Somos una red integrada por varias organizaciones que promovemos el desarrollo de las capacidades educativas. La sede la tenemos en San Salvador desde donde coordinamos todos los programas. Desde hace 19 años, realizamos esta labor con el enfoque de la educación popular, que, como ustedes, hemos utilizado durante muchos años. Aún sigue vigente este modelo de educación transformadora.
¿Cómo llegaste a la dirección de CIAZO?
Cuando yo estaba terminando Ciencias de la Educación en la Universidad de El Salvador, en un momento de la historia del país en el que se estaba acabando la guerra, tomé la decisión de dejar mi vida normal como estudiante y meterme en el proceso revolucionario organizado. Dejé la Universidad, mi empleo y me metí en otra vida. Estuve en otra organización que trabajaba a nivel comunitario en procesos organizativos y después de graduarme, en el año 94, entré en CIAZO como formadora de un programa que tenía que ver con los maestros populares, jóvenes que, en las comunidades y en las zonas conflictivas, tuvieron que dedicarse a dar clase, porque el Ministerio de Educación cerró las escuelas y no llegaban maestros. Estos jóvenes, sin ninguna formación académica pedagógica, empezaron a dar clase. Lo que a penas sabían leer y escribir lo compartían con la gente. Y así consiguieron crear un grupo que, después de un proceso de lucha, el Ministerio reconoció y ahora ya están contratados.
El Ministerio les paga, pero no de la forma como ellos quisieran, ya que hay dos programas, el de escuelas oficiales y el programa "Educo". En este último es donde se han incorporado los maestros en las comunidades rurales, que tienen ciertas condiciones un poco limitadas respecto al programa oficial, sobre todo, lo que tiene que ver con la inseguridad laboral: firman sus contratos anualmente, no tienen todas las prestaciones ni van subiendo en el escalafón...
Vuestro trabajo, ¿se desarrolla en el ámbito de la escuela formal o en la educación no formal?
Tenemos las dos líneas. Respecto al desarrollo comunitario, realizamos nuestro trabajo más en la educación no formal, pero también tenemos el programa para la Educación Básica, donde Entreculturas nos está ayudando en toda la formación de docentes y en la atención a las dificultades de aprendizaje. Éste es un esfuerzo que está orientado a capacitar a los maestros y maestras a que aprendan a diagnosticar y ver cómo hacer las terapias educativas dependiendo del caso del niño o la niña.
Además, hay otro problema que tiene que ver más con la situación que vive la familia, con la desnutrición, la violencia... Son temas que se escapan un poquito a lo que el proyecto puede hacer, pero que no los dejamos de lado. Si hay problemas de nutrición, buscamos actividades para solventar esa situación, aunque sean actividades que trasciendan la escuela.
Vuestro trabajo no está enfocado únicamente a niños y niñas, sino también a personas adultas y al profesorado, ¿cómo son esos proyectos?
Uno de nuestros proyectos, que se llama "Educación para el Desarrollo Comunitario", tiene la misión de fortalecer las capacidades de las personas que viven en las comunidades, especialmente, de los líderes, lideresas o facilitadores comunitarios, para que sean ellos quienes promuevan el desarrollo de su comunidad. En este programa, partimos de un diagnóstico plural y participativo de esas comunidades, es decir, realizado por las personas que vamos capacitando. Después de esos diagnósticos, cada comunidad tiene un plan comunitario, donde ellos han decidido y priorizado, a través de diferentes técnicas, sus necesidades y los problemas en los que quieren trabajar. Además, también nos encargamos de la formación de los facilitadores y facilitadoras a través de una serie de módulos, donde aprenden a hacer diagnósticos y planes. También aprenden a hacer perfiles de proyecto, a facilitar grupos de trabajos y dinamizarlos. Por otro lado, como ejes transversales, tenemos el tema de género y el de medioambiente.
¿Cómo responde el profesorado?
En estas escuelas, donde tenemos una combinación de profesores populares y profesores del sistema público, la respuesta es de mucho interés, porque el Ministerio de Educación no les proporciona estas herramientas que les damos y, mucho menos, una atención tan específica, que alguien esté ahí asesorándoles, dándoles materiales.... Por ejemplo, en nuestra visita a España hemos estado en Galicia, en varios centros educativos, y las escuelas tenían unas grandes bibliotecas, ordenadores... y esta realidad para El Salvador es un sueño.
