Lucía Rodríguez Donate, Responsable de Incidencia Política de Entreculturas
La intervención de Papa León XIV este 8 de junio ante el Congreso de los Diputados ha ido más allá de constituir un hecho histórico: nunca antes un pontífice había tomado la palabra en las Cortes Generales españolas; incluso más allá de su dimensión simbólica al máximo nivel: amistad, respeto y alianza a un jefe de estado.
Las palabras de León XIV son una invitación a detenerse y pensar qué papel pueden desempeñar hoy, en una democracia plural, nuestros representantes políticos, la ciudadanía en general y la comunidad eclesial en particular.
Hay varios elementos del discurso que merecen ser acogidos con esperanza y tenidos en cuenta como una hoja de ruta para la defensa de la dignidad de los seres humanos y la reconciliación de unas sociedades atravesadas por profundas fracturas sociales, culturales y políticas.
Su mensaje nos llega en un contexto especialmente delicado: una Europa marcada por el avance de discursos excluyentes, el endurecimiento de las políticas migratorias, el aumento del gasto militar y una creciente desafección ciudadana hacia las instituciones democráticas. En España, además, la crispación parlamentaria y la polarización pública han deteriorado la cohesión social. Destaco cinco grandes pistas para recorrer el camino.
1. La política como SERVICIO y no como confrontación.
León XIV apeló a una “renovación moral” de la vida pública y pidió a los representantes políticos “altura de miras” para pensar en quienes más sufren las consecuencias de las decisiones legislativas. Quiso reivindicar el servicio público al servicio de la persona humana.
Tras años de desencuentros, crispación política, descalificaciones personales e insultos retransmitidos en directo, el Papa nos recordó que en “este hemiciclo se da forma jurídica a la convivencia social. Aquí las diferencias se escuchan, se ordenan y, cuando es posible, se convierten en decisión compartida. Por eso, más allá de la legítima diversidad de posiciones, toda tarea legislativa acaba encontrándose con una pregunta decisiva: qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construye esas leyes”.
2. La convivencia, la protección y el cuidado, frente a la cultura del descarte.
Hoy se descarta a demasiadas personas: trabajadores y trabajadoras precarizados, jóvenes sin acceso a vivienda, personas ancianas en soledad, personas sin hogar, víctimas de violencia machista, personas migrantes, personas con problemas de salud mental o quienes sobreviven en empleos con condiciones indignas.
Hablar de inclusión y dignidad humana implica necesariamente hablar de salarios, vivienda, derechos laborales, acceso a servicios públicos y redistribución de la riqueza. La sociedad no puede organizarse únicamente desde la competencia y el mérito individual. Toda vida humana depende radicalmente de los cuidados, de los vínculos y de estructuras colectivas de protección.
Todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes, sin embargo, las brechas de desigualdad son cada vez más profundas y las personas en mayor situación de vulnerabilidad son las primeras víctimas. León XIV advirtió de que, cuando la voluntad y la capacidad de un Estado de acompañar y proteger aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad decae y “el bien común deja de ser horizonte compartido, la acción pública corre el riesgo de fragmentarse en intereses parciales, incapaces de custodiar aquello que pertenece a todos”.
Y no se olvidó del importante papel de la educación, haciendo especial hincapié en la capacidad de la juventud para buscar la verdad, a cuestionarse sobre el sentido de la vida y la dignidad de cada persona. Por eso, la urgencia de una educación que les dé herramientas para “aprender a relacionarse, a pensar con espíritu crítico y a adquirir valores sólidos”.
3. ACOMPAÑAR las migraciones: una llamada evangélica frente al miedo.
Uno de los momentos más relevantes del discurso fue su referencia al “trágico drama migratorio”. León XIV reclamó una respuesta humanitaria y coordinada, basada en la acogida y en la lucha contra las causas estructurales de la migración forzada.
En una Europa cercada cada vez más por los discursos identitarios, la prioridad nacional y el cierre de fronteras, sus palabras poseen una fuerza profética. El Papa recordó algo esencial para la tradición cristiana: las personas migrantes no son amenazas estadísticas ni herramientas de confrontación electoral: son rostros concretos, historias heridas, vidas atravesadas por la desigualdad global.
