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Verónica Jiménez, VOLPA en Guatemala

Ya muchas veces nos han preguntado por qué elegimos hacer voluntariado y ante la respuesta se te despiertan los sentidos y se te hincha el corazón porque una entiende que no es tan fácil... no es una decisión más, sino que está dentro del trazado de tu vida y justo en un momento se dieron las circunstancias y... zas! Te lanzaste.

Conocí el programa de voluntariado VOLPA a través de los Jesuitas. Yo tenía la certeza de que estaba llamada a esto, al SERVICIO en un sentido más amplio, a VER en un sentido más amplio y a VIVIR en el sentido más amplio de la palabra. Aún así la decisión no fue fácil y algunos temores me hacían recular, pero siempre había una fuerza que me empujaba a seguir...

La realidad del lugar donde ahora vivo es bien difícil y dura. El departamento de Totonicapán va a la cabeza de la pobreza en Guatemala con un porcentaje del 80% de desnutrición crónica en ámbitos rurales como donde yo vivo. Trabajo dentro de un programa materno-infantil con bastante cobertura en la zona, trabajamos con 720 mamás y casi 900 niños. Acercamos temas de salud, control de talla y peso y alimentos a las aldeas. El trabajo es lo que más me gusta de todo, la labor que se hace es muy humana y el equipo con el que tengo la suerte de trabajar es del lugar, profesionales y volcados en el servicio a su pueblo.

 

 

A pesar de que la sanidad es pública, muchas veces la ignorancia o la falta de medios económicos para el desplazamiento hacen que ni siquiera lleguen al centro de salud. Además, a veces la atención es deficiente y, la mayor parte de las veces, por carencias a nivel del ministerio de sanidad (medicamentos, personal...). Las aldeas no están muy bien comunicadas, solo por carreteras de tierra y además por periodos hay asaltos a buses y carros, lo que hace que la gente viva con miedo.

Una a veces no sabes bien cómo ayudar, solo le pido a Dios que me de fuerzas, valentía y sentido común, para ser luz de esperanza de que otro mudo es posible...

Y las ganas de compartir lo precioso que son los paisajes de montaña de Guatemala y la tranquilidad y paz que se respira en Santa María de Chiquimula. Me quedo con la sonrisa de las gentes, la hospitalidad, la sencillez, la alegría en el trabajo y lo mucho que tengo que aprender aquí...