Carmen Alexandre Hace unos días que he aterrizado en Camerún y todavía algunos de mis sentidos no se han acostumbrado. Mi vista, mi olfato, mi oído. Si tuviera que resumir con una sola palabra la primera impresión que me quedó grabada sería "caos". Sin embargo, empiezo a comprender que se trata de un "caos" distinto al que yo estaba acostumbrada. Empiezo a presentir que soy "la diferente". Me miran con curiosidad, pero con una mirada acogedora. Me reconcilian con el mundo dos coincidencias: la cola que me toca esperar para el control de pasaportes es la más lenta, y el miedo a que no aparezcan mis maletas es el mismo que en cualquier otro aeropuerto. Mientras espero que este último milagro ocurra, aparece sœur Teresa en mi rescate. De repente entro en un oasis, la casa de las misioneras: limpieza, orden, olor a comida conocida, silencio de nuevo. Caminamos por el barrio y la máquina del tiempo retrocede: estamos en la zona más pobre de Douala. La suciedad, el hacinamiento, el barro, el calor agobiante, los charcos estancados, los mosquitos se vuelven aplastantemente reales. Visitamos las escuelas de las misioneras y la máquina del tiempo avanza: limpieza, orden, color; pero me esperan nuevas sorpresas. Los niños cameruneses. Con 4 años cantan como los ángeles: de bien y de alto. Sus ojos son diferentes. No consigo dormirme. |
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