decir que su trabajo con las personas refugiadas es Dinknesh, que las personas refugiadas son Dinknesh, son maravillosas, a pesar de las situaciones difíciles de las que huyeron, de haber pasado largas y duras travesías y de no tener una vida fácil en Etiopía. Nunca pierden la sonrisa ni la alegría, tienen una fortaleza y una resiliencia brutal. Es simplemente Dinknesh.

Ayer aterrizamos en Addis a las 5 de la mañana. Las primeras impresiones de Addis son de una ciudad a mitad de camino entre el desarrollo y la pobreza. Se ven edificios muy nuevos y con arquitectura de diseño, coches de alta gama… Pero todo eso contrasta con que, a la vez, ves mucha gente durmiendo por la calle o intentando ganarse la vida vendiendo pequeñas cosas. Es curioso este contraste, la verdad, aún así no tiene nada que ver con otros países africanos, no se ve una pobreza extrema, al menos en la capital. Una vez en la casa de los jesuitas nos recibió Fr. Atakelt Tesfay SJ, etíope y director del JRS en este país. Desayunamos con la comunidad y nos organizamos para las primeras visitas a los proyectos.
 

  • CENTRO DE ACOGIDA A REFUGIADOS URBANOS

Lo primero que visitamos fue el centro de refugiados que el JRS tiene en Addis y que es el único que hay en la ciudad. Atakelt nos dice que en Etiopía hay más de 700.000 refugiados y, solo en la capital, han registrado 8.000 refugiados urbanos. Es un país hospitalario, que acoge, aunque es una verdad relativa pues, por ejemplo, los refugiados no tienen permiso de trabajo en Etiopía.

Cada día, pasan por el centro alrededor de 500 personas refugiadas procedentes, en su mayoría, de Eritrea, Sudán del Sur, Sudán, Yemen y Somalia, aunque también hay algunos de origen congolés. El centro es muy curioso, nos lo enseña Hanna, la directora. Todo gira alrededor de un pequeño patio donde niños y niñas juegan al fútbol o en unos columpios, las madres cuidan a sus bebés y los jóvenes que juegan al volleyball, al ping pogn o a las cartas. Esto es lo primero que se ve nada más llegar. Un patio donde la vida es normal.

Sergi Cámara/Entreculturas

Vamos visitando las salas donde el JRS ofrece sus servicios para los refugiados: clases de inglés, clases de informática básica y avanzada, clases de música donde aprender guitarra o piano, áreas de atención psicosocial (pues muchos de ellos vienen con traumas de la guerra, han sufrido torturas o violaciones), una escuela para niños y niñas y una biblioteca. Hay también un espacio reservado para la atención de emergencia, esto es, para personas que llegan al centro y necesitan dónde pasar la noche y algo de comer. El Norwegian Refugee Council ofrece conexión WiFi gratuita, lo cual es muy importante para que las personas refugiadas puedan conectar con sus familias, buscar información e, incluso, buscar un trabajo.

Al terminar la visita muchos de los refugiados se nos acercan para preguntar quiénes somos y a qué venimos. Muchos de ellos se quejan de esta situación, dicen estar atrapados en Etiopía, sin poder trabajar de manera legal y sin aspirar a un futuro. El JRS juega aquí un papel fundamental ya que acompaña a estas personas y les ofrece un pequeño lugar en medio de la ciudad. En el centro los refugiados comparten sus días y sus problemas, aprenden un oficio, cuidan de los niños, hacen deporte… Un poco de vida normal, al fin y al cabo. Atakelt nos dice que los refugiados están muy contentos con el trabajo que hace el JRS. Después de comer con el equipo vamos a visitar tres casas de familias refugiadas.

La primera familia que visitamos viene de Rutshuru, Congo. Llegaron a Etiopía en 2010. Nos recibe Elisee, una chica de 29 años que nos guía entre edificios que parecen a medio construir. La escena que vemos nada más entrar en la casa es impactante. Entramos directamente a un salón, donde hay dos sofás, en uno de ellos una mujer tumbada muy enferma. Elisee nos cuenta que huyeron por la guerra en Congo. Llegaron a Addis después de cruzar Uganda y Kenia rumbo a Etiopía. Huyeron ella y sus dos hijos, junto con su hermana y su madre. La hermana está también en la casa, es muy joven, sólo tiene 22 años y cuando le preguntamos por el viaje dice que no se acuerda muy bien.

Mientras hablamos con Elisse y su hermana, la madre tumbada en el sofá empieza a hablar. Nos cuenta que huyeron de Congo después de que a su marido le cortaran la cabeza delante de ellas, lo cuenta con lágrimas en los ojos y casi sin poder hablar, haciendo un esfuerzo tremendo. Nos enteramos de que tiene SIDA, problemas de corazón y, al parecer, algún tipo de fibromialgia. Las hijas nos cuentan que no tienen casi acceso a medicamentos para ella; nos sacan papeles para que veamos lo que toma, solamente medicación para el SiDA y en poca cantidad. Tiene 47 años, pero aparenta 90. Sufre, esta mujer sufre mucho y el salón se queda en un silencio sepulcral mientras todos intentamos contener la emoción.

Le preguntamos a Elisse por su día a día, dice que la vida es difícil, que solamente Dios les puede ayudar. El JRS les da apoyo para el alojamiento y para la educación de los hijos de Elisse. Le preguntamos por su futuro y dice que está desesperada, que no sabe cuál será su futuro, que solamente tiene claro que no tiene ganas de volver a Congo, que es mejor quedarse aquí incluso aún con la dificultad que conlleva llevar una vida normal en este país.

Sergi Cámara/Entreculturas

La segunda familia que visitamos también es congolesa y tiene cuatro hijos. Dos de ellos van a la escuela con el JRS, los otros dos son todavía muy pequeños. Se quejan de lo mismo: no hay trabajo, no tienen dinero para comprar comida, ropa o zapatos para los niños. Dicen que la vida es muy difícil y que si la guerra terminara en Congo se volverían para allá.

La última familia es eritrea y tienen dos hijos. El marido, de 43 años y con discapacidad tras un accidente de coche, permanece tumbado en la cama donde pasa todo el día. La mujer tiene 23 años. Tampoco pueden trabajar y dependen del acompañamiento del JRS. Se han puesto guapos para recibirnos. Hablan de la imposibilidad de volver a Eritrea porque si lo hicieran irían directamente a prisión por haber huido del país. Dice que en Etiopía están mejor, al menos tienen alojamiento, comida y educación, pueden estar a salvo haciendo frente día a día a las dificultades.

Se hace tarde y no podemos visitar a más familias pero, a pesar de la dureza de los testimonios que hemos escuchado, terminamos el día con buen sabor de boca por haber comprobado el buen trabajo que realizan nuestros compañeros y compañeras del Servicio Jesuita a Refugiados. Dignidad y derechos son las dos palabras que me vienen a la cabeza.

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