Desde su trabajo diario, la Compañía de Jesús lleva años insistiendo en que no puede haber paz social sin hospitalidad. La defensa de los derechos humanos no termina en las fronteras. Por eso, cuando el Papa León nos recuerda que “allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica o social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos”, nos anima a redoblar nuestros esfuerzos a la hora de DEFENDER a las personas migrantes y sus derechos, y no únicamente como una cuestión asistencial o humanitaria. Es una cuestión profundamente política y estructural. Millones de personas migran porque existen dinámicas globales de desigualdad, explotación económica, guerras, crisis climática y despojo. El Papa insistió precisamente en la necesidad de abordar las causas profundas de las migraciones forzadas y no limitarse a blindar fronteras. Las personas que se ven forzadas a dejar sus hogares no son amenazas, sino sujetos de dignidad, esperanza y derechos.
La realidad creciente de la movilidad forzada nos interpela a todos y todas; por ello el Papa demandó a Sus Señorías “una respuesta coordinada, solidaria y eficaz, capaz de garantizar protección, acogida y oportunidades reales de integración a quienes emigran” para que “las fronteras dejen de ser lugares de abandono y puedan convertirse en espacios de protección responsable de la dignidad humana”. En unos días se pondrá en marcha el PEMA (Plan Europeo de Migración y Asilo), que endurece severamente la política migratoria europea. Es responsabilidad de la ciudadanía INFLUIR Y PRESIONAR a los legisladores para humanizar las fronteras e instalar una auténtica cultura de acogida y hospitalidad.
4. Paz, desarme y seguridad.
En un contexto mundial marcado por guerras prolongadas, aumento del gasto militar y normalización de discursos violentos, la voz del Papa recupera la mejor tradición de la doctrina social de la Iglesia: la paz no se construye mediante el miedo, sino mediante la justicia. La paz es una exigencia moral y solo se puede alcanzar “desde la valentía diplomática, responsabilidad ética y una visión de futuro fundada en el respeto a la identidad de cada pueblo y en la obligación de los Estados de resolver sus controversias por los caminos pacíficos que ofrece el derecho internacional”.
Frente a una Europa en proceso de rearme en aras de garantizar la seguridad de nuestra comunidad de naciones, el Papa fue contundente: “las armas pueden imponer un silencio temporal, pero nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera internacional. La verdadera seguridad nace de la justicia, del diálogo paciente, del respeto al derecho internacional y de una política capaz de poner la vida de los pueblos por encima de los intereses que se benefician de la guerra”.
5. Recuperar el sentido del bien común y el valor del diálogo.
La intervención de León XIV deja una pregunta esencial para creyentes y no creyentes: ¿es posible reconstruir hoy una cultura pública basada en el cuidado mutuo, la justicia social y la dignidad humana?
La respuesta no depende únicamente de líderes políticos o religiosos. Exige una transformación colectiva de nuestras prioridades sociales. En tiempos de individualismo extremo, miedo y fatiga democrática, quizá el principal valor del discurso haya sido recordar algo básico y profundamente incómodo: una sociedad se mide por su capacidad de diálogo y convivencia y por la forma en que trata a quienes quedan en sus márgenes.
Llama la atención que todos los representantes políticos que asistieron ayer al Congreso coincidieran en valorar sus palabras positivamente y se mantuvieran aplaudiendo más de siete minutos. Lamentablemente, sus señorías nos tienen acostumbrados a la crispación, el insulto, la confrontación… algo que poco a poco, como la mala hierba, se ha instalado en la sociedad. Tuvo el Pontífice tiempo para dar un más que necesario toque de atención y declaró con firmeza que “la pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario. En una convivencia madura, incluso el conflicto puede convertirse en camino hacia la paz, cuando las diferencias se dejan mitigar por la escucha y se ordenan al reconocimiento de las necesidades, los anhelos y las capacidades de todos. La paz nace también en la conciencia, allí donde el rencor, la indiferencia y el odio ceden espacio a la reconciliación. Por eso, se instaura y se protege también a través del lenguaje. Las palabras pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro. Quienes ejercen una responsabilidad pública tienen, por eso, una especial obligación de custodiar la palabra para «desarmar el lenguaje». ¿Servirá este recordatorio para que hagamos propósito de enmienda como país?
Para finalizar, una invitación a alzar la mirada y recordar la grandeza del servicio público, ya que supone trabajar por y para las personas de carne y hueso, especialmente para quienes tienen menos fuerza para hacerse oír, y un deseo: que jamás perdamos la audacia de mirar al futuro y “que España continúe siendo tierra de encuentro, de cultura, de solidaridad y de esperanza”.



