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Dignidad y seguridad para mujeres atrapadas Marruecos se ha convertido en una trampa para miles de migrantes subsaharianos que intentan empezar una vida mejor en Europa. Su estancia en el país acaba alargándose años, y durante ese tiempo deben vivir de forma clandestina y sin recursos. La vulnerabilidad extrema de este colectivo es aún mayor en el caso de las mujeres. Dispuestas a casi todo con tal de poder alimentar a sus hijos, corren el riesgo de ser explotadas por las mafias. En Casablanca, Entreculturas trabaja a través del Servicio Jesuita a Refugiados (JRS) para darles un espacio con los servicios mínimos para mejorar su situación. ![]() Después de haber reunido mucho dinero y más valor para emprender el viaje hacia Europa, huyendo de la extrema pobreza o las guerras y conflictos que viven en sus países, cientos de migrantes subsaharianos se ven atrapados a escasos kilómetros de su sueño. Marruecos, un país donde los refugiados y refugiadas no están reconocidos formalmente por las autoridades y no tienen permiso de residencia temporal, se convierte en un callejón sin salida para las personas migrantes del otro lado del desierto. Han gastado todo su dinero y pertenencias a lo largo del camino, ven frustrado su último paso y deben afrontar alternativas cada vez más caras y peligrosas para atravesar la frontera. Así, este colectivo tiene que elegir entre el riesgo de volver a su lugar de origen o la espera hasta conseguir dinero para volver a intentar cruzar. Y la gran mayoría decide volver a intentarlo una y otra vez, sin cejar en su empeño a pesar de los fracasos. Por eso ésta última parada, en principio temporal, acaba alargándose años: seis, siete, incluso una década. Se trata de una situación de emergencia, ya que son miles las personas desprotegidas, sin recursos y obligadas a vivir en la clandestinidad, con la única ayuda de organizaciones solidarias. El grupo más vulnerable dentro de este colectivo son las mujeres, niños y niñas. Ellas lo tienen mucho más difícil para encontrar trabajos informales, por lo que muchas son conducidas a la prostitución o a la explotación por las mafias, y por ello más expuestas a la violencia en un lugar donde gran parte de la población local es ya de por sí hostil hacia la comunidad de migrantes subsaharianos, que viven una situación de exclusión social. Rozemarijn Vanwijnsberghe, del Servicio Jesuita a Refugiados europeo, contaba tras su visita al lugar que dos cosas le dejaron “sin habla”. “Una fue la idea de que estén ‘atrapadas’ allí, sin apenas perspectiva de un futuro mejor, y la otra fue la violencia y el terror que viven a diario”. Entreculturas, con el JRS como socio local, trabaja desde 2008 para dar seguridad, dignidad y apoyo a estas mujeres y sus hijos, haciendo menos traumática su estancia en el país y ayudándoles a encontrar formas de ganarse la vida por sí mismas. El proyecto se centra concretamente en la ciudad de Casablanca, donde la población migrante en situación irregular es de alrededor de 2.000 personas. Allí, el JRS gestiona el Service Accueil Migrantes (Servicio de Acogida a Mujeres Migrantes, SAM), con un centro de acogida que lleva desde 2008 haciendo posible que mujeres, niños y niñas en situación de tránsito vean mejorar sus condiciones de vida gracias a la asistencia sanitaria y social, el apoyo para la compra de materiales de primera necesidad (pañales, comida), la educación infantil con soporte alimentario para los pequeños y la ayuda a las mujeres a la hora de generar pequeñas fuentes de ingresos, formándolas y animándolas a participar en la creación de pequeños proyectos para favorecer su integración en la comunidad. A día de hoy son 80 las mujeres y 50 los niños y niñas que se benefician de estas acciones en el centro de acogida.
El primer objetivo del JRS con este centro es dar un espacio seguro a madres e hijos migrantes y refugiados. Como confirma el testimonio de Rozemarijn, lo están consiguiendo: “A ellas les cuesta tres horas ir y volver al SAM, pero eligen ir porque es el único sitio donde pueden sentirse gente normal. Con ‘normales’ me refiero a no abusadas, con la posibilidad de hablar abierta y honestamente sobre su situación. Hay servicios sociales y sanitarios a su disposición, y también educación para sus hijos. Pueden sentirse seguras, y realmente están más seguras de lo que estarían en la calle o en su casa”. Además, un asistente social les ayuda a las madres a atender a sus hijos y organiza sesiones de formación sobre el cuidado de la salud infantil. Es una manera de velar por el bienestar de los niños y de dar apoyo psicológico a las madres, que necesitan sentirse capaces de cuidar de sus pequeños. Ver a sus hijos evolucionar y aprender en esta situación tan extrema, gracias a la educación recibida en el SAM, les da un fuerte motivo de esperanza. Porque la gran mayoría de niños y niñas de tres a seis años acuden a las clases de infantil y se concentran en aprender a pesar de las circunstancias, mejorando considerablemente su nivel de inglés, francés y otras materias. El 100% de los menores vinculados al centro reciben un aporte nutricional a través del Programa Mundial de Alimentos, lo cual es una gran ayuda para que rindan en las clases.
Estas y todas las actividades tienen el objetivo de fondo de crear una atmósfera amigable y abierta, para hacer más fácil la entrada en el cerrado y clandestino círculo de los migrantes y refugiados de Casablanca. En sólo tres años el JRS ha conseguido constituirse como un apoyo estable para muchas mujeres y menores, pero su objetivo es ampliar el contacto con esta comunidad en la ciudad marroquí. Buscan acercarse a los grandes grupos, sobre todo para obtener una mejor visión de su realidad y poder diseñar estrategias a futuro que les sirvan de ayuda. A lo largo de 2010, a raíz de un estudio para identificar las principales necesidades de las migrantes y sus hijos, el SAM añadió nuevas líneas de trabajo, dando al proyecto un enfoque más centrado en la emergencia e incluyendo investigaciones internacionales sobre los flujos migratorios (Argelia, Mauritania y Senegal) además de las realizadas en la propia ciudad. La complejidad del fenómeno migratorio exige este tipo de recopilaciones de datos, que sirven para realizar un trabajo más eficaz.
Todo ello para conseguir mejorar la situación de las personas migrantes y refugiadas del África subsahariana. Cosa que en sólo tres años, hemos logrado con decenas de mujeres, como esta nigeriana de 30 años, que explica cómo “gracias al SAM he conseguido tener un pequeño negocio en la medina. Además, con ellos tengo la oportunidad de asistir a clases de francés y de informática. Todo lo que quiero es establecerme en algún sitio del mundo, y parar de correr”. Perseguir ese sueño es lo que les da fuerza para continuar. Así nos lo cuenta el director del JRS Marruecos, Fr. Josep Lluís Iriberri SJ: “Conseguimos mucho de ellas a través del aprendizaje sobre sus vidas, sueños y luchas. Los muros que terminan con los sueños de muchos africanos y africanas están por todas partes. El sueño de una vida segura en un lugar diferente. El sueño de un trabajo y una fuente de ingresos estable cada mes. El sueño de un mínimo de escuela y formación. El sueño de una vida familiar normal”. Luchan por todo eso con un “coraje difícil de describir” y una “alegría de vivir increíble”, explica Rozemarinj. En la alegría y el coraje, pero también en las decepciones y las dificultades, el SAM es un refugio para estas luchadoras. |
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