"Los índices de mortalidad en Zimbabue se han disparado en los últimos dos años debido a la tremenda escasez de alimentos. Además de la sequía, la falta de semillas y de fertilizantes ha hecho imposible a los agricultores generar algún tipo de cosechas, todo ello por no hablar de la improductividad en la que se encuentran las miles de hectáreas que fueron expropiadas durante la fracasada reforma agraria que el presidente Mugabe puso en marcha en el año 2000. Esta hambruna está afectando considerablemente a los niños, niñas y personas  ancianas, así como a muchos de los zimbabuenses afectados de SIDA cuyo tratamiento requiere de una alimentación adecuada", se lamenta Gallagher. Más de 6 millones de personas son víctimas de esta terrible hambruna, una tasa de desempleo del 80% y decenas de miles de ciudadanos y ciudadanas obligados a emigrar a los países vecinos en busca de una oportunidad. Ese es el verdadero rostro de un país que, una vez más, ha confiado en las urnas para invocar el cambio y empezar a salir de la grave crisis que le ahoga desde hace casi tres décadas, aunque el resultado es incierto. 

 

 Tras las elecciones del pasado 29 de marzo en Zimbabue, los resultados del escrutinio aún no han sido publicados, pese a la presunta victoria del partido opositor. Mugabe, quien permanece inamovible en su puesto de presidente, propone una segunda vuelta, sin embargo, la oposición se niega a participar en dicho proceso e insiste en que se reconozca su triunfo en las urnas.

 

 

Refugiados 

Con el apoyo de Entreculturas, el Servicio Jesuita a Refugiados está intentando dar respuesta a los miles de desplazados y refugiados que luchan por sobrevivir día a día. Muchos zimbabuenses se ven forzados a abandonar sus casas y a desplazarse hasta Mozambique, uno de los países más pobres del planeta, para buscar alternativas. 

Pero la vida en los países a los que se ven obligados a marchar tampoco es halagüeña. Tal y como nos cuenta Gallagher, las personas desplazadas tienen que enfrentarse, en muchas ocasiones, a actitudes xenófobas. Por ejemplo, en Bostwana, los zimbabuenses son encarcelados incluso aunque detenten el estatus de refugiados. Sudáfrica deportó a cerca de 160.000 zimbabuenses en 2007 pues, según palabras del arzobispo, "lamentablemente, cuando llegan a Sudáfrica se les acusa de quitar los puestos de trabajo y la comida, son acosados y forzados a pagar sobornos a la policía, y son explotados por empresarios sin escrúpulos". 

 

Evitar que los docentes abandonen Zimbabue, principal objetivo de JRS

JRS trabaja con los desplazados internos de Zimbabue, principalmente con los niños y niñas, ayudando a sus padres y madres a pagar los gastos de escolarización. Al mismo tiempo, explica Gallagher, "hacemos todo lo posible por evitar que los profesores y profesoras cualificados abandonen el país (el pasado año más de 27.000 profesionales dejaron el país por problemas económicos), pues son imprescindibles para proporcionar una educación de calidad a los niños y niñas refugiados y desplazados y son, en definitiva, la esperanza de Zimbabue". 

Por otro lado, el JRS en Zimbabue desarrolla su labor en el campo de refugiados de Tongogara, al sureste del país, donde llegan personas de territorios vecinos. Una de las iniciativas más exitosas emprendidas en Tongogara es un taller de costura en el que, tanto los hombres como las mujeres refugiadas, tejen uniformes escolares para los alumnos y alumnas de las escuelas vecinas. Mediante esta pequeña actividad laboral, el JRS busca fomentar la integración y la autoestima de los refugiados, favoreciendo también una formación que pueda serles de utilidad en el supuesto de regresar a sus hogares en un futuro.