Soy Mónica Sánchez y tengo 50 años. Desde hace 16 años trabajo en el colegio de Jesuitas de Alicante dando clases de filosofía. Suelo estar ocupada a diario ya que tengo bastantes hobbies y compromisos. Para empezar, mi trabajo de docente requiere dedicación y tiempo. Por otro lado, soy miembro del Comité de Bioética del Hospital de San Juan de Alicante y, además, soy voluntaria en la Delegación de Entreculturas de la misma ciudad. Aún con esto, procuro dejar al día una hora y media para hacer deporte, algo esencial para mantener mi energía y humor.

En mi rutina diaria está practicar crossfit y salir a correr, y los fines de semana, siempre que tengo tiempo y ganas, me gusta salir con la bici, coger el kayak o pasear por la naturaleza. Para mí es muy importante leer y escuchar música. Antes de entrar a trabajar en el colegio no conocía Entreculturas, pero en cuanto conocí a las compañeras voluntarias del centro, supe que tenía que ser voluntaria, y eso hice. La Delegación en Alicante siempre ha estado muy vinculada al colegio y sus familias. Es un centro grande, de 1700 alumnos, y eso, al final, suma muchas familias.

Lo que me llevó a entrar en la Delegación fue darme cuenta de la oportunidad que tenía de promover pequeños cambios en la forma de entender el mundo de mis alumnos, creando conciencia, ayudando a repensar las cosas, y así, desde mi sitio en el mismo, sentir que formo parte de un grupo que trabajamos por transformar desde dentro lo de fuera, con pequeños gestos sembrados en muchas personas que están en desarrollo y que aún pueden construir y vivir en el mundo de otro manera más solidaria y coherente. Desde entonces, mi compromiso está en acercar y dar a conocer los proyectos educativos que están más sintonizados con el perfil de alumnado y familias que tenemos en el cole y también con lo que se trabaja desde la pastoral del propio centro, creando sinergias entre tutores y profesores.

Los días D son un clásico, la Red de Jóvenes Solidarios hace las veces de monitores en todos los actos del colegio, tenemos bien consolidada la campaña de recogida de alimentos, vamos a las Asambleas de la RJS, trabajamos los materiales de Hospitalidad. Por ejemplo, la exposición de la Luz de las niñas y los materiales estarán presentes en el centro durante un par de meses. También tenemos la Semana Entreculturas. En definitiva, estamos en la vida colegial y conocen Entreculturas. Tenemos el inconveniente de que no llegamos a más, a la sociedad alicantina en general, pues no tenemos un gran número de voluntarios adultos.

Otra de las cosas que he hecho con Entreculturas ha sido Experiencia Sur Profes que ha sido maravilloso, no sólo por el aprendizaje residual que dejaron esas 4 semanas en Perú sino por el grupo humano que constituímos y que fuimos capaces de crear, insuperables en cohesión, sentido común, integridad y buena gente. Somos ahora muy amigos y nos vemos y hablamos de continuo. Es un valor añadido a la experiencia que como ella misma, seguro me acompaña de por vida. En general, las personas que trabajan o son voluntarias en Entreculturas son como una gran de red de amistades que tienes por todos los rincones del mundo.

Referente a los retos educativos que nos ha dejado este año y medio pasado, con la pandemia, creo que lo más difícil para mí ha sido el ser capaz de hacer de los espacios virtuales un espacio social y de convivencia, además de un momento de aprendizaje académico. Los chavales adolescentes no han estado muy motivados a participar de su educación y formación online, al menos, desde mi experiencia así lo he sentido. La vuelta a las aulas el curso anterior fue una alegría para todos, y a pesar de las restricciones vigentes, todos hemos asistido a clase con la ilusión de poder compartir los momentos no sólo de
aprendizaje de las materias, sino de todo lo que conlleva la convivencia en las aulas y que es, sin duda, lo que da sentido a esta profesión. Lo que más ha costado ha sido hacerles entender que no pueden tener contacto entre ellos; es increíble darse cuenta de que nuestros jóvenes se relacionan en constante contacto físico. Por otro lado, hemos aprendido todos a crear clases y a enseñar de otras maneras; nos hemos hecho más creativos y eso ha generado un alumnado más independiente y responsable con sus obligaciones.

Los retos en nuestras aulas para este nuevo curso consisten en recuperar poco a poco la vida colegial que teníamos en especial, aquellas actividades que sí o sí pasan por reunir al alumnado en grupo: asambleas, talleres formativos, Red de Jóvenes, catequesis de confirmación, monitores CJ, Debate, Taller de ciencias, teatro, tertulias filosóficas, excursiones, viajes, charlas... En definitiva, ampliar la experiencia colegial a esa formación integral que pretende desde su origen y que la pandemia ha cortado de raíz.

El alma del ser humano se nutre de nuevas experiencias, y aunque es evidente que nadie desearía para su vida una pandemia, no podemos ignorar que ha sido una experiencia y como tal, también nos ha enseñado de la vida y de nosotros. Para mí es importante repensar las cosas que pasan y que nos pasan y procurar siempre atender al impacto que supone en mi propia persona. Como docente he aprendido que tiene mucho valor mi trabajo. Independientemente del valor que tiene sobre mi vida personal y familiar, muchos profesores hemos sido puente y enlace entre familias y hemos sido testigo y apoyo de muchas dificultades que han vivido nuestros jóvenes.

Mi visión es reduccionista ante este tema y lo reconozco. Hablo desde una experiencia personal y laboral que remite a un entorno socio cultural medio alto, en el que las familias tienen recursos de todo tipo. Así, las dificultades con más o menos tiempo, se amortiguan. Entiendo que en otros contextos, de marginalidad, pobreza, exclusión, la experiencia es distinta y por tanto, la recuperación a la normalidad también lo es, ya que la erosión y el desgaste pandémico es aún mayor. Creo que los jóvenes y los niños tienen una capacidad de sobreponerse y adaptarse mayor que la de los adultos, y crear entornos que les ilusionen es un primer camino para volver.

Por otro lado, no podemos ignorar que aún hay jóvenes y niños que no se han incorporado a las aulas porque los colegios han estado cerrados. Cuando estos acudan al colegio hay que tener a los docentes preparados porque la experiencia que han vivido, en muchos casos de aislamiento, de desatención, de falta de rutina y de estímulo para el aprendizaje así como de contacto entre sus iguales, requieren intervenciones más orientadas hacia la atención emocional y psicológica.

Me consta que Entreculturas está trabajando en el proyecto Emergencia Covid ofreciendo cobertura educativa a través de la radio a los niños y jóvenes con programas y unidades didácticas adaptadas a la situación actual. Hay que tomar conciencia de que en países como Perú y Ecuador no sólo no se han abierto aún muchas escuelas sino que la población más vulnerable no tiene acceso a internet o no tiene ordenadores. En la mayoría de los países del norte nos vamos recuperando de la crisis sanitaria y vamos tomando el pulso a la normalidad. La vacunación, la información y la posibilidad de cumplir con las medidas sanitarias surten efecto, en otros contextos, queda mucho camino. La educación es clave para impulsar el avance en la recuperación.

Hay que seguir poniendo la mirada ahí donde el histórico de las crisis se acumula y “ser agradecidos por tanto bien recibido y podamos en todo amar y servir”. Mucho por hacer y desde el nuevo curso que iniciamos, con el compromiso de instar a mis alumnos a que se atrevan a mirar y a pensar.