¿Cómo influye la realidad social de El Salvador en vuestro trabajo?
Primero, las familias salvadoreñas viven una situación económica que les hace perder el interés en el sistema educativo. Por la realidad que viven, prefieren ir al trabajo que a la escuela. Los padres y las madres no mandan a sus hijos e hijas a la escuela, los mandan al trabajo para poder sobrevivir y poder sacar algún dinero. Por otro lado, los padres y las madres tienen la limitación de no haber ido a la escuela, de no saber leer y escribir. Entonces, si un niño o niña tiene una tarea, el padre o la madre no pueden ayudarle.
Respecto a la política, la polarización partidaria que tenemos también nos afecta. Si los padres y madres creen que nuestro proceso va a cuestionar el sistema y que está a favor de un cambio en el país y de generar una mentalidad diferente en la gente, ya nos tachan de personas guerrilleras o de "izquierdosas". Esto pone un límite a su participación, porque el sistema ha tenido a todas las personas tan tranquilas y quietas que, para ellas, hacer algo diferente es difícil.
Hay un sentimiento de necesidad de cambio, pero la gente le tiene temor a ese cambio. Porque se vende la idea de que si llega la izquierda va a haber más pobreza, porque ya no va a haber remesas. El dinero que manda la gente que vive en Estados Unidos es fundamental para la economía de nuestro país, ya que más de un 50% de nuestro PIB está sostenido por eso. De alguna manera tiene unos efectos positivos, en términos de que hay dinero, pero no necesariamente va acompañado de un mejor desarrollo, porque la gente cada vez que recibe esas remesas, las invierte en electrodomésticos o en cualquier otra cosa, pero menos en educación, menos en otro tipo de actividades que les sirvan para sostenerse después. Si el familiar ya no le manda dinero, la gente entra en una crisis terrible.
Los jóvenes, por ejemplo, han perdido la perspectiva de estudiar porque todos los meses su padre o su madre, o quién esté en Estados Unidos, les manda dinero. Entonces, ¿para qué van a estudiar si tienen la posibilidad de tener ingresos todos los meses? Eso desmotiva la posibilidad de que ellos puedan cambiar la situación que están viviendo, porque el sistema les ha metido en un consumismo terrible y luchar contra eso está bastante complicado. Ahí es donde tienen importancia los procesos educativos y formativos.
¿Y por qué siempre has tenido esa apuesta por la educación?
Cuando yo logré tener conciencia plena de lo que implicaba la situación en el país, incorporarme al frente me dio la posibilidad de comprometerme con esa posibilidad de cambio, de luchar, de que hay oportunidades para hacerlo, de que tengo una responsabilidad como persona de ayudar a otras para hacerles salir de cómo están. Y ese compromiso ético que siento yo con la vida de nuestro pueblo es lo que me llevó a meterme en este esfuerzo. Es bastante complicado, pero me satisface. No me importa trabajar más de las ocho horas que implica supuestamente el contrato, o sacrificar otro tipo de privilegios que podría tener si trabajara en otra cosa porque siento que, al final, repercute en que otra gente pueda tener las oportunidades que yo tuve.
De algún modo, eso es también una revolución...
Sí, es un poco la idea. Yo me siento satisfecha de que lo que puedo hacer va a ayudar no sólo a una persona, sino a varias a tener las oportunidades que otros quisieron tener y no pudieron por el sistema. No podemos quedarnos así, tranquilos, dejando pasar todo eso.
Hay un eslogan por ahí que dice "otro mundo es posible", y yo también lo creo, pero si hacemos algo ya. A los 24 años, yo ya tenía mi primera hija, estaba estudiando y trabajando. Tenía una vida complicada, pero me sentía satisfecha porque estaba haciendo algo por cambiar. No podía quedarme sólo a la expectativa de que hubiera gente pobre, que hubiera gente que no tiene acceso a la educación, que está marginada, que está excluida, que es utilizada por el sistema... No me podía quedar parada. Y yo no era de clase media, pero por lo menos había llegado a la Universidad y eso me abría las posibilidades de decir "¿qué puedo hacer?". Ahí es donde empecé a meterme en todo este esfuerzo y aquí estoy luchando todavía, porque hay mucho por hacer. Lamentablemente, el sistema capitalista nos ha metido en la cabeza "vive bien tú, que no importa cómo vivan los demás".