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Sudáfrica: el silencio en la ciudad Han pasado quince años desde que el gobierno de Sudáfrica aboliera el régimen del apartheid, un conjunto de reglas y normas que promulgaban la segregación racial en el país. Quince años en los que Sudáfrica se recupera de unas heridas lacerantes y abiertas, mientras miles de personas siguen llegando a sus tierras desde países africanos azotados por duraderas crisis humanitarias. Entreculturas y su principal socio sobre el terreno -el Servicio Jesuita a Refugiados (JRS por sus siglas en inglés)-, no quieren dejar solos a los refugiados menos mediatizados, los que no están en los campos sino en las ciudades. ![]() Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, ACNUR, más de 200.000 personas refugiadas y solicitantes de asilo -procedentes de Zimbabue, especialmente, aunque también de República Democrática del Congo, Angola, Ruanda, Burundi y Etiopía- viven en Sudáfrica. La mayoría no se encuentran en campos de refugiados, sino inmersos en las grandes ciudades del país, como Johannesburgo o Pretoria. El JRS trabaja con ellos para apoyarles en sus duras condiciones ya que, unido a las dificultades endémicas del país -como el alto índice de desempleo y una de las mayores tasas de SIDA de todo el continente-, se suma el hecho de que muchos de ellos ni siquiera dispongan de la documentación necesaria como para gozar de la condición de "protegidos" por las Naciones Unidas. En este contexto, el principal objetivo del JRS es el acompañamiento. Ciudades como Johannesburgo, cada vez más violentas, se están convirtiendo en espacios donde los jóvenes se sienten especialmente vulnerables. Es por eso por lo que -con el apoyo de Entreculturas- el JRS hace hincapié en estar cerca de estas personas, proporcionándoles seguridad y un mínimo bienestar físico, psico-social y educativo. En concreto, el trabajo del JRS se centra en estos momentos en 40 refugiados de entre 13 y 19 años que, por unas circunstancias o por otras, se han visto separados de sus padres y de sus entornos familiares. Mientras que el ACNUR les asegura el suministro para la cobertura de sus necesidades básicas, la experiencia ha demostrado que esta asistencia mínima no es suficiente para garantizar a estos jóvenes un ambiente saludable y fuera de peligro. El JRS, por lo tanto, complementa el apoyo del ACNUR con una atención más humana y personalizada, dedicándoles tiempo y escuchándoles. Desde el proyecto que Entreculturas está ejecutando a través del JRS, también se contemplan unas actividades de formación profesional para adultos, así como alguna otra actividad asistencial (sanidad básica, distribución de comida y otros bienes, etc) orientada a personas con fuerte vulnerabilidad. Los refugiados urbanos se enfrentan a la marginación, al desempleo o la explotación laboral, a vivir en barrios apartados con difícil comunicación y, en ocasiones, como ha pasado en Sudáfrica, a sufrir violencia por parte de la población local, además de soportar unas condiciones legales indefinidas. "La mayoría de refugiados no obtienen después de años el estatuto de refugiados y son tratados como `inmigrantes ilegales´ sin derechos básicos", asegura Pablo. Un apartheid económico A pesar de tratarse de un país emergente que ha logrado vivir una transición política hacia la democratización de sus estructuras, las secuelas del apartheid todavía se viven en la población. Podría decirse que la segregación racial en forma de discriminaciones laborales, sociales, políticas y sanitarias hacia la población negra ha dado paso a una forma de apartheid económico. En ese sentido, Sudáfrica se divide, como tantos otros países, en dos: una economía capitalista emergente y moderna; y otra en subdesarrollo en la que vive la mayoría de la población. Las elites que pertenecen a la economía moderna serán las que alcancen a disfrutar del evento deportivo que ha puesto las miras en el continente negro por primera vez en la historia del fútbol: la celebración del Mundial 2010. Así, la Copa del Mundo plantea un nuevo problema para el JRS: la preocupación de qué pasará después de la celebración del evento. "Actualmente, el gobierno sudafricano, respondiendo a su necesidad de mano de obra barata para hacer frente a las grandes obras de construcción que se están llevando a cabo en el país a toda prisa para tener todo preparado antes del mundial, está emitiendo permisos de asilo temporales para cruzar la frontera por un periodo de 6 meses, mientras que se tramita el proceso de solicitud de su condición de refugiados", afirma el técnico de Entreculturas. "Después de este tiempo, y una vez finalizado el mundial, perderán su estatuto legal en el país y tampoco habrá oportunidades laborales, por lo que se verán de nuevo obligados a regresar a Zimbabue", añade.
