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Iklass e Intissam ya pueden ir al cole | Día de las Personas con Discapacidad

  • Chad

El 15% de la población mundial sufre algún tipo de discapacidad física, psíquica o sensorial, una población de más de 1.000 millones de habitantes que a menudo encuentra graves dificultades en tener oportunidades reales de participar y formar parte de la sociedad en igualdad. 

En el caso de la población infantil, se estima que existen unos 93 millones de niños y niñas con discapacidad, de los cuales 1 de cada 3 en edad de cursar primaria no está escolarizado, según el Informe de la ONU sobre Discapacidad y Desarrollo de 2018. Las personas con discapacidad sufren discriminación y exclusión en muchos rincones del mundo, algo que se hace aún más evidente en poblaciones ya vulnerables, como las niñas y niños refugiados.

En el Día Internacional de las Personas con Discapacidad queremos ponernos en la piel de los niños y niñas refugiados con diversidad funcional que ven limitada su infancia y sus perspectivas de futuro por el simple hecho de no poder desplazarse de manera autónoma. Y es que, en un contexto de falta de servicios y recursos, las familias muchas veces no tienen acceso a una silla de ruedas, triciclos o muletas.

Para los menores que viven en los campos de personas refugiadas en Chad, algo tan aparentemente sencillo como moverse por el campo es un árduo trabajo. Por ello, el Servicio Jesuita a Refugiados (JRS), nuestra organización socia en el país, recientemente ha repartido triciclos y muletas a alumnos y alumnas con discapacidad. Con ellos, ahora han ganado independencia: pueden desplazarse, ir al colegio, quedar con sus amigos y amigas y, en definitiva, hacer la vida que corresponde a niños de su edad.

Uno de los triciclos fue para Iklass Amir Bichara, una niña de 13 años que reside en el campo de Amnabak. Acompañada de su hermano, ahora puede asistir a clase de forma regular y ver a sus amigos y amigas. También Intissam Idriss Abdallah, de 9 años, se mostró muy feliz por poder moverse por el campo con su triciclo, estar con sus amigos e ir a la escuela con sus hermanos. Por su parte, Aicha Yaya, de 16 años, ya no necesita la ayuda de su madre para caminar por el campo: ahora lo puede hacer sola gracias a las muletas que le entregaron. 

Es fundamental que respetemos y reconozcamos las diferencias, y que se garanticen no solo los derechos de las personas con discapacidad, sino también su bienestar y su dignidad, a la vez que se ponen en marcha los mecanismos necesarios para que puedan participar en la vida política, social, económica y cultural.

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