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Malawi: una educación de calidad para la población refugiada

El campo de refugiados de Dzaleka fue abierto por el gobierno de Malawi en 1994 para albergar a las personas refugiadas que escapaban de los conflictos armados en Ruanda, Burundi, la República Democrática del Congo y Somalia. La proximidad de Malawi a la región de los Grandes Lagos ha convertido este país con los años en un pasillo de tránsito para muchas personas que han huido de sus países en busca de un futuro en los estados africanos del sur, más seguros.

En la actualidad, el ACNUR contabiliza 11.600 refugiados en Malawi, de los cuales, el 90% están establecidos en el campo de Dzaleka, el único campo de refugiados del país desde que en 2007 el presidente Bingu wa Mutharika decidiera cerrar el campo de Luwani, al sur del país. Este hecho obligó a que todas las personas allí instaladas tuvieran que ser trasladadas a Dzaleka, pasando éste a tener una población de 5.000 a 8.000 asilados y a convertirse en el único asentamiento para personas refugiadas en todo Malawi.

Como es lógico, las infraestructuras de Dzaleka pronto resultaron insuficientes para satisfacer las necesidades de tanta gente en cuanto a espacio, higiene, alimento y atención psicológica y educativa. Ante esta situación, el Servicio Jesuita a Refugiados (JRS) -el principal socio local de Entreculturas en África- consideró urgente ampliar los servicios y el apoyo prestados para garantizar unas mínimas condiciones de vida a la población refugiada del campo.

Entre otras acciones de refuerzo, el JRS tomó la iniciativa de construir nuevas escuelas para aumentar su atención educativa en Primaria y Secundaria y promover programas de formación básica y de formación profesional a fin de ofrecer la oportunidad a los jóvenes refugiados de insertarse social y laboralmente en Malawi.

Durante casi una década, el Servicio Jesuita a Refugiados ha apoyado las iniciativas de educación de los refugiados y solicitantes de asilo albergados en Malawi. Para el JRS, proveer servicios de educación -especialmente en tiempos de inseguridad y sufrimiento prolongado- tiene un efecto estabilizador en aquellas personas afectadas por la guerra, la pobreza y otros desastres naturales o causados por el hombre. La educación abre las posibilidades para un mejor futuro y ayuda no sólo a los individuos a desarrollar su potencial, sino que también ayuda a familias y comunidades enteras a salir poco a poco de la pobreza.

La estrategia de implementación educativa del JRS pasa por trabajar mano a mano con la población refugiada y con la propia población local de Malawi las capacidades y el conocimiento necesarios para un uso efectivo de los recursos y la gestión de las escuelas. Tanto es así que, para la construcción y rehabilitación de los centros, así como para la puesta en marcha de las clases, el JRS ha contratado a carpinteros y docentes profesionales entre los refugiados y la población local.

 

Servicios sociales y desarrollo de la comunidad

Otra de las áreas en las que el JRS decidió amplificar su trabajo fue en la atención psico-social de las personas refugiadas y de la población de acogida. Gracias a la incorporación de nuevos psicólogos educacionales, se pudo continuar con los programas existentes como el de resolución pacífica de conflictos, la lucha contra el tráfico ilegal, la implantación progresiva de la igualdad de género o el absentismo escolar. Sin olvidar la importancia de la solidaridad y el diálogo para promover la acogida de los refugiados por parte de la población local, una situación que suele generar conflicto al percibir a los solicitantes de asilo como una amenaza ante la ya deficiente situación laboral y de cobertura de necesidades básicas.

 

Un aspecto que cada vez está cobrando más importancia y que requiere de una especial atención es el incremento de la cifra de refugiados urbanos, especialmente en Lilongwe, la capital de Malawi. Allí, el Servicio Jesuita a Refugiados centra su labor en identificar, acompañar y defender a estas personas que pasan desapercibidas en la gran ciudad y que se topan con el aislamiento social, la exclusión laboral y la dificultad de sobrevivir cada día.

En el marco del proyecto, se creó un Comité de Refugiados en Lilongwe, así como un Centro para Mujeres en el que se organizan actividades de manualidades, baile y canto; ambas iniciativas proporcionan un apoyo muy importante a estos dos colectivos especialmente vulnerables. Allí encuentran seguridad y estabilidad, además de compañía, comprensión y asesoramiento. En definitiva, un conjunto de ingredientes indispensables para su autoestima y, por consiguiente, para su autonomía y supervivencia.