Adaptarse a los desplazamientos urbanos Anna Tibaijuka La mayoría de la población mundial vive en ciudades y áreas metropolitanas y casi 1.500 millones de personas lo hacen en asentamientos informales en precarias barriadas. El cambio climático y los desastres naturales relacionados con éste, que acrecientan la crisis alimenticia global y el coste de la vida, así como la proliferación de situaciones hostiles y de emergencias complejas son tendencias globales que incitan a millones de personas a desplazarse a nuevas localizaciones urbanas desde zonas rurales o desde otras ciudades. Además provocan que la cuestión de los desplazamientos urbanos se coloque en primer plano en los esfuerzos tanto humanitarios como de desarrollo. Los desplazamientos urbanos han surgido como una nueva dimensión de los problemas a los que nos enfrentamos a la hora de satisfacer las necesidades de desplazados y refugiados. Además de interrumpir la vida familiar de los desplazados y el tejido social de las comunidades, el desplazamiento de las personas a entornos urbanos -fuera de los campos de desplazados- está exacerbando el grado de vulnerabilidad de los que ya eran habitantes pobres en las ciudades. La llegada de nuevos desplazados y refugiados acentúa las ya inadecuadas infraestructuras de provisión de agua y saneamiento, refugio y acceso a las tierras. La competencia por los recursos y el empleo entre los desplazados urbanos y las poblaciones de acogida provoca un incremento de las tensiones sociales y puede dar lugar a nuevos conflictos. La llegada de desplazados a una ciudad no sólo genera problemas para la ciudad, sino que también hace peligrar su capacidad para planificar su futuro. Los abarrotamientos, el uso de espacios y servicios de educación o esparcimiento para vivir, por ejemplo, y la expansión urbana descontrolada constituyen un pozo sin fondo y un obstáculo para la capacidad de una ciudad y de sus residentes de mejorar sus condiciones, o al menos impedir su deterioro. Cualquiera que sea la naturaleza de la ciudad, la dinámica de la migración rural-urbana plantea problemas radicales, especialmente cuando se produce por coacción. Esta misma dinámica también conlleva retos para aquéllos que desean ofrecer asistencia, especialmente porque mucha de la experiencia de la comunidad internacional se ha concentrado previamente en otros lugares. Los procesos y modalidades del trabajo humanitario deben ser adaptados, quizás incluso transformados, para permitirnos satisfacer las necesidades vitales y de protección básicas de los desplazados urbanos. Las ciudades siempre han tenido una identidad social y política distinta, aunque relacionada, de la identidad nacional y estatal. Cada vez más ciudades disponen de sus propios "gobiernos" que construyen sus propias relaciones, tienen sus propios contactos y poseen presencia política tanto a nivel nacional, como internacional. Las ciudades tienen poder y esto ofrece oportunidades a las organizaciones que desean garantizar que los desplazados puedan vivir seguros, con dignidad y con la esperanza de poder mejorar sus condiciones de vida. ONU-HABITAT cree firmemente que la asociación con los gobiernos locales, las ONG y el sector privado son recursos de vital importancia para que las ciudades lleguen a satisfacer las necesidades de los desplazados urbanos y de las comunidades de acogida. Las agencias de la ONU, los gobiernos nacionales y los donantes deben aprovechar las oportunidades para conseguir un compromiso más firme y asociaciones más productivas a fin de encontrar formas innovadoras de negociar. ONU-HABITAT y sus agencias asociadas también pueden llegar a ofrecer iniciativas más efectivas para la asistencia a los desplazados, reforzando su asociación mediante la transmisión de buenas prácticas y aumentando su capacidad institucional y organizativa. Acrecentar de manera sostenible la capacidad local es la clave para abordar las necesidades inmediatas de los desplazados urbanos, los refugiados y de las comunidades de acogida, así como para hacer que todas las ciudades del mundo sean mejores lugares para vivir